En otro de mis episodios de vida, convertirme en tiempo de Cuaresma en moroso, por imposición o por obligación de mis circunstancias, no es una religión muy saludable.
Y es que mi apego era a pagar evitando contrariedades. De nuevo, aparece en la vaquería otra carpeta con un pósit pegado en el que se lee “el Torero” (contabilizado y devuelto). Además, estaba bordeado con celo para evitar su extravío, pues la cantidad lo requería: solo eran 150.000 €, casi nada. Eran créditos que tenía aún por percibir de los trabajos realizados de obras de construcción.
Particularmente he carecido, aun pagando, de tener una buena asesoría mercantilista, ya que la elegancia y cortesía con la que se ofrecían para trabajar en la contabilidad y presentación de mis obligaciones se iba poco a poco enturbiando cuando mes a mes me venían impagados y devoluciones de grandes cantidades de dinero. Pensaban, quizás, que tenía una varita mágica para solventar imprevistos de alto riesgo económico.
Craso error por mi parte, pensando solo en trabajar y trabajar, mientras otros a mis espaldas bien lo celebraban. Y eso, más que dejar huella, deja secuelas en mis emociones. Escucho a personas inocentes dándome consejos que para mí carecen de sentido, pues sin sentir la mínima experiencia de lo que dicen aconsejan solucionar lo que nunca han vivido. Y es que, al leer y releer el pósit, me viene a la mente la avalancha de impagados que supera con creces a esa cantidad que podría considerar como simbólica. Y lo peor de todo era la impotencia para su cobro.
Hablando con varios industriales, me aconsejaron prácticas de recuperación, que, siendo legales, yo lo percibía como un drama al tratarse de cantidades de elevado valor a recuperar, pues en ese momento, de los doce o quince centros de trabajo activos, ocho me dieron quiebra. Esto para mi gestor era una cosa surrealista, pero para mí era muy realista. Pero siempre aparece algún iluminado que aporta soluciones sin miedo, alardeando de que esas cantidades eran hasta fáciles de recuperar. Y ahí piqué, por desesperación, al contratar a una empresa de recuperación de crédito, previo pago del porcentaje a recuperar, y poco después convertirme en víctima de engaño al no recuperarme ni un euro.
Para este artículo elegí de mi cosecha la obra de arte titulada Toro y torero 1, que la he convertido en un espejo de mi realidad, carente de triunfo, pero con ardor de resistencia desesperada.
La figura central blanquecina emergiendo en un entorno fragmentado, confuso y difícil, ha sido hecha por capotes superpuestos, desde la cabeza a los pies. Representa al autónomo, expuesto a un juicio público, cubierto de capas de lidia que representan deudas esquivadas a base de capotazos y pases agónicos, como facturas de grandes sociedades.
El toro representa la deuda acumulada: la de mis clientes y las del sistema que permite que los grandes asfixien a los pequeños, creando un “mundo de terror”. En ese albero de un color anaranjado encarnecido está como agitador de la morosidad, obligando al torero a utilizar todos sus capotes para su defensa, ya que está transitando una zona de inestabilidad financiera y riesgo constante. Es el terreno donde se somete a faenar sin garantías si no percibe dinero. Pero, en esa defensa, se encuentra con capotes fantasma; es decir, esas empresas de recobros que prometen una estocada final al impago con capotes mágicos invisibles, cobrando miles de euros por adelantado, convirtiendo esa ayuda en el espectáculo de mi quiebra, quedándome desarmado delante del asta del toro.
En la iconografía de la obra están representados, en formas verdes y escamas, la Administración y los bancos, que tienen su peso, pero son meros espectadores, ya que observan cómo el toro me arrolla sin mover un dedo, aplicando esa “vara de medir” injusta, que solo favorece a las grandes constructoras y sociedades.
Y es que fui víctima de la morosidad dos veces; mis clientes me devolvieron los créditos y la empresa de recobros que me cobró con la promesa de recuperarlo provocó la estocada final a mi bolsillo. Esto, si me pasó a mí, te puede pasar a ti. ¡Gracias!
José Antonio Tejedor Herranz
