Me han llamado la atención algunas de las respuestas de la entrevistada del número del periódico de marzo de 2026. Comentarios como estos: que no aprenden la cultura ni el idioma del país porque tienen que cuidar a los niños, al marido, preparar la comida…; que hacen falta más recursos y ayudas para las personas inmigrantes; que si quieres trabajar en una frutería tienes que estar a las ocho de la mañana y los niños no entran al colegio hasta las nueve; que los tienes que dejar en el comedor; que reclaman ayudas a los servicios sociales porque el marido no les manda dinero; que con 1500 € no puede vivir una familia; que en otros países hay ayudas para las madres…
Pues aquí todas o casi todas hemos tenido que pasar por ese tipo de situaciones: “sudar” para cubrir los horarios del cole de los hijos, las vacaciones, los días no lectivos; buscarte la vida cuando comienza un nuevo curso para comprar libros, material escolar, actividades extraescolares, etc.; reducirte la jornada porque tienes niños pequeños o porque tus padres se hacen mayores… Y encima tener la sensación de que eres una mala madre o una mala hija, porque ya no sabes cómo hacer para llegar a todo. Y no, no es que en España seamos inhumanos y no nos importen nuestros hijos o nuestros padres… Es que o te subes al carro o tienes dificultades para vivir.
En España creo que somos bastante generosos con la inmigración: si estás en situación irregular, puedes acceder a la atención humanitaria básica, servicios de salud de urgencia, a rentas mínimas de inserción; si tienes al menos 1 año de residencia legal, tienes derecho al ingreso mínimo vital, tienes el complemento de ayuda a la infancia (CAPI), un extra del IMV por cada niño menor de 3 años nacidos en España; siguen vigentes los bonos de alquiler, ayudas por nacimiento o ayudas para el retorno voluntario.
A 1 de enero de 2026, la población extranjera alcanzó los 7,2 millones de personas (14,6% del total). Los inmigrantes eligen nuestro país por la combinación de calidad de vida, seguridad jurídica, facilidad de integración social (tolerancia), un sistema sanitario y educativo accesible (universal y gratuito) y facilidades para la regularización (tenemos una de las políticas migratorias más flexibles de la Unión Europea).
Sin embargo, la sociedad española está dividida entre la tolerancia social y la preocupación. Según los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) –y es el CIS-, la inmigración se ha consolidado como uno de los principales problemas de España para los ciudadanos: cerca del 60% de los españoles considera que hay “demasiados” extranjeros en el país y el 80% cree que la llegada de inmigrantes seguirá aumentando a lo largo del 2026. También el proceso extraordinario de regularización masiva anunciado por el Gobierno genera el rechazo del 55% de los ciudadanos, frente a un 45% que la apoya: los críticos temen un “efecto llamada” y señalan problemas de saturación en servicios públicos y vivienda; y quienes están de acuerdo destacan la necesidad de mano de obra para sostener las pensiones y la economía, además de razones humanitarias.
Hay que recordar que, tras la guerra civil española, el exilio español fue masivo y que hubo países donde los españoles fuimos muy bien recibidos: Argentina fue el primer receptor de emigrantes españoles, por afinidad cultural y porque se necesitaba mano de obra. A México llegaron unos 25.000 exiliados, y a todos los republicanos que lo solicitaban se les otorgaba la nacionalidad casi de inmediato. En Chile, a pesar de las reticencias iniciales de los sectores más conservadores, los españoles fueron bien recibidos. En Francia la acogida inicial en 1939 fue traumática (campos de concentración en las playas), pero la situación cambió tras la Segunda Guerra Mundial, pasando a convertirse en el país con la mayor comunidad de descendientes españoles plenamente integrados en la sociedad francesa.
Ahora tenemos la oportunidad de ver qué pasa con la regularización de más de 500.000 personas que está planificando el Gobierno. Si logramos que estas personas pasen de la economía sumergida a pagar impuestos y tener contratos dignos, será un éxito rotundo. Si no, si la burocracia falla, la tensión social seguirá subiendo.
Está claro que, si nos remitimos a la historia, parece lógico ser solidarios por coherencia y reciprocidad. Veremos qué pasa.
M.ª Ángeles Fuentes Moreno
