Elecciones presidenciales en Portugal: la izquierda se hunde y la extrema derecha celebra
Nerea Niubó Vidal, Miguel Roca Durán
Lisboa. António José Seguro y André Ventura, el centrismo y la ultraderecha, se debatirán la presidencia de Portugal en una segunda vuelta el próximo 8 de febrero. El primer candidato obtuvo un 31% y el segundo un 23%. Días atrás, ninguno de los dos se imaginaba victorioso.
Las elecciones presidenciales del pasado 18 de enero dejaron un mapa político profundamente atomizado y una participación limitada: 48% de abstención. La jornada confirmó el hundimiento de las izquierdas y el ascenso de Chega, equivalente portugués de Vox.
Más allá de los resultados, la noche electoral evidenció un sentimiento generalizado de desmovilización. El clima era el de una espera contenida, sin grandes concentraciones. En los bares del centro de Lisboa, el Vitória FC vs Porto acaparaba la atención del ciudadano mientras la cita democrática permanecía en segundo plano.
No obstante, uno de los locales rompía con la tónica general y mostraba el seguimiento electoral. Una señora levanta su copa de Baileys mientras analiza los resultados. Nos mira apacible y brinda. “¡A esquerda desapareceu!”.
Decía Saramago: “La indiferencia es la manera más cómoda de la crueldad”. Los círculos intelectuales de izquierda atesoran desde siempre aquel concepto, vitorean románticamente la revolución y apelan a la moralidad. En estas elecciones, nadie atendió a su llamado. El activismo vivo, pulsante, se encuentra hoy en la otra vereda.
En la sede de campaña del Bloco do Esquerda, el silencio era absoluto. No había señales de expectación; el reflejo de una candidatura que apenas logró hacerse visible.
Lo mismo ocurría con el Partido Comunista de António Filipe, que terminaba con un 1,64%, un 0,42% menos que la eurodiputada del Bloco de Esquerda, Catarina Martins. El bajo desempeño de los comunistas contrastaba con la manifestación de su partido el día previo, donde se transmitía una sensación de mayor respaldo.
Un ambiente distinto, aunque cauteloso, se vivía en la sede de António José Seguro. Parte del equipo seguía los resultados por televisión, en calma, sentados frente a la pantalla como en una sala de estar. No había celebración ni tensión aparente, solo la confirmación gradual de un resultado que no alteró el tono de la noche. Así lo reafirmaba la tranquilidad del parlamentario socialista, Eurico Brilhante. “Les acreditamos que vamos a tener un presidente para todos los portugueses”, nos asegura.
En el espacio donde se reunían los militantes de Luís Marquês Mendes, que partía como favorito en las encuestas previas, el panorama era apagado. El candidato terminó en quinta posición, con un 11,30%. Conversaciones en voz baja acompañaban a los socialdemócratas en una jornada lapidaria, marcada por un resultado por debajo de las expectativas. El ambiente marchito nos impide sacar respuestas. En realidad, no las tienen, nadie las tiene.
El contraste llegaba pocos kilómetros más allá, en el Hotel Marriott de Lisboa. A medida que el escrutinio confirmaba la segunda posición de André Ventura, la sala se llenaba de aplausos. El tono era de satisfacción en una noche que el partido interpretó como la consolidación de su radical proyecto.
También vale mencionar la candidatura satírica de Manuel Vieira, quien propuso un Ferrari y grifos de vino ilimitado para cada portugués, y que logró un porcentaje similar al del Bloco do Esquerda y al del Partido Comunista Portugués. Serias, ortodoxas y desconectadas con su población, estas formaciones, que diez años atrás llegaban al 15%, hoy marcan sus mínimos históricos.
“La izquierda está muy apagada y no la siento transparente”, nos dice un joven portugués, quien además reclama desatención por parte del progresismo a la insostenible relación entre salario y precio de la vivienda, el principal problema del país según la mayoría de los ciudadanos. Y es que, de acuerdo al Consejo Europeo, en Lisboa se necesita el 116% del sueldo mínimo para alquilar un piso. En Madrid y Barcelona, un 74%.
Portugal se encamina a una segunda vuelta marcada por el desgaste político y la fragmentación. Esta jornada dejó algo más que un reparto de porcentajes, dejó calles indiferentes, sedes en silencio y una participación menguante que pesa tanto como los resultados de las izquierdas. Una desconexión que se mide en metros cuadrados y en alquileres imposibles.
