Opinión

Soñé que soñaba

By 11 de enero de 2026enero 12th, 2026No Comments

Pongamos que hablo… de teatro

Soñé que soñaba

Enero siempre llega con ese aire de hoja en blanco. Con la tentación de hacer balance, de mirar atrás, haciendo balance de lo bueno y lo malo que nos pasó y de levantar la vista hacia lo que está por venir. En el teatro, como en la vida, despedimos un año lleno de contrastes y abrimos otro con la esperanza intacta.

El año pasado volvió a confirmar que el teatro en nuestro país sigue siendo un espacio de resistencia y de encuentro. Hemos visto cómo las salas, grandes y pequeñas, han seguido llenándose; cómo conviven los grandes títulos con la creación contemporánea; cómo la memoria histórica, los textos clásicos revisados y las nuevas dramaturgias han ocupado la cartelera con valentía. Un año en el que el teatro ha vuelto a recordarnos que no es solo entretenimiento: es reflexión, riesgo y conversación compartida.

Pero también ha sido un año de despedidas. Nos dejaron Héctor Alterio y Adolfo Fernández, dos actores enormes, de esos que no solo interpretan personajes, sino que construyen una forma de estar en escena y en el mundo. Alterio, con su voz inconfundible y su profundidad ética; Fernández, con su compromiso, su inteligencia y su amor por el teatro. Ambos nos dejan un legado que seguirá vivo en los escenarios, en los espectadores que tuvimos la suerte de verlos y en los actores que aprendieron mirándolos. Desde aquí, compañeros: gracias, gracias y gracias.

Y como estamos en enero, y aún resuena la noche de Reyes, permitámonos pedir un deseo que no debería ser extraordinario: que las instituciones dejen de mirar al teatro como un gasto coyuntural y lo entiendan como una inversión cultural y social. Que haya diálogo con los espacios y con los creadores. Que el apoyo no llegue tarde porque sin estructura no hay riesgo, y sin riesgo no hay teatro.

Pero ya que soñamos, soñemos a lo grande.

Soñemos con teatros que dejen de ser trincheras, que no tengan que servir como refugios, literal, como está ocurriendo en Ucrania, que esos majestuosos teatros se han convertido en espacio para protegerse de las bombas, y que vuelvan a ser lo que fueron: lugares para emocionarse, reunirse y pensar juntos. Soñemos con un mundo en el que la paz permita que los telones se levanten solo para contar historias, nunca para resguardarse del horror.

Soñemos también con teatros llenos de público diverso, curioso. Con entradas accesibles, con salas abiertas, con artistas que puedan crear sin precariedad. 

Ahora sí, bienvenido sea el año nuevo. Ojalá nos traiga una cartelera llena de novedades, de autores que se arriesgan, de directoras y directores que miran el presente sin miedo, de intérpretes que nos sacudan y nos emocionen. 

Porque mientras haya un escenario encendido y alguien dispuesto a escuchar, el teatro seguirá teniendo sentido.

Feliz año a todos los lectores y vecinos del barrio. Pongamos que hablo… de teatro.

Y pongamos que este año, más que nunca, lo necesitamos.