Llegó diciembre y no me queda otra que confesarlo: desde que dejé de ser niño, hace ya una montaña de años, no me gusta la Navidad. No diré que me provoque repulsión, en absoluto, ni siquiera me declaro enemigo de ella, pero su puesta en escena me empuja a la melancolía y al aturdimiento. Tengan en cuenta que, a mi condición de adulto con aversión a los tumultos, hay que añadir el hecho de que de un tiempo acá ya me van faltando demasiados seres queridos y que me cuesta estar en paz con los vivos, sobre todo con aquellos cuya mirada es sectaria y no se expande más allá de la punta de su nariz.
El caso es que, en estas fechas tan familiares, me brota una nostalgia lacerante que se agrava al contemplar las deslumbrantes luces de la ciudad o incluso al oler un simple trozo de turrón. Es un estado de ánimo que me causa incomodidad porque me noto desubicado, fuera de órbita, más aún al dar la casualidad de que la mayoría de la gente que conozco es feliz a su manera con la llegada de la vorágine navideña, les ilusiona de una forma especial, y me parece bien, les alabo el entusiasmo que muestran y que a mí, llámenme mustio, me sobrepasa. Y al percatarme de que desentono en este ambiente festivo es cuando me siento como un vulgar aguafiestas, una copia del amargado y huraño Ebenezer Scrooge, el protagonista de Cuento de Navidad, de Charles Dickens.
Pero les juro que, aunque las Navidades y su parafernalia me intimiden, no voy a confinarme en una cueva ni pretendo traspasar mi malestar a los demás, hasta me alegra que haya personas que vivan estas fiestas con la ilusión que yo también tuve y que perdí cuando el sistema me maleó y la realidad me quitó las ganas de cartearme con los Reyes Magos. Envidio a quienes encuentran un acicate para adornar el árbol, poner el belén, engalanar el balcón, disfrazarse de Papá Noel, aporrear la pandereta, pronunciar la palabra Navidad sin repelús, cantar villancicos o mezclarse entre la marabunta de ateos y creyentes que hormiguean por el centro de Madrid en busca de su dosis de felicidad. Aplaudo su inocencia renovada y su emoción compartida porque, pese a tanto consumismo y tanta manipulación sentimentaloide inherentes a esta época, no hay nada mejor que aprovechar la vida y disfrutar, aunque al día siguiente los problemas vuelvan a la carga, de los buenos ratos que logremos rebañar y de los seres amados. Y eso es impagable.
Así que no lo duden: me alegra que mis semejantes se desinhiban, saquen su lado más cálido, desempolven la generosidad, rescaten la ternura, se contagien de la curiosidad de sus peques, redescubran la fantasía y maldigan la rutina que retornará puntual el 7 de enero, cuando el júbilo se desvanezca y de golpe recordemos que el mundo, con sus guerras diseñadas y sus sórdidos intereses, es un caos y que nuestros barrios populares se están despersonalizando y degradando. Barrios como Embajadores, donde ojalá los vecinos nos decidamos a recomponer las estructuras asociativas que nos sirvan para luchar, con tesón y sin postureos, contra la gentrificación que nos asedia o las desigualdades crecientes que generan abandono y pobreza. Pero hay fechas en el calendario en que es necesario celebrar el estar vivos, por más que casi todo nos parezca amañado o teledirigido.
Mal que le pese al Ebenezer Scrooge que llevo dentro, en Nochebuena brindaré y pediré a los espíritus benévolos que la soledad que mata se esfume y no regrese jamás. Y ya que este año una parte del anuncio del sorteo de Navidad se ha rodado en el barrio, ruego a los hados que algún premio suculento aterrice aquí, en Cascorro o en Lavapiés, y les toque a los vecinos más desvalidos, a la gente que vive en una permanente cuerda floja y que, entre el atraco indecente de la cesta de la compra, el desmadre especulativo del precio de la vivienda y la falta de oportunidades laborales a partir de determinada edad, ya no saben por dónde tirar.
Y sí, me atreveré a decir “feliz Navidad”, con la esperanza de que 2026 nos traiga, además de una salud de hierro, la lucidez suficiente para combatir la sinrazón de estos tiempos delirantes.
Alejandro Flórez-Estrada Vergara
