El feminismo se presenta como una tendencia que promete liberar a las mujeres, liberar a las mujeres de las imposiciones de la antigua sociedad; una de las imposiciones de esa sociedad era no trabajar fuera del hogar. La mayoría de las mujeres de hoy queremos trabajar fuera del hogar, y todavía hay hombres que quieren que sus mujeres trabajen solo para ellos, cuidando de ellos y de sus hijos, si los tienen. Peor todavía es que hay más hombres aún que no aprueban el trabajo de mujeres en sus empresas, comercios o industrias. Dos dificultades que limitan nuestros deseos y la transformación de la sociedad.
Yo siempre he querido trabajar fuera de casa. Yo me rebelo a preocuparme solo de la ropa que me voy a poner, del maquillaje, de la pintura de los ojos o de las uñas y de los tacones. Creo que tengo muchas más capacidades (a lo que me ha ayudado la formación familiar que he recibido), que puedo desarrollar para mejorarme y mejorar la sociedad, desde la familia al barrio y a la universidad. Encuentro que los hombres de mi alrededor no esperan de mí estas capacidades y no se paran a mirar si puedo aportar algo en este sentido, con lo cual tengo que insistir mucho a la hora de dar a conocer mi trabajo y lograr su reconocimiento.
Hombres y mujeres, en las conversaciones cortas, suelen halagar la forma de vestir y preguntan por los cuidados que damos a nuestros familiares. Muchas veces los hombres que trabajan con mujeres las halagan para obtener los llamados “favores sexuales”, lo que hace más difícil que los padres o los maridos accedan a la incorporación de las mujeres al trabajo si no confían o no las han formado para defenderse de dichos abusos.
La formación sexual basada en la libertad sexual desculpabiliza a los hombres de su intención de relacionarse sexualmente con las mujeres, y desprotege a las mujeres diciéndoles que tienen que ser abiertas sexualmente y que “los hombres son así”. Incluso, dentro del matrimonio, las madres dicen a sus hijas que “la vida es así”.
Entre las solteras incorporadas al trabajo, yo me he encontrado que, cuando no he satisfecho los deseos de los superiores en la institución (no en la realidad), he recibido notables castigos, que han dificultado mucho mi carrera profesional.
El mejor profesor que tuve, y que me mandó con una beca al extranjero, desconfiaba de mí y no me apoyaba lo suficiente; el segundo profesor, se hacía ilusiones de que yo me podía casar con él y no me dejaba salir al extranjero, cosa que necesitaba porque el estado de las matemáticas en España era desalentador. En el extranjero me consideraban una mujer guapa, pero el investigador que reconoció la utilidad y el mérito de mi trabajo esperaba de mí también una relación desigual, que no concedí; por eso tuve que volver a España. Soltera, con un puesto en la universidad, después de ser doctora, algunos catedráticos esperaban de mí actitudes sumisas que no permitían creatividad e incluso sugerían relaciones sexuales a cambio de algo, que no me iban a propiciar.
Renuncié a llegar a ser catedrática de universidad, cambié de área y me mantuve en mi puesto. Conseguí yo sola escribir un libro en dos volúmenes que no fue recomendado por ninguno de mis compañeros para el departamento de publicaciones de la universidad. Posteriormente, después de varios años fue publicado por una editorial extranjera.
En este ambiente hostil no era posible desarrollar una relación de amistad con los hombres y mucho menos una relación amorosa, por lo que me mantengo soltera. Y encuentro que los hombres que creen ayudar a los mujeres son poco receptivos y aceptan, a lo sumo, la reivindicación del mismo salario para el mismo puesto, pero se olvidan de que en un puesto inferior muchas mujeres desarrollan el trabajo correspondiente a un puesto superior, al que no acceden por la barrera masculina.
El feminismo defiende mejores condiciones de trabajo para las casadas, para armonizar hogar y trabajo. ¿Y qué pasa con las solteras trabajadoras?
Los homosexuales casados reivindican pagas para cuando se encuentren solos. ¿Y qué pasa con las solteras heterosexuales?
En cuanto al feminismo actual, que apoya a las cuidadoras y a las mujeres de la limpieza, no encuentro que apoye a la mujer soltera, trabajadora intelectual. Yo he aportado a la sociedad, en mi labor docente e investigadora, más que ellas.
Lucía Contreras Caballero
Profesora titular numeraria jubilada de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid
