En las sociedades menos liberales del mundo, y en las demás también, existe una regla del comportamiento humano que es ineludible. Esto es la simple norma, o buena educación, de ceder el asiento a alguien. Donde sea que uno se encuentre sentado, si se ve en los alrededores a alguien que necesite el asiento más que el propio asentado, es conveniente que se levante y ceda su asiento al otro para que pueda depositar sus nalgas sobre el asiento. Esto es algo bastante común. Es de esperar de todo tipo de ciudadanos. Es conveniente y muy eficaz. Ni siquiera la persona más egoísta de Madrid podría rechazar esta regla social, ya que esta norma es una gran obra de solidaridad y empatía. Una acción tan breve que empieza con despegarse del asiento, conseguir el contacto visual con la otra persona o llamar su atención, seguido de una clara indirecta o gesto que demuestra lo vacante y necesitado de compañía que se encuentra el asiento. Pero, bueno, se puede meter la pata incluso en las cosas más fáciles de la vida. Con lo simple que es hacer algo el uno por el otro.
A veces este cese voluntario del asentamiento ocurre con cierta presión social. A mí, por ejemplo, una vez me tocaron el hombro cuando iba en el metro y me pidieron que me levantara porque un señor mayor había entrado al vagón del metro. Me pareció totalmente razonable. Ni siquiera me sentí avergonzado de no haber levantado la cabeza del móvil y haberlo hecho yo mismo, pues yo en mi juventud no tenía nada que competir contra el cuerpo de la edad avanzada. Poca experiencia tengo yo en adquirir posiciones que no me convienen. Tal vez cuando me jubile y alguien me vea entrar al vagón le dé toques a otro individuo para que me cedan el asiento. Me pregunto si seré de los que aceptan la ayuda y deciden sentarse o de los que dicen “me bajo en la siguiente parada” cuando en realidad “siguiente” quiere decir dentro de 30 paradas.
Otro ejemplo que es más bien lamentable es cuando el vagón está lleno de gente indecisa. Esa gente que no se atreve a alzar la voz por miedo a que se destruya la paz pública, o porque no les importa mucho el asunto. Me entra la risa al ver que hay gente que le clava la mirada a la juventud que está sentada mientras las personas mayores sufren de pie. O cuando los peques se toman la libertad de chillar y patear los asientos, haciendo de todo menos sentarse, mientras los mayores se quedan impasibles. Si es que en este país no paramos de sacrificarnos por la juventud. Mejor morir de pie que aceptar el asiento cedido por un menor de edad, supongo.
Dentro de la norma social, me parece curioso el orden de prioridades. Hablo de las pegatinas del metro que dicen “asiento reservado” con unas figuras representativas de cada persona que necesita el asiento más que los demás. Pero en esta categoría de personas con asientos reservados, ¿quién tiene mayor prioridad? Ojalá que un día de estos aclaren el asunto. Yo digo que sería algo como esto: embarazadas > personas mayores = discapacitados, y los críos de pie. ¡Ya está bien de ceder los asientos a los críos! Que sufran como los demás; cuanto antes aprendan a sufrir, mejor.
Pero ¿qué pasaría si, de repente, entran en el vagón, al mismo tiempo, dos personas que necesitan asiento? Estas son personas con la misma necesidad y prioridad en la toma de asientos reservados. También resulta que todos los asientos están ocupados por personas que los necesitan, todos menos uno. ¿Para quién sería el asiento? ¿Cómo se determinaría quién se lleva el asiento? ¿Se echarían un piedra, papel o tijera, cara o cruz, tres en raya? ¿Carrerilla y el primero que llegue se sienta? ¿El rey diría que corten el asiento en dos y la mujer que empiece a llorar sería la madre del bebé? En este caso, si una de las personas se sienta, la otra persona se queda de pie y automáticamente todos los que están en el vagón incumplen la norma de ceder el asiento, esa norma tan simple. Con lo fácil que era ayudarse el uno al otro, y aun así acabamos metiendo la pata.
Riday Abdur Rahaman
