Opinión

¿Pedir perdón?

By 16 de octubre de 2025No Comments
Bolígrafo para artículos

¿Pedir perdón?

Alejandro Flórez-Estrada Vergara

 

No me queda otra: debo pedir perdón por ser un tío tan suspicaz, siempre recelando de la sacrosanta televisión y sus todólogos, de los púlpitos y los juicios mediáticos, de los políticos títeres y sus amos, e indignándome por el sinfín de porquerías, incluidas guerras y saqueo de recursos, que se fraguan en los despachos más indecentes del planeta. Sin embargo, la prudencia me aconseja que, para que no me tachen de conspiranoico, recule y abrace con fruición la fe de los mansos, que consiste en confiar sin reservas en el sistema, no dudar nunca de sus catecismos y tolerar sus perversiones. Bienvenidos a la era de la posverdad, en que los dogmas se anteponen a la realidad. Y todo mientras el pueblo palestino es masacrado, el África negra sigue hambrienta y la soledad mata en Lavapiés y hasta en Pekín.  

Así es: cuando uno se obstina, en esta época tan carente de debates abiertos, en abrigar determinados pensamientos temerarios que no concuerdan con la opinión pública teledirigida, lo prudente es retractarse, abjurar del raciocinio y los sensores propios, prometer ser un ciudadano acrítico e integrarse en el rebaño que camina en la dirección correcta, sin salirse ni un milímetro de la linde y danzando al son de los mantras recitados a coro. Es lo que se supone que he de hacer antes de que renieguen de mí los amigos y demás allegados, espantados por lo subversivo que, según dicen, me he vuelto de un tiempo acá.

Perdonadme la insolencia, ya que me resisto a entregar mi subjetividad a los manipuladores con poder y aceptar que manejen mis emociones. Pido perdón porque me repelen sus relatos trucados y apocalípticos, su manera fascistoide de acojonar a la población, de agobiarnos para que vivamos con miedo en vez de con el valor necesario para intentar mejorar el mundo. Miedo a los problemas de la vida, así que empastillémonos y asunto resuelto; a la gran guerra final, el sueño húmedo de los yonquis del belicismo y la barbarie; al verano y su calor, pero nadie se digna prevenir los incendios ni se habla de las mafias del fuego; a una tos otoñal, que la tele y su elenco de agoreros a sueldo ya se encargarán de vaticinar otra pandemia…  

Perdón también por ser un náufrago de izquierdas que abomina de los odios atávicos de este país y que se niega a enfermar de sectarismo. Además, algún día me dolerá recordar estos tiempos caóticos, en que la ciudadanía se divide demasiadas veces frente a las injusticias. En cambio, añoraré la unidad vecinal de los años 80 y sus luchas de barrio para salir de la marginalidad que nos oprimía, de la droga que nos liquidaba, del desdén institucional que nos condenaba a morir de asco. Por desgracia, aquella base social construida para defender al débil se diluyó. En la actualidad, las imprescindibles asociaciones de vecinos están casi desactivadas y no se atisba ni un amago de democracia participativa. Mi admirado 15M fue hermoso mientras duró, pero hoy, que el espíritu crítico es demonizado por el sistema, esos chicos irreverentes serían considerados terraplanistas por cuestionar absolutamente todo y soñar con una sociedad distinta.  

Sí, conocí siendo un crío el movimiento vecinal y su épica cotidiana, hecha de solidaridad verdadera y de un municipalismo libertario al servicio de las clases populares. Una amalgama de gentes generosas que compartían el afán de transformar el barrio, pues de cambiar el mundo, qué ingenuos, ya nos ocuparíamos luego los jóvenes. Vecinos humildes de Lavapiés que, liderados por los más peleones y coherentes del lugar, abordaban con argumentos cada conflicto y se encaraban con el poder, fuese del signo político que fuese, cuando se sentían pisoteados. Y yo, un chaval contestón al que la guerra no le era indiferente, no me perdía ni una sola marcha a Torrejón para gritar lo que en 2025 suena raro, incluso anacrónico y lánguido: “¡OTAN no, bases fuera!”.  

Pero ahora, al parecer, debo pedir perdón por lo que fui, un jovencito empeñado en querer ser él mismo, y por lo que soy, un viejales que a su manera no ceja en el intento. ¿Pedir perdón? Pensándolo mejor, ni de coña.