La ola antiinmigración vista desde el multicultural barrio de Lavapiés
La ola antiinmigración que golpea al mundo podría sacudir al barrio de Lavapiés, conocido por su historia de mestizaje cultural y su constante renovación a lo largo de los siglos. La llegada masiva de comunidades latinoamericanas, africanas y asiáticas ha convertido a este antiguo arrabal de la ciudad de Madrid en un punto de encuentro para personas de distintas partes del mundo.
En los últimos años, el barrio ha sido testigo de un fenómeno preocupante en la política española: el uso de la inmigración como un instrumento para la criminalización de sectores vulnerables. La ultraderecha, con sus discursos simplistas y polarizadores, ha encontrado en los inmigrantes el objetivo perfecto para desviar la atención de los problemas estructurales de la sociedad española.
Los discursos xenófobos y racistas se centran en vincular la inmigración con la inseguridad (que ha disminuido en España pese al aumento de migrantes en las dos últimas décadas) y la degradación social. En el caso de Lavapiés, este relato (que no solo es utilizado por los ultras) ha sido utilizado de manera reiterada para estigmatizar a las comunidades migrantes. Sin embargo, al hacerlo, no solo se simplifica de manera peligrosa la realidad del barrio, sino que se desvía la atención de los verdaderos problemas que afectan a la comunidad, como la pobreza, la falta de oportunidades y la exclusión social.
A menudo, los inmigrantes son presentados como los culpables de la inseguridad, cuando la verdadera raíz de muchos de los problemas que enfrenta Lavapiés (y otras zonas con altos índices de inmigración) radica en factores como la gentrificación, el desempleo y la falta de acceso a servicios públicos de calidad. Es más cómodo para la ultraderecha señalar a los inmigrantes como una amenaza externa que cuestionar el modelo económico que perpetúa la desigualdad.
En paralelo, existe un fenómeno más sutil pero igualmente dañino: el bullying social que afecta a los migrantes dentro de las estructuras sociales más tradicionales. Muchos matones de la «clase media» o «media alta», en su mayoría personas mediocres que buscan reforzar su estatus, encuentran en los inmigrantes una oportunidad para ejercer su poder. Esta dinámica se perpetúa mediante una combinación de prejuicios y estereotipos, en los que los migrantes son vistos como «los otros», como los débiles a los que se puede atacar sin consecuencias.
Este tipo de violencia simbólica también se extiende a las interacciones cotidianas. Desde comentarios despectivos sobre la «calidad» de los inmigrantes hasta actitudes de rechazo o exclusión en espacios públicos y privados, los migrantes suelen ser objeto de una marginalización constante. En un contexto como el de Lavapiés, donde las diferencias culturales son más visibles, la tensión entre las clases sociales se acentúa, y los inmigrantes se convierten en blanco fácil de críticas infundadas.
Son los inmigrantes que molestan: los que no tienen grandes carteras para convertir el barrio de Salamanca en un barrio transoceánico de Ciudad de México ni marcan goles con el Real Madrid.
La otra cara de la moneda
Mientras tanto, la otra cara de la moneda es aún más insidiosa: los grandes empresarios de la rojigualda en la muñeca y el sistema capitalista han encontrado en los inmigrantes una fuente de mano de obra barata. Algunos sectores de la economía se benefician de la disponibilidad de trabajadores migrantes dispuestos a aceptar condiciones laborales precarias y salarios bajos, en parte debido a su falta de recursos o a la necesidad de regularizar su situación.
Por otro lado, en amplios sectores progresistas caen en el «buenismo», un término utilizado para referirse a una actitud superficial de apoyo a los inmigrantes sin abordar las causas estructurales de su marginalización. Este discurso a veces resulta igual de contraproducente que el discurso xenófobo, porque en algunas ocasiones reduce el fenómeno migratorio a una cuestión de «ayudar» a los demás, sin poner sobre la mesa los cambios profundos que necesita la sociedad para integrar a los inmigrantes de forma equitativa.
En este contexto, Lavapiés se convierte en un espejo de las contradicciones de una sociedad que, por un lado, se enorgullece de su multiculturalismo, pero, por otro, permite que los sectores más vulnerables sean explotados y criminalizados a plena luz del día.
Pedro Pérez Bozal
