Opinión

Ingerí Chernóbil y Fukushima por una gamba de Indonesia, pero americana

By 16 de octubre de 2025No Comments
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Ingerí Chernóbil y Fukushima por una gamba de Indonesia, pero americana

He visto repetidas veces el pez de tres ojos de los Simpsons, aquel que nada con alegría por las aguas residuales de la central nuclear dirigida por el ambicioso Mr. Burns y, con frecuencia, me ha parecido un ser bien gracioso, el pez, naranjito y su forma de pestañear, no el jefazo de la central, que me hace pensar enseguida sobre el lado más diabólico de la humanidad. 

Él me hace pensar si no nos cuestionamos lo suficiente las consecuencias que vivimos, y si se deben a personas a las que no les importan o a las decisiones que permitimos que tomen por ignorancia, o por no querer tomar responsabilidad a nivel individual. 

Las desgracias que ocurren en el mundo de los Simpsons, tanto por ser dibujos como de un mundo paródico pero exageradamente real, los convierte en una fórmula perfecta para tomarse a cachondeo lo que ocurre, pero nos olvidamos muchas veces de que esto no es Springfield y que, con el final de un capítulo, no empieza otro con borrón y cuenta nueva. Toda la escoria que tiramos en todo lo que no consideramos “casa” o “mío” acaba en nuestra parcela personal de todas formas y, desde luego, con mucha más frecuencia de lo que nos gustaría querer saber, pero oye, autoengañarse resulta ser agradable. 

Comprar en el supermercado es de los gestos más cotidianos y necesarios, salvo si te alimentas de la caza y pesca, y aun así. Qué no encontramos en la cueva de Alí Babá, desde el outlet de camisetas hasta las mejores plantas carnívoras. Pero seguro que el otro día no fuiste al súper con la intención de encontrarte gambas con cesio-137. Tenemos tanta costumbre al branding intensivo en todos los productos que no pensamos en el proceso completo por el que los animales han pasado: desde que son simples células a formarse como organismo y, en cuanto pueden, comer todo lo que creen que es ingerible, para más adelante ser pescados, criados intensivamente o, quién sabe, morir de vejez, pero eso solo es un lujo humano o de zoo. Pues bien, en el país de la hamburguesa, o sea, Estados Unidos, la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos Americana) tuvo que solicitar a uno de sus supermercados más representativos y más extendidos, Walmart, la retirada de productos de gambas congeladas que venían de Indonesia al detectarse el isótopo radiactivo cesio-137. Casualidades de la vida, estas gambas se vendían en la sección de precio accesible, lo que señala un poco lo de siempre: la gente que ya va al límite, tanto por sueldo como por necesidad de comprar lo más barato, se ha visto en la obligación de tirar sus gambas por riesgos de salud aunque, cómo no, por mucho que se ha intervenido, nada descarta que cientos de personas ya hayan ingerido los productos con desconocimiento absoluto, pues en el etiquetado no ponía “cuidado, radiactivo, pues se puede serlo sin ser verde o fluorescente”, y han sumado puntos en su quiniela de conseguir un hermoso cáncer. 

El cesio-137 entraría en la categoría de creación humana, pues de forma natural no aparece en la naturaleza, al ser subproducto de las reacciones nucleares. Para que se entienda, el proceso mismo de poner en marcha bombas nucleares va a producirlo. También aparece con el funcionamiento de los reactores nucleares de las centrales. Ahora bien, es cierto que se puede argumentar que hay trazas por todo el medio ambiente (pues claro, por todas las cosas que hemos lanzado) y que, por comer unas pocas, no pasa nada. Lo cierto es que no, no es como quien ingiere un veneno potente, pero recuerda que fumar cajas y cajas de cigarrillos no te mata ese día mismo, al igual que tapar tus arterias de colesterol no va a causarte un infarto inmediato. Pero para qué vas a jugártela a la ruleta si eso solo sería algo que podría hacer Homer Simpson: en casi todos los capítulos le pasa algo grave, desde cortarse un dedo entero a morir varios de sus clones o convertirse en un monstruo mutante que devora a todos los vagabundos de la ciudad.

Carlota Magdaleno Ruiz