Esclavitud digital
El primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, anunció recientemente su intención de imponer la identificación digital sin la cual no será posible trabajar, justificando la medida en la lucha contra la inmigración ilegal.
En esta línea, la Unión Europea ya ha aprobado su propia identificación digital, que «será voluntaria». En la práctica ocurrirá que quienes se resistan o no se adapten quedarán excluidos de una sociedad digitalizada. De paso crean grupos ciudadanos divididos a favor y en contra, imponiendo medidas gradualmente, allanando el camino para algo tan peligroso y de difícil retorno como lograr un sistema de control centralizado sobre todos nosotros.
La identificación digital quedará vinculada con la identidad personal y todos los aspectos de nuestra vida, como atención médica, vacunación, compras, finanzas, viajes, movilidad, empleo, carnet de conducir y actividad en internet. Una vez que esta identidad digital vaya siendo aceptada por una mayoría, se convertirá en la puerta de entrada a servicios básicos para la vida diaria, que pueden ser denegados si no cumplimos los requisitos que seguramente nos exigirán más adelante.
Si esto lo combinamos con la implantación de la CBDC (moneda digital de Banco Central), el euro digital, tenemos un sistema de control total sobre los ciudadanos. Porque el euro digital no va a ser dinero, sino un crédito social asignado a cada ciudadano, que será programable, con fecha de caducidad, restringible y revocable según el grado de obediencia a las normas gubernamentales.
Es de esperar que haya monedas digitales no rastreables y sin límites para los que detentan el poder y monedas digitales absolutamente controladas y rastreadas para los comunes mortales. Esto va en consonancia con un mundo en el que el control asfixia al ciudadano común, pero los integrantes de élites poderosas que impulsan estos intereses, como Bill Gates, Larry Ellison (CNN, CBS, Oracle y TikTok en breve), Alexander Karp y Peter Thiel (Palantir Technologies), actúan con total impunidad e incluso anonimato.
En realidad, el problema no es tanto lo digital o la tecnología que puede facilitar y simplificar muchas cosas. El problema son estructuras de gobierno y finanzas totalmente degradadas y obsoletas que están dejando paso libre a la configuración de un poder globalista absolutamente centralizado con el monopolio de herramientas tecnológicas al margen del control ciudadano, los mecanismos democráticos, y que colisionan con las garantías de derechos y libertades.
Si no lo remediamos, vamos a estar permanentemente identificados, localizados y espiados. Esto supone el fin de la privacidad, la libertad individual, el derecho a decidir sobre la propia vida.
Avisados estamos, porque no disimulan ni ocultan sus intenciones. Solo una ciudadanía concienciada de sus derechos, atenta a lo que tratan de imponernos y resuelta en la oposición a estas medidas es capaz de evitar entrar en la esclavitud digital del siglo XXI.
Miguel Ángel
