Digno de Tortorelli
Es una expresión que se acuñó hacia la mitad del siglo XX, en Uruguay, en mención a las propuestas disparatadas o estúpidas de un candidato a la presidencia: Domingo Tortorelli (1902– 1990). Entre sus propuestas electorales se encontraban la colocación de grifos de leche gratuitos en las esquinas, jornada laboral de 15 minutos, realizar una carretera solo en bajada desde la ciudad de Rivera hasta Montevideo para ahorrar combustible o convertir el Valle del Edén en una atracción turística con canales con góndolas. Es decir, propuestas que tenían intención de provocar una adhesión inmediata porque algunas de ellas apelaban a necesidades básicas. Por supuesto, en sus mitines, había una multitud que se divertía con sus propuestas, pero solo recibía un puñado de votos en las elecciones: 38. Hoy en día ocurre todo lo contrario. Y tendría que verse con estupor o como mínimo con aprehensión, ya que “los Tortorellis actuales” tienen una amplia base popular dificultando el desarrollo legislativo del Estado. Este miedo proviene de que las figuras políticas ya no son pintorescas como él, sino que son siniestras en sus ambigüedades, en la reescritura de la historia y en sus acciones criminales. Con sus políticas, estos especímenes absurdamente reciben respuesta popular y ganan elecciones con el enorme peligro de que administran los dineros públicos, generan políticas internas y externas que provocan tragedias. Pero aún hay más: hay individuos gobernando con graves problemas de salud mental.
En sus delirantes propuestas sin lógica interna, las figuras políticas continuamente presentan futuras normas que ya son leyes de derecho positivo; prometen llevar al país a los más altos puestos, al Estado en seguridad o en economía cuando ya lo están; muestran su preocupación por temas o cuestiones residuales a nivel nacional como si fuesen cuestiones estatales, realizando afirmaciones que son mentiras; en una deriva ideológica hoy realizan una afirmación opuesta a otras que han hecho tiempo atrás, sin que existan evidentemente circunstancias que lo justifiquen, convenientemente difundido por redes y medios en un descontrol total, y las continuas acusaciones a adversarios, descubriéndose tiempo después que estaban construidas mediante documentación falsa. De esta manera se va conformando, en la mayoría de la población, una percepción falsa de la realidad, que dificulta enormemente la posibilidad de vislumbrar salidas posibles y sostenibles.
La mentira fácilmente desmontable y la verdad constatada conviven sin pudor, pero existe algo más preocupante: la inexistente racionalidad y lógica que se va desplazando en un discurso que apela a las emociones. Uno de los ejemplos es “los españoles primero”. Cuando se apela a la emoción se reduce la complejidad de los fenómenos, incluyendo en un solo eslogan miedo e incertidumbre. En la reducción de la complejidad en el eslogan mencionado, excluye a los inmigrantes que han contribuido y a su descendencia, que ha ralentizado el envejecimiento de la población. Lo que en Tortorelli eran divertidas anécdotas, hoy son piezas habituales del discurso político, tertuliano y de redes sociales.
Pero la mentira no solo lleva a la simplificación de la realidad o a confundir al ciudadano para abrazar una propuesta partidaria: tiene una intención más siniestra. Hannah Arendt (1906–1975) dejó escrito: “(…) Mentir constantemente no tiene por objeto que la gente crea una mentira, sino garantizar que ya nadie crea en nada (…)”. Lo siniestro radica en que, cuando nadie cree en nada, se deja el camino a un gobierno autocrático, que tendrá una amplia gama de apoyo, pero con diferentes características. La concentración de la riqueza es aún más pronunciada si disfruta de la posesión de medios globales para controlar el discurso y una tecnología capaz de sustituir el trabajo humano, sustituir a la burocracia estatal, así como la privacidad del ciudadano. La estocada final será el día que nos obliguen a abandonar el dinero físico.
Es crucial dejar de apoyar a los Tortorellis. El voto nulo, el voto en blanco y la abstención son también maneras de darles apoyo.
Eduardo Levaggi
