Alejandro Flórez-Estrada Vergara
Dicen las malas lenguas que hoy día ya no existen los ideales, murieron por el camino, reventaron, subestimados por la masa adocenada y dejándonos desubicados a quienes aún nos declaramos incondicionales de ellos. Qué ilusos somos algunos, ya que dábamos por hecho que nada podría destruirlos, ni siquiera la barbarie, la estupidez o la putrefacción ética imperantes. Por muy desfasados que estuvieran, creíamos que serían inmortales porque, aunque al final casi siempre cedían ante la evidencia de la cruda realidad, no tardaban en regenerarse para demostrar que lo imposible en ocasiones es posible. Lo cierto es que se convirtieron en nuestro norte cada vez que, después de una injusticia, necesitábamos recuperar la esperanza y tirar hacia delante.
Pero corre el rumor, propagado por aquellos que nunca apoyaron ninguna reivindicación ni movieron un dedo por el otro, de que los ideales ya carecen de sentido, pues lo que está de moda es la ausencia de valores y, para colmo, un conformismo insoportablemente idiota. Y todo por no haber sabido cuidarlos y luchar por ellos como nos aconsejaron los mayores que entendían de sufrimiento, de penalidades, y que no querían que nadie más viviera lo que tuvieron que padecer en sus propias carnes. Es triste que esos luchadores, que imaginaron un mundo sin guerras ni tiranías y que se obstinaron en construir y no en demoler, hoy tengan que aguantar que sus ideales sean tachados de anacrónicos y sustituidos por la sinrazón y el estercolero moral.
La sinrazón, sí, la de estos tiempos tan caóticos que devienen en esperpénticos, la de esta era tan avanzada en la tecnología y, sin embargo, tan atrasada en las convicciones por haber normalizado las distopías y su riada de noticias aterradoras. Duele ver que nunca antes la humanidad había estado tan vacía de principios y tan domesticada como ahora, tan anclada en la necedad inducida, que no es sino una anestesia global basada en un goteo incesante de simplificaciones tendenciosas que perforan la psiquis colectiva. Jamás se había degradado tanto el espíritu crítico como en esta época de entronización de la impostura, de rebeldía estigmatizada y de tripas empeñadas en alimentar el sectarismo, el encefalograma plano y la obediencia ciega a quienes no merecen ninguna adhesión. ¿Qué fue de la subversión de la calle y nuestro valiente 15M, de la coherencia que no claudicaba, de aquella indocilidad intelectual que acorralaba a los canallas con poder, desmontaba contubernios y propiciaba que el mundo progresara?
Ideales, no sabéis cuánto me habéis ayudado a sobrellevar el peso de mi existencia, cómo he logrado rehacerme mil veces y he afrontado las incertidumbres guiado por la confianza que depositaba en vuestro significado. Uno sigue ilusionándose si cree con el corazón y la cordura en algo auténtico y no en trampantojos, si se marca un rumbo y comprende que vivir no consiste en dejarse arrastrar por una corriente de resignación, sino en apostar por una sociedad revitalizada que retome el deseo de pensar y decidir por sí misma, que grite con rabia que la gente vale más que BlackRock o Vanguard, que el miedo teledirigido ya no nos asusta y que la violencia, el odio y los prejuicios solo sirven para pudrirnos poco a poco por dentro.
Cuentan que no tenéis cabida en el mundo actual, así que os extrañaré muchísimo porque me habéis acompañado con lealtad en las distintas etapas de mi vida, siempre a mi lado, velando por mí en los momentos de pérdida de fe en la humanidad, en los arrebatos de ira y desesperanza, cuando todo parece corromperse. Gracias por tantos milagros que aquí pudieron hacerse realidad y que hoy deberíamos proteger con uñas y dientes: la sanidad y la educación universales, el sistema público de pensiones, la justicia social, hasta la biblioteca o el centro cultural de mi barrio. Pero os confesaré algo para acabar que escandalizará a quienes nunca han construido nada: aunque digan por ahí que ninguna causa merece ya la pena, yo jamás renunciaré a vosotros, mis valiosos ideales.
