Hace unos días, he vuelto a ver el caso del “funcionario fantasma”, un trabajador de la Administración pública que llevaba seis años sin acudir a su puesto de trabajo en el Ayuntamiento de Cádiz. Se descubrió cuando la Administración lo iba a premiar por sus veinte años de servicio al cargo. Este es el ejemplo de la evidente falta de seguimiento de la Administración respecto a sus propios empleados.
El absentismo laboral es el conjunto de horas no trabajadas por motivos ocasionales. Este fenómeno se ha acelerado en los últimos años debido a múltiples factores: el envejecimiento de la población activa, los retrasos en la sanidad pública y el ritmo de cambio del mercado laboral.
Cuatro de cada diez trabajadores tienen problemas de salud, lo cual dispara las bajas y duplica el agotamiento. Desde la pandemia la incidencia de la ansiedad, el estrés y la depresión se sitúa en niveles muy elevados. Los empleados enfermos están en el 21% y los que tienen patologías crónicas son el 17%. Así que no es de extrañar que la tasa de absentismo laboral se haya desbocado, alcanzando en 2024 el 6,7%.
A lo largo del cuarto trimestre de 2024, 1.463.544 empleados faltaron cada día a su puesto de trabajo, de los cuales 1.137.500 se encontraban de baja médica. Es decir, más de 326.000 personas se ausentaron cada día de su puesto de trabajo por razones distintas a una baja médica. Según se desprende de los registros oficiales, la cobertura de la incapacidad temporal ha elevado el coste para la Seguridad Social en unos 15.000 millones de euros y unos 4600 millones de euros a las empresas, convirtiéndose en la segunda partida de gasto de mayor envergadura a la que cada año hace frente la Seguridad Social, después de las pensiones.
En 41 años que llevo de vida laboral, con un mínimo nivel de absentismo, he pasado por todo tipo de circunstancias y, la verdad, en algunas etapas de mi vida personal me hubiera venido bien que las empresas hubieran implementado algunas medidas (para no tener que hacer “encaje de bolillos”), como el incorporar horarios flexibles, tickets para comer en restaurantes de la zona o una plaza de parking si es complicado aparcar en el lugar de trabajo; un sistema de gratificaciones para premiar el esfuerzo, fomentar la contratación indefinida para generar estabilidad, ofrecer algún paquete de beneficios (asistencia de guardería, presupuesto extra para formación, cursos profesionales…). Estos “extras” hacen que el empleado se sienta más valorado y pueden contribuir mucho a su motivación.
Pero también hay que caer en cuenta de que hay una crisis tremenda en el mundo laboral. En nuestro país cada vez hay menos gente joven y existen algunas profesiones que nadie quiere cubrir: camioneros, mecánicos, conserjes, personal de limpieza, conductores de autobús, fontaneros, caldereros, electricistas…
Y es que actualmente existe mucha gente que quiere hacerse millonaria a golpe de clic. También cada vez hay más gente en su casa, que dice que no le merece la pena trabajar, con el esfuerzo que eso supone. ¡Encima cobrando menos que en el paro!
Respecto al absentismo, establecer políticas para prevenirlo siempre resulta más oportuno y barato que tratar de actuar una vez que aparecen los problemas de absentismo laboral que, por lo que dicen los datos, está aumentando considerablemente.
Y respecto a la crisis actual en el mundo laboral, no podemos avanzar con un país en el que, a corto plazo, la mayoría de las personas seremos jubilados, funcionarios o receptores de alguna ayuda o subvención. Y más teniendo en cuenta que ya en septiembre de 2024 los españoles que cobraban del Estado eran ya medio millón más que los del sector privado. El número de pensionistas, beneficiarios de prestaciones por desempleo, dependientes del ingreso mínimo vital y de sueldos públicos ya ha superado los 18,21 millones de personas.
Así que, a futuro, ¿quién va a tirar del carro? ¿Vamos directos hacia el “no tendrás nada y serás feliz”? No sé vosotros, pero yo veo que la gente cada vez tenemos menos, pero no estamos más felices…
Nines Fuentes
