Pura simpatía, pura fuerza, puro barrio…
Piluka es cercana y agradable desde el primer minuto, aunque también destila carácter y no intenta disimularlo. Para nosotros, y así se lo decimos, esta entrevista es un respiro y un remanso después de haber transitado por aguas turbulentas. No sabemos de nadie en el barrio que hable mal de Piluka o del local que regenta con sus compañeras. Nos ha sorprendido saber que el ayuntamiento no le permite actuar en su local y, aunque no hemos rastreado los problemas administrativos que le plantean, nos parece que también se tendría que poner en valor lo que aporta al barrio. De todos modos, parece que una vez al mes, por lo menos, se la puede disfrutar en vivo y en directo.
Piluka no elude ninguna pregunta y tampoco parece moverse con pies de plomo en estos tiempos tan raros en los que hay que medir cada palabra y cada gesto. Vamos a hablar del barrio y ella dirá lo que quiera, pero estamos seguros de que lo que diga ni se va a quedar en la formalidad ni va a estar vacío de contenido.
Empezamos a hablar y desde el principio vemos la necesidad de conectar las grabadoras, no hace falta mucha preparación, no hace falta generar ningún ambiente especial, todo sencillo y todo fácil. Vamos con la entrevista…
P. Piluka Aranguren, ¿eres del País Vasco?
R. De Pamplona, soy vasconavarra.
P. Y también te sientes muy madrileña.
R. Y también me siento madrileña porque llevo ya más años en Madrid que en Pamplona. Pasan los años a toda velocidad. Cuando llegué dije: “No aguanto esta ciudad grande tres años. Y fíjate, han pasado ya… Me vine en el 94, calcula.
P. No sé si eres más querida tú o tu local.
R. Eso yo no lo sé, eso lo dirán los demás.
P. Esos son dos mitos.
R. Cogimos Bodegas Lo Máximo en el 2000, nos lo traspasó la familia de Máximo y, desde entonces, estamos ahí, al pie del cañón, o sea, a pie de calle. Le pusimos el “Lo” porque nos parecía más oportuno, también porque el cartel es maravilloso. El cartel de Máximo es antiguo, la licencia es de 1948, o sea que será de aquella época. Y le pusimos el “Lo” porque ya nos parecía “un completo” que se llamara Lo Máximo. Y la verdad es que para nosotras ha sido lo máximo porque ahí hemos aprendido lo más grande. Empezamos siendo cuatro socias y ahora somos tres. Ahí nos hemos podido desarrollar tanto personal como artísticamente porque todas tenemos nuestra parte artística, y Lo Máximo es un local que, además, nos ha permitido eso.
P. Tuvisteis un momento de crisis con el tema del fondo de inversión, ¿no?
R. Sí.
P. Me ha gustado que digas“fondo de inversión” y no “fondo buitre”.
R. No, es fondo de inversión.
P. Claro, o todos los fondos de inversión son buitres o…
R. Depende de a qué se dedique el fondo de inversión, ¿no? Pero sí que es verdad que igual estamos un poco equivocados con esto de los fondos de inversión porque, en realidad, el que pone el dinero puede ser tu vecino.
P. Claro, sí, sí.
R. Es que no se trata de alguien que tiene mucho dinero y que va machacando a los demás, ¿no? Hay gente que invierte en inmobiliaria porque es lo que da dinero ahora mismo.
P. El ahorro del jubilado y te llama el director de tu sucursal…
R. Efectivamente, parece que es esto. Lo que pasa es que, en nuestro caso, sí que es verdad que es un fondo de inversión extranjero, un fondo inglés.
P. ¿Y llegasteis a un buen acuerdo, a un acuerdo decente?
R. Bueno, nos costó mucho. Llegamos a un acuerdo, que para empezar ya es importante porque llegaron arrasando. El objetivo era echar a todos los vecinos. Son cinco plantas, y querían echar sin miramientos a todos los vecinos, a familias que llevaban toda la vida aquí. Y nosotras estábamos incluidas en el pack, además de una clínica veterinaria que está justo al lado. Sí, todos estábamos en el mismo pack. No les preocupaba nada a estos fondos. Justo se nos acababa el contrato en ese momento, un contrato que teníamos de diez años, con sus prórrogas, y dijeron: “Legalmente os podemos echar, así que os echamos porque vamos a hacer una obra…”. Conseguir hablar con ellos era algo imposible, pero encontramos, dentro de las personas con las que empezamos un poco a hablar por detrás, una persona con la que sí pudimos entendernos cara a cara y hablar. Nuestra carta era contarles quiénes éramos, todo el tiempo que llevábamos ahí, la importancia que nuestro local tenía en el barrio. Luego fue importantísimo también el apoyo que tuvimos de la prensa, de la televisión, de nuestros vecinos, de colectivos. Se me ponen los pelos de punta todavía porque el apoyo fue brutal.
P. ¿El futuro está asegurado?
R. El futuro, de momento, está asegurado, sí.
P. Pero ya estáis tranquilos.
R. Sí, porque al final conseguimos un contrato en el tiempo.
P. ¿Y tú estás vinculada al local? Es decir, ¿no proyectas una vida artística separada de tu local?
R. Estuve durante siete años, todos los miércoles, haciendo conciertos para el barrio a puertas abiertas, y cantaba sin micrófono ni nada, como se hacía antiguamente. Se me fueron acoplando músicos que vivían en el barrio. Empecé con un guitarrista, con Alex Tatnell, que era mi vecino del primero, hasta que echaron a todo el mundo. Era el vecino del primero y con él empecé con la guitarra a cantar boleros, porque era algo que yo quería hacer desde hacía mucho tiempo y me parecía que el espacio era ideal para hacerlo. Siempre habíamos tenido un escenario porque siempre habíamos hecho espectáculos en ese escenario, desde que lo abrimos. Espectáculos variados, pues una de mis socias se dedica al circo, a la magia… La otra socia es fotógrafa, así que montamos sus exposiciones, sus proyecciones. Además, siempre hemos hecho presentaciones de libros y empezamos con los monólogos. Ahí empezó Eva Hache, por ejemplo. Hemos estado, por tanto, siempre vinculadas al mundo artístico porque era lo que nosotras queríamos proyectar en nuestro local, en ese escenario. Durante mucho tiempo, además de ser camarera, estaba de gira, ya que siempre he tenido grupos musicales.
P. Es lo que te iba a decir. ¿Te proyectas ligada al local?
R. No, mi carrera es anterior.
P. Yo te digo a futuro.
R. Ah, de proyección de futuro.
P. Sí, ¿te puede perder el barrio?
R. Bueno, fue la policía la que me prohibió seguir actuando en el bar porque no tengo permisos de actuaciones; no se conceden ya en la zona centro. Se puede decir que murió de éxito, en el sentido de que el local se llenaba hasta la calle. Y es que era un fiestón cada miércoles que hacía conciertos. Pero un día vino la policía y no tenía los permisos. Ningún vecino me denunció ni hubo ninguna protesta de nada, sino todo lo contrario, ya que los vecinos me decían: “Yo abro los balcones y te escucho cantar”. Era algo muy bonito y se debió haber mantenido porque era parte del barrio, y la gente del barrio me decía: “Pues yo voy a hacer terapia allí”. El caso es que era todo muy apasionado, que es como soy en el escenario. Me lo cortaron, pero quería seguir estando en el barrio porque, aparte de que tengo mi público, pues llevo muchos años en Lavapiés y a mí me gusta aportar cosas al barrio, me parece algo artísticamente muy positivo. Aunque luego tenga mis giras, mis conciertos por ahí, el estar presente en el barrio siempre me ha parecido algo importante. Y a raíz de que la policía me prohibiera continuar haciendo mi espectáculo en mi propia casa, me fui a El Juglar, que es una sala que está en la calle Lavapiés, que también tiene una trayectoria de conciertos de hace 35 años y donde yo había tocado muchas veces con mis grupos. Les propuse seguir haciendo mi espectáculo ahí, como mínimo, un día al mes para seguir en contacto con el barrio. Y eso es lo que estoy haciendo.
P. ¿Te podemos ver solamente una vez al mes?
R. Sí, en el barrio una vez al mes. Lo Máximo me proyectó en el sentido de darme a conocer a pie de calle.
P. En Lo Máximo, entonces, ¿ahora qué hay? ¿Sigue habiendo presentaciones de libros?
R. Eso sí, claro…
P. ¿Qué os permiten hacer?
R. No me permiten cantar.
P. ¿Solamente?
R. Música, no me permiten hacer música, aunque sea con una guitarra y una voz.
P. ¿Por qué? ¿Por el ruido?
R. Pues, como te decía, porque no tengo los permisos. Cuando quieren echarte abajo, te echan abajo como sea. Todo viene a raíz de que nos pusieron una multa de aforo un sábado por la noche. En cualquier local, si tú vas un sábado por la noche por ahí, puedes poner una multa de aforo.
P. Al Garibaldi se la acaban de poner.
R. Por eso. Si quieren ir a por ti, van a por ti. Nos pusieron esta multa de aforo y la recurrimos porque, primero, estaba mal redactada y el número de aforo estaba mal puesto. Recurrimos y ganamos. Y aquello no les gustó mucho y ya vinieron a por el local: si no es por aquí, será por allá. A mí me amenazaron con 60.000 euros de multa si volvía a subirme al escenario de Lo Máximo. Yo les decía: “A ver, un poquito de respeto. No estoy haciendo mal a nadie, sino al contrario: estoy dando cultura y la gente está encantada”. Mis conciertos eran a las nueve de la noche.
P. ¿Y lo demás lo mantienes?
R. Todo. Seguimos haciendo presentaciones de libros, cositas que van surgiendo. Todo lo que tenga implicación con el barrio, que nos parezca interesante, lo hacemos. Pero, claro, música no. Lo tengo prohibidísimo. Y hay mucha gente que viene y me dice: “Pero si solo cantas con la guitarra”. Pues lo siento, pero no me puedo arriesgar.
P. ¿Está cambiando el ambiente aquí en el barrio?
R. Muchísimo y en muchísimos sentidos. Llegué en el 94 y ya en el 95 empecé a trabajar en el Tío Vinagre, que era un bar que estaba justo al lado de Lo Máximo, que era pequeñito. Y me acuerdo de que, cuando llegué, el ambiente de barrio era brutal. No sé cómo decirte, nos conocíamos todos, se vivía en la calle, todo el mundo muy tranquilo. Si yo me dedicaba a no sé qué y el otro a lo que fuera, enseguida había una comunicación. Había mucha riqueza cultural, todo el mundo se ayudaba, teníamos muchos proyectos y se hacían apuestas en común. ¿Y qué pasa? Que todo esto requiere un vecindario que esté viviendo en el barrio.
P. Pero echamos la culpa al alcalde, ¿o tiene que ver con más cosas?
R. Pues yo creo que sí tiene que ver mucho con una cuestión política. Lavapiés siempre ha sido un punto y aparte, a pesar de estar en el centro. A los turistas les decían en los hoteles que no vinieran a Lavapiés porque era peligroso, cuando en absoluto lo era. Pero era un barrio diferente, con un pensamiento político diferente, y estas cosas no gustan en un ayuntamiento como el que tenemos. Básicamente, ellos fueron los que empezaron a comprar el barrio. El ayuntamiento, los bancos fueron empezando a comprar los edificios, primero un poquito calladitos y luego asustando a los vecinos. Y lo de la peligrosidad en las calles, creo que también tiene que ver con ellos.
P. Pero a ver: en ese pulso del Lavapiés de las procesiones y el Lavapiés de las batucadas, ¿hay una contradicción o los dos caben, el Lavapiés del casticismo y el Lavapiés de…?
R. Ahí puede haber una convivencia.
P. Eso es lo que te iba a preguntar.
R. Lavapiés es muy tolerante en ese sentido.
P. En este caso es un poco ese Lavapiés, porque el tipo de música que tú cantas es…
R. Son boleros, tangos, es música latina. Pues sí, yo creo que Lavapiés siempre ha sido un sitio de una convivencia armónica, siempre ha sido un lugar de migración, siempre… Y creo que se ha vivido en armonía en ese sentido, y las opiniones políticas también se han respetado. O sea, cada uno ha tenido su espacio. No veo que en ese sentido hubiera problemas.
P. ¿Y el cambio? ¿Percibes más tensión o que se ha enfriado el pulso transgresor?
R. Claro, pero porque, para empezar, han hecho un cambio de vecindario. Muchísimos de los vecinos siempre han ido a un bar de barrio. Incluso nuestros parroquianos del bar se han tenido que marchar porque los han echado de sus casas. Les han subido los alquileres a un precio desorbitado que no pueden pagar, y esos son los motivos por los que, en realidad, la gente que vivía aquí y que hacía barrio ha desaparecido.
P. Hay quien habla de que el lío es la turistificación; es decir, son los pisos turísticos, que es evidente que son muchos, y la gentrificación. Ahora llegan también progres, pero parejas con otra economía, que elevan los precios…
R. A eso es a lo que me refiero. Ese es el cambio, el cambio de gente que podía pagarse… Yo todavía sigo viviendo de alquiler, he vivido siempre de alquiler, y tú podías pagarte un alquiler y llevar una vida no con grandes pretensiones, pero con tu sueldo te daba para vivir tranquilamente. Ahora no, es imposible. Entonces, ¿quién paga ahora esos alquileres? Pues gente que tiene bastante más dinero. El cambio ha sido brutal. Los pisos de alquiler turístico han tirado por tierra todos los comercios pequeños, ya no queda prácticamente nada. Todo esto influye en la vida cotidiana. La gente que ha venido es gente pudiente, con otro pensamiento político y con otro nivel económico.
P. A ti, que te gustan poco los anglicismos, te molesta que se diga que Lavapiés es un barrio cool, que es un barrio woke, ¿no?
R. Eso es horrible. ¿Qué quiere decir eso, un barrio cool? ¿Siempre ha sido un barrio cool, entonces?
P. Cool es chic y woke es progre, pero modernito.
R. Lavapiés siempre ha gestado cosas contrarias a lo establecido, siempre ha sido reivindicativo, siempre ha sido peleón, y culturalmente lo mismo. Se han gestado muchos movimientos musicales. Cuando llegué, estaba el movimiento del mestizaje en ese momento y yo estaba en Amparanoia. Había movimientos de arte, de pintura… Muchísimas cosas siempre se han gestado en Lavapiés porque es un barrio que ha estado −no te voy a decir “fuera de la ley” porque no es verdad− un poco al margen, como desconsiderado, y eso lo que hace es dar vida cultural. Si te dejan hacer, haces. Si no te dejan hacer, no haces.
P. Pero a ti, más que la transgresión o el debate político, te interesa la transgresión cultural, ¿o no? ¿O las dos?
R. Las dos.
P. O sea, van de la mano.
R. Van de la mano. Separar la política de la vida social no tiene mucho sentido. Para mí es lo mismo. Es influencia.
P. Pero se viven con diferente tensión.
R. ¿Diferente tensión? No, porque influye.
P. Lo que tú decías ahora, que la cultura es más integradora, más diversa, y la política es más rígida.
R. Claro. Pero, si no nos dejan desarrollar esa cultura, estamos en lo mismo.
P. Como yo estoy en un sindicato estoy acostumbrado a esa rigidez, que no tiene que ver con lo que tú dices.
R. Porque en la cultura siempre se desarrollan espacios no tan públicos, digamos. Pero claro que tiene que ver con la política porque, al final, te influye todo. ¿Por qué no puedo cantar en mi local?
P. Claro, claro.
R. Es que es tan básico como eso. Cuando, en realidad, tenían que potenciar ese tipo de cosas.
P. Lavapiés multicultural. ¿Hay mezcla real de culturas o cada cultura vive separada?
R. Hablamos de razas más que nada, ¿no?
P. De religiones, de culturas.
R. Tiene que ver con las razas. Pero sí, es cierto.
P. ¿Conviven los dominicanos con los senegaleses?
R. Lo que he observado en este barrio es que fundamentalmente se relacionan entre ellos. Están los africanos, los africanos negros, por decirlo de alguna manera. Están los árabes, están los bangladesíes, estaban los chinos en su momento −que ahora prácticamente han desaparecido del barrio−, están los latinos. Digamos que todos tienen su propia cultura. Pero siempre ha habido una convivencia armónica, y a mí eso es lo que me gusta a pesar de que entienda que te relaciones más con los tuyos porque, para empezar, te entiendes idiomáticamente. Y porque van llegando, es decir, me traigo a mi primo, a mi familia… Y entonces sí que desarrollan la vida en su entorno y, además, tienen sus asociaciones. Pero luego son capaces de una convivencia pacífica y respetuosa.
P. ¿Y los que hablan ahora de la delincuencia y de la droga? Lavapiés no es el Bronx, ¿o sí?
R. No, hombre. Yo creo que el Bronx es bastante más peligroso, pero como nos descuidemos un poquito más…
P. O sea, tú ves riesgos.
R. Yo veo riesgos. Y, además, no entiendo cómo es posible llegar a esta situación. Si estás vendiendo un barrio, si estás cotizando los pisos para que ya sean inalcanzables y se supone que quieres atraer a gente de una disponibilidad económica importante, ¿cómo tienes las calles así? Pensaba que los yonquis ya habían desaparecido en los 80, pero es que han vuelto. Y peor aún: bastante más peligrosos.
P. ¿Ves elementos preocupantes?
R. Veo elementos preocupantes. Los tengo a la vuelta de la esquina y debajo de mi casa. En los muchos años que llevo aquí, he ido de mi trabajo a mi casa tranquilamente por la noche, sola, sin ningún problema. Ahora voy con 18 ojos, estoy inquieta. Y eso me pasó en un momento, también cuando estaban con las obras del metro aquí, en la plaza de Lavapiés. Hubo un momento muy duro. Creo que fue la primera limpieza de vecindario que hubo, y también era muy peligroso andar por la calle. De hecho, mucha gente se marchó porque los atracaban en el portal de su casa. Yo vi una persona degollada en la plaza de Lavapiés, sangrando. O sea, había unas cosas horribles. Pero aquello de pronto desapareció, se limpió todo, parecía que no había pasado nada. Y ahora ha vuelto, pero ha vuelto peor.
P. ¿Tiene que ver con la pandemia? ¿Es a partir de ahí, de ese momento en que todo se paró y nos metieron en casa? ¿O tú no ves relación?
R. ¿Con la peligrosidad y todo esto?
P. No, el tema de que se rompió todo, de que en ese momento…
R. Es que la pandemia destrozó muchas cosas, está claro. Y luego también les permitió jugar: juegos por detrás mientras nosotros no nos dábamos cuenta porque estábamos padeciendo una pandemia y estábamos encerrados en nuestras casas. Pero sí, la vuelta fue tremenda. Fue tremenda porque ya se vio la cara a todo, ya se vio el cambio brutal en el barrio. Ahí lo noté de verdad.
P. Mucha gente lo notó.
R. Sí, sí, lo noté, ciertamente. Todo lo que parecía que estaba en proyecto ya lo habían hecho, ¿sabes? Y a mí lo que me preocupa es eso. No entiendo muy bien por qué ahora, en este momento, están las calles como están cuando se supone que tenía que ser todo lo contrario. Quieren hacer un barrio más de dinero, más turístico, y por eso estamos viviendo lo que estamos viviendo ahora mismo. ¿Cuál es la estrategia?
P. El pequeño comercio y la hostelería, ¿estáis organizados?
R. Hemos tenido momentos más organizados, la verdad, incluso para los desahucios y todo esto. Cuando en su momento el fondo de inversión nos amenazó con echarnos, estábamos muy unidos porque había muchísimos bloques que estábamos en la misma circunstancia, teníamos los mismos objetivos y creíamos que podíamos luchar. Había mucha asociación, por ejemplo, los Bloques en Lucha. Había, sí, asociaciones, reuniones constantes, manifestaciones, hablábamos con el ayuntamiento… Todo eso se fue disipando. Claro, también vino el desencanto al ver que era darte contra una pared.
P. ¿Eres consciente de que quizá la principal esperanza para los barrios son los locales como el tuyo, que tienen esa faceta creativa y de relación y afecto entre la gente?
R. Me di cuenta, cuando tuvimos esa pelea con el fondo, del apoyo de la gente. Una no es consciente de lo que eso puede suponer, y tomamos conciencia en ese momento de que al final todo el trabajo, toda la energía que hemos puesto todos estos años realmente sí que influye en la gente, en el barrio, y sí que es importante para los demás. Creo que los locales son importantes, por supuesto: los bares, las tiendas, porque es lo que hace barrio de verdad. ¿Y dónde se llega a grandes cosas? En los bares. ¿Por qué? Porque la gente se reúne, habla, está codo con codo. Por desgracia, eso también se está perdiendo porque también nos quitaron las barras de los bares, la costumbre de estar en una barra y empezar a hablar con el otro porque sí, y resulta que al final acabas haciendo una amistad. Este tipo de cosas se está perdiendo en los bares, y a mí eso me da una lástima terrible. ¿Por qué? Pues porque la pandemia hizo que tú con los tuyos en tu mesita, y hablas con los tuyos y no te relaciones demasiado porque a ver si te van a contagiar algo. Pero ya es un contagio de aquí, de la cabeza.
P. Bueno, ya vamos a ir casi terminando.
R. Estoy tan a gusto, ¡qué pena!
P. Yo también estoy a gusto, pero a lo mejor ha quedado todo un poco negativo. ¿Algún mensaje esperanzador?
R. ¿Sí?¿Ha sido todo muy negativo?
P. En general, un poco deprimente. Todo el mundo cuenta lo mismo. Pero a ver, ¿cómo esperanzamos al barrio, Piluka? ¿Qué le decimos a quien va a leer esta entrevista?
R. Es que habría que entender qué está pasando en realidad, y no lo entiendo muy bien. Sé que estamos en transición. Todavía no está el modelo de barrio que ellos quieren, estamos aún en proceso. Entonces, no sé muy bien hacia dónde vamos. Pero, bueno, la esperanza nunca se pierde. Siempre he sido positiva para estas cosas. No tiro la toalla ni nada, pero trato de entender hacia dónde va esto.
P. Tú te ves con fuerza, con ganas y con fuelle.
R. Con menos, ¿eh? Pero siempre con ganas de pelear porque, si no, me quedo en mi casa, me encierro, pero yo no soy así. Ni yo ni la gente con la que me relaciono. Siempre tengo ganas de seguir y de luchar porque, de lo contrario, la vida no tiene sentido. Y la vida tiene sentido con aquellos que tienes a tu alrededor, y eso es por lo que hay que seguir peleando. Y quiero decir que hemos estado hablando negativamente desde una visión concreta, desde arriba y la proyección…
P. No, no, está bien hablar claro.
R. Pero, por fortuna, sí que es verdad que luego, en nuestros círculos directos, todavía encuentras gente que piensa como tú…
P. O sea que el barrio sigue ahí.
R. El barrio sigue en menor medida, por supuesto, pero sigue intentando levantar cabeza. Yo creo que, cuando sepamos por dónde nos podemos mover o a dónde van, podremos hacer más cosas. Ahora mismo es una incertidumbre.
P. Y a ti te vemos a diario en Lo Máximo.
R. Ahí me veis, en Lo Máximo, trabajando de camarera como una jabata.
P. ¿Y para disfrutarte actuando?
R. Pues, para disfrutarme actuando, una vez al mes en El Juglar. La próxima actuación será el 19 de junio, que además es la última de la temporada.
Ponemos fin a la entrevista y por supuesto seguimos hablando con Piluka. Nos gusta que se hable claro y si hay problemas no se gana nada con disimulos. Piluka quiere a este barrio y este barrio quiere a Piluka y, si algunas cosas duelen, duelen.
El barrio aún existe, aún tiene pulso, y cuando se habla con alguien así se respira cierta normalidad y cierto futuro.
Ni blanditos, ni vencidos, ni resignados, y dispuestos a luchar no solo por mantener nada, sino por crear nuevos momentos y nuevos espacios mágicos, libres y creativos.
Piluka no es virtual, no es una realidad digitalizada, no es distancia, confinamiento o miedo. Por este camino vamos bien, el camino de la comunicación directa, del contacto personal y de trabajar por lo que una cree y merece la pena. Seguro que ya la conocías, pero, si con esta entrevista la conoces un poco más, habrá merecido la pena…
