Que haya quedado algo muy pobre de aquel 15M tan vibrante y real no descalifica el intento. No estábamos equivocados cuando pedíamos transparencia, democracia real y juego limpio. No lo estábamos tampoco cuando decíamos que los que había no nos representaban y que tampoco pensábamos reconocer representantes que se apropiaran del trabajo conjunto. Viendo cómo se han traicionado aquellas aspiraciones, se confirma la razón que teníamos al insistir en la horizontalidad y el riesgo de dejar en manos de cualquiera las cosas de todos.
No era 15M, pero la historia de partidos como el PSOE o el PC también sabíamos que era algo que debía trascender las coyunturas y que no podía depender de oportunistas.
A mí, Pedro Sánchez nunca me pareció de izquierdas o progresista, ni siquiera decente cuando empezó embutiendo votos en una urna detrás de una cortina y, si desde el minuto uno ya le valía todo, imagínate ahora. Mi padre sí era un socialista decente, a lo mejor equivocado, pero también decente y honesto.
Veo ahora la confusión y la náusea que está produciendo en la militancia lo que está saliendo, gracias a que en esta organización todo el mundo se grababa y se traicionaba. Y según lo voy viendo voy tomando una decisión personal que voy a intentar explicar.
No tengo ahora la necesidad de castigar a quienes confiaron, y desde luego no me refiero al grupito de afines al líder, sino a quienes fueron víctimas de una estafa.
A quienes no fueron oportunistas y de verdad sienten los colores, los vamos a reconocer porque se van a quedar, porque van a intentar, desde el minuto después, reconstruir lo destruido. Y a esos habrá que respetarlos y apoyarlos de un modo generoso.
También hemos reconocido a los verdaderos artífices de aquel 15M muy lúcido, pero mucho menos numeroso de lo que mucha gente cree, porque no se han tragado la nueva política casi desde el principio. Habla con los que no se han colocado y no son receptores de fondos europeos por cualquier ocurrencia y estuvieron allí, y escucha lo que tengan que decirte. Hubo intentos reales, sobre todo a nivel municipal, de asamblea activa y de candidaturas de la gente, y también hubo desde el minuto uno intentos de esos cargos de escapar de esos controles democráticos. Recuerdo a un teórico del municipalismo comprendiendo, en una disertación engolada y hueca, a esos cargos que se “autonomizan” de la asamblea, como un modo de blanquear lo que era una traición evidente.
Habrá que ir a elecciones y, aunque quienes nos quedamos sin voto nunca votaremos a la derecha por motivos evidentes, habrá quien lo hará, y en ese momento seguramente nos demos cuenta de que el PP nunca va a gobernar con Vox porque, de modo oportuno y desde Europa, la bondad de la gran coalición nos será presentada como un muro contra la ultraderecha y, de paso, también contra el “radicalismo” de izquierdas.
No tiene demasiada importancia quién gane las próximas elecciones, salvo porque se pueda perder la oportunidad que ofrece el cambio de ciclo de recuperar la calle a quien siga empeñado en seguir tocando poder a cambio de implementar agendas no decididas por la gente.
Habrá que salir del relato bobo de que todo vale para evitar que llegue la derecha y la ultraderecha, y dejar de perder el tiempo a la hora de regresar a los barrios populares, al mundo rural y a los espacios de expresión y cultura no hipotecada.
El estado de degradación de los barrios y pueblos es enorme, y lo mismo que no hay que permitir simplificaciones sobre migración/violencia/delincuencia, está claro que ni nativos ni migrantes queremos vivir entre mierda, miedo y degradación. Si algo se hizo bien en la llamada “transición” fue la dignificación de los barrios más conflictivos y populares. La gente no tiene que dormir en un colchón en un rincón sucio, entre olores fétidos, o en un edificio sin luz ni agua, y quien diga eso es tonto de baba y da lo mismo que haya nacido en Dakar o en Ponferrada.
Hay que hablar en la base social, hay que hablar en las empresas y en los barrios, y hay que volver a organizarse y hay que trascender esquemas simplificados de catecismo ideológico.
No hay que inventar el café con leche, tenemos mucha experiencia y sabemos cómo es la cosa. Y si nos engañan otra vez, será porque queramos…
Javier Herranz
