Arrancó el mes de mayo con su primero de mayo sindical un poco devaluado, pero digno en cuanto a diversidad y presencia. Nos sigue chocando que toda, absolutamente toda la izquierda política con representación se colocó detrás de la pancarta de UGT y CC.OO., y en esa manifestación, con muchos “claros” y muy estirada en extensión pero no en densidad, nos chocó alguna cosa más. No era difícil acercarse a los dirigentes de Sumar, Más Madrid, Podemos, IU, PSOE, el viejo y dignísimo PCE y otras organizaciones, cada una con su pancarta. También pancartas de colectivos de migrantes con conciencia política o sindical que también se mostraron accesibles, pero los sindicatos que encabezaban la manifestación, y sobre todo su pancarta de cabecera, absolutamente inaccesibles. Una gruesa soga y un denso servicio de orden por delante limitaban un espacio al que solo podían acceder periodistas acreditados, y esa forma de corral no dejaba de ser un símbolo de la condición de esa prensa y del miedo y la distancia de unos dirigentes sindicales que ya no son pueblo ni clase trabajadora.
Después del 15M algunos dirigentes sindicales se repartían por otros primeros de mayo alternativos, subiendo desde Legazpi para terminar en la cuesta de Moyano, o por la calle de Atocha, cerrando en Benavente o el centro más simbólico y clásico de Madrid, para terminar en el parque más bonito y abierto de esta ciudad. Imposible encontrar políticos de carrera en estas manifestaciones alternativas y, si había alguno, nosotros no lo vimos. Algún acto y manifestación más completó este primero de mayo que muy pocos jóvenes reconocen y animan.
Este primero de mayo muestra división y fragmentación, pero también muestra que algunos siguen siendo incombustibles y que la izquierda política y sindical no despliega casi ninguna bandera para cuestionar las políticas de este Gobierno, aunque este mes de junio empiece con la manifestación del día 7 contra el armamentismo y el belicismo más infame, y de la que Sumar se ha borrado ejerciendo de prótesis ortopédica del PSOE.
Hubo movilizaciones que, aunque se están desinflando, aún tienen potencia y número para reclamar una educación y una salud públicas sobre las que desde la izquierda se podría decir mucho. En esas manifestaciones, y sobre todo en la de la sanidad, nos cuesta mucho compartir pancarta con “la niña de la OMS” y con quien no denuncia que esa organización mundial (que no es tan mundial) es propiedad privada de las farmacéuticas y de los grandes fondos globalistas occidentales.
Sigue sin parecernos que pacientes, alumnos y pueblo en general sean el centro de esas movilizaciones, a pesar de algunas excepciones, y se intenta presentar como mareas, movimiento indignado, marchas y demás lo que ya no lo es. Como acto político para intentar debilitar a Ayuso y sus políticas también se puede justificar, y con el mismo derecho y justificación la derecha también moviliza lo que puede, que tampoco es tanto como quisieran.
Tiene que moverse la calle, pero tiene que abrirse también el debate y la reflexión, y salir del pensamiento único y simplificado. Hablamos con frecuencia de que la mayor pérdida que hemos sufrido en la izquierda alternativa es el haberlo entregado todo a cambio de parcelitas ridículas de poder, regalando a la derecha la única posibilidad de oposición. Cuidado con esto porque, cuando algunos quieran volver a ser creíbles, habrá tanta hemeroteca y tanto material gráfico de sumisión que va a ser muy difícil limpiar algunas siglas.
La izquierda no se justifica haciendo oposición a la oposición, y es necesario marcar distancia con el poder que se aleja del pueblo o que se acerca solo como maniobras de ingeniería social o electoral.
Desde luego que sacar las pancartas y gritar en grupo siempre es saludable, pero hay que encontrarse antes la cabeza o el corazón.
