Historia barrial

Infundios

By 27 de junio de 2025septiembre 4th, 2025No Comments
1902 Historia de España en el siglo XIX vol 3 La-degollación-de los frailes en San Francisco

Las grandes crisis individuales y colectivas, los grandes crímenes, suelen acontecer en plena canícula. La irritabilidad y el desánimo, la ansiedad y la agresividad se encienden y se propagan como la pólvora. Corría el año de gracia de 1834. Ese verano hacía un calor espantoso. Isabel II, reina de tan solo tres años, estaba instalada en La Granja desde hacía semanas huyendo de las altas temperaturas. A su lado, su madre, la regente María Cristina, ya embarazada del sargento de la guardia con el que se había desposado en secreto dos meses después de la muerte de Fernando VII. El Gobierno había quedado en manos de los liberales moderados que iniciaban tímidas reformas. Sin embargo, todo giraba en su contra: los insurgentes carlistas avanzaban por el norte mientras los liberales radicales conspiraban por una auténtica revolución. La guinda de esta tormenta perfecta vino a ponerla el cólera asiático, que comenzó a propagarse desde Portugal.

El cólera, una enfermedad bacteriana muy contagiosa que se transmite a través de alimentos y agua contaminados por desechos fecales, provoca diarrea aguda y vómitos, una veloz deshidratación que conduce a la muerte. En el Madrid de la época, sin saneamientos ni limpieza urbana, sin apenas higiene, los primeros casos aparecieron en Vallecas en junio y enseguida aumentaron exponencialmente por toda la ciudad. Las autoridades infructuosamente tomaron medidas de limpieza y de aislamiento de los contagiados, pero el pánico se apoderó de la población y el calor exacerbó los ánimos. Solo un chivo expiatorio podría calmar los ánimos. En el punto de mira de los liberales radicales se encontraban los frailes. Como en otras épocas a los judíos, se les acusa de los grandes males del país: traman a favor de los carlistas, manipulan al pueblo y viven de rentas sin mover un dedo. La ciudad está además llena de conventos, no se ve una fábrica. En definitiva, son un lastre para la nación y hay que aprovechar esta oportunidad.

En los primeros días de julio estallan en la calle los rumores: los frailes están envenenando el agua para propagar el cólera, pagan a mendigos y cigarreras para infectar las fuentes. La prensa contribuye especialmente a su expansión con insinuaciones.

Todo está listo, los días 14 y 15 se alcanzan las mayores cifras de muertos por la epidemia. El 17, en la Puerta del Sol se forma un gran alboroto cuando sorprenden a un muchacho echando unos misteriosos polvos en las cubas de los aguadores y es linchado in situ por la multitud. Se acaba de encender la mecha: voces exaltadas señalan a los jesuitas como los verdaderos instigadores del envenenamiento. El gentío, enfurecido, se dirige entonces hacia el Colegio Imperial de San Isidro para hacer justicia. Lo asaltan y saquean matando a muchos. Acto seguido, se acercan al convento de los dominicos en Antón Martin y se repite la misma escena, llevándose a más frailes por delante. De allí partirán hacia San Francisco y el Carmen con iguales intenciones. Madrid vive veinte horas de terror ante la pasividad de las milicias urbanas, la policía de la época, que parece congeniar con los disturbios. Hasta que, por fin, el 18, tras la intervención del ejército, llegará la calma. El saldo final serán 75 frailes asesinados. Apenas habrá detenidos o condenados por estos hechos. Se preferirá pasar página.

En todas las épocas, la difusión de infundios, las hoy también llamadas noticias falsas, ha escondido un interés oscuro. No se trata solo de denigrar a una figura pública, o a un grupo social reconocible, lo que en verdad se pretende es soliviantar al pueblo. Que la efervescencia alcance ese grado de ebullición en el que los locos comienzan a hacer sus locuras y la masa enfebrecida en su desesperación se ve también arrastrada al abismo. En otras palabras, que nos hagan el trabajo sucio, y gratis, que ya después arreglaremos cuentas.

 

Eduardo Soto-Trillo