Historia barrial

El Colegio de la Paz: un refugio femenino en el corazón de Embajadores

By 27 de junio de 2025septiembre 4th, 2025No Comments
La antigua inclusa o casa de expósitos en la calle Embajadores

En el número 41 de la calle de Embajadores, compartiendo edificio con la histórica Inclusa, funcionó hasta bien entrado el siglo XX una institución singular: el Colegio de la Paz, un internado femenino que, desde finales del siglo XVII, ofreció a niñas pobres de Madrid no solo educación, sino también un proyecto de vida. 

El colegio fue fundado en 1679 por voluntad testamentaria de Ana Fernández de Córdoba, duquesa de Feria. Su propósito era claro: formar a niñas huérfanas o sin recursos, con la ayuda de una sólida educación religiosa y práctica. Tras un cierre prolongado, fue reabierto en 1799 por orden del rey Carlos IV, quien encargó su reorganización a la Junta de Damas de Honor y Mérito, una entidad formada por mujeres de la alta nobleza.

A lo largo del siglo XIX y hasta bien entrado el XX, el colegio se mantuvo activo, primero bajo tutela real y, desde 1870, bajo la Diputación Provincial. Su dirección y enseñanza quedaron en manos de las Hijas de la Caridad, que ejercían como profesoras, cuidadoras y administradoras con un modelo educativo profundamente arraigado en la moral cristiana y el servicio social.

La formación que se impartía no se limitaba a la primaria. Además de leer, escribir y contar, las alumnas recibían clases de educación física (gimnasia sueca), música (solfeo y piano), dibujo, pintura, taquigrafía y mecanografía, materias que en aquella época eran consideradas modernas y útiles. Se les enseñaba también oficios como bordado, costura, zapatería, alpargatería, chocolatería y mantequería, destinados a asegurarles un medio de vida digno al salir del colegio.

Muchos de estos trabajos eran solicitados por familias nobles, que valoraban la delicadeza de los bordados y la calidad artesanal de las prendas. Los ingresos que se obtenían por estas labores no solo ayudaban al sostenimiento del centro, sino que una parte se destinaba a cartillas de ahorro individuales, custodiadas por las religiosas. Esta previsión permitía que, al abandonar el colegio —por matrimonio o emancipación—, las jóvenes contaran con una pequeña dote o respaldo económico.

La vida cotidiana estaba marcada por la disciplina: las alumnas se levantaban a las seis, acudían a misa en una de las dos capillas —una dedicada a Nuestra Señora de la Paz, otra a la Virgen Milagrosa— y seguían una estricta rutina de clases, tareas domésticas y actividades formativas. También participaban en asociaciones piadosas y celebraban festividades religiosas con gran solemnidad.

A pesar de la antigüedad del edificio, el colegio contaba con importantes avances higiénicos para la época: agua corriente caliente y fría, calefacción, ascensores, luz eléctrica, baños modernos y teléfono. Las aulas eran ventiladas y los patios, aunque pequeños, se mantenían cuidados y limpios. En los días festivos, se organizaban sesiones de cine, gramófono y hasta representaciones teatrales preparadas por las alumnas, que aportaban momentos de alegría en una rutina austera pero enriquecedora.

La huella que dejó esta institución fue silenciosa pero profunda. Era un lugar donde muchas niñas encontraban una salida digna a una vida difícil, una educación completa y una visión del mundo basada en el esfuerzo, la previsión y la virtud. Como recogía la prensa de la época, las antiguas alumnas “pasaban a la vida social adiestradas en la lucha cotidiana, educadas en la previsión, acostumbradas a la vida recatada, formadas en la inteligencia por la verdad y en el corazón por la virtud”.

Hoy, el edificio ya no alberga aquel colegio, pero es justo recordarlo como lo que fue: un refugio de formación y esperanza para muchas jóvenes madrileñas que, sin él, habrían tenido muy pocas oportunidades.

 

Carlos Sánchez Tárrago