Me pueden llamar terraplanista, antivacunas, conspiranoico, adorador de Satán o descendiente de las brujas de Zagarramurdi. Me puede juzgar la Santa Inquisición con Tomás de Torquemada a la cabeza o su mismísimo sucesor Peinado. Me pueden meter palillos en las uñas, obligarme a atravesar el desierto descalzo y sin agua o escuchar la discografía completa de José Manuel Soto mientras veo las finales de Champions que ganó el Real de Madrid. Pero no me lo creo.
No me creo lo del apagón; bueno, sí me lo creo porque lo viví, pero lo que tengo muy clarinete es que “alguienes” muy interesados tiraron del cable o apagaron la luz. Un serio aviso de lo que pueden hacernos si no nos plegamos a sus intereses todos los que no pensamos como ellos, que afortunadamente todavía somos muchos y cada vez vuelven más. El caso es que el tiro les salió por la culata, aunque indudablemente muchos ciudadanos se vieron afectados por la bajada de tensión. Muchos sufrieron consecuencias personales y familiares que merecen una explicación clara del porqué. Yo mi versión la tengo cristalina, y para esos “alguienes” todos los afectados son daños colaterales prescindibles. Dicho de otra forma, querían encender una primera mecha y que comenzaran las revueltas.
Pero mira tú por dónde toda esa ciudadanía, cuyo mayor problema fue quedarse sin móvil por unas horas, entendió que este contratiempo podía ser una oportunidad, y empezaron a cantar, bailar, escuchar, hablar, jugar al parchís o hacer el amor a la luz de la luna (en nueve meses el baby boom del apagón); o sea, socializar, algo que parecía olvidado absorbidos por la tecnología que nos invade.
Parece ser que el fundido eléctrico no surtió el efecto deseado, así que vamos a por otra: el que pueda hacer que haga, como dice el ínclito, y alguien con capucha y corbata decide boicotear los trenes del Ave Sevilla-Madrid llevándose unos hilillos de cobre, no como los del Prestige.
Y otra vez el sainete oposicional, que si la abuela fuma, que si el perro conduce, que este país se va a la ruina económica, qué contradicción. De nuevo se vivieron imágenes de pasajeros bailando y cantando en la vía, improvisando felicidad donde otros ven ojos sangrantes.
El que pueda hacer que haga se extiende como la espuma, y ahora aparecen unas filtraciones interesadas y manipuladas en la forma, conversaciones privadas de WhatsApp publicadas por un medio afín, como ya lo hicieron con el 11M, creando salseo y desinformación. Imagino a mi prima Teresa borrando conversaciones no vaya a ser que…, o a la presidenta de la Comunidad por si…, también a Iker Jiménez con sus temas del misterio.
Que cada uno saque sus propias conclusiones, yo no creo en casualidades y observo pequeños golpes de Estado. Donde no mandan las ideas y propuestas, tratan de imponerse a golpe de tambor.
En la última junta de vecinos ultras en la plaza de Colón, los asistentes se sumaron a los cuatro gatos madrileños. Es posible que muchos entre sus propias filas se estén cansando. Que las banderas no te tapen el bosque.
El que pueda hacer que haga… Continuará
Federico Gutiérrez Cifuentes
