El chico que no sabía que buscaba apareció ahí. A dos calles de mi casa, en un día de apagón nacional, en el que las calles estaban más iluminadas que nunca. Yo, amante de las historias, ahí tenía lo mío: historia y amante.
28 de abril del 2025, plaza de Arturo Barea, Lavapiés.
Boca a boca en las calles, cuando los móviles dejaron de darnos respuestas. La estrella de la radio, o la radio como estrella, había vuelto. Con permiso de The Buggies y del vídeo, nueva letra: “The black out revive the radio star”. Acababa de comprar pilas en el chino del barrio y estaba escuchando las dudosas noticias que escupía el radiocasete de mi hermano. Varias personas nos pidieron ponerles la oreja a aquellos escupitajos informativos. Max fue uno de ellos. Ambos habíamos salido a la calle acompañados de nuestra cámara. Yo, además, con la radio. Él, además, con su amigo Álvaro que, con su inocencia y virginidad, resultó ser el contrapunto perfecto a dos locos de la selva de cemento, que es Madrid.
Yo quería hacer periodismo del de verdad. Había cerrado mi ordenador de teletrabajo y había salido a la calle a inmortalizar el momento histórico. Él tenía una sesión de fotos en un lejano barrio al que no tenía ni cómo llegar. Nuestros distintos propósitos acabaron siendo el mismo cuando le propuse recorrer Madrid sin rumbo, como si de “Zombieland” se tratase. En vez de matar zombis, disparo a disparo, estábamos dispuestos a capturar momentos: acompañamos a policía y bomberos a rescatar del ascensor a una mujer malhumorada; conocimos a grupos de vecinos que acababan de conocerse; encontramos a mi amiga Ana (con la que nunca saco tiempo de quedar), y se sumó a la expedición; Brandon nos invitó a chupitos de tequila en su bar; nos colamos en el Hotel Palace y, cual Robin Hoods, nos llevamos unos bolígrafos “luxury” como souvenir material del día; Atocha se había convertido en un pícnic colectivo…, y La Casa Encendida estaba apagada.
En fin, que respiramos Madrid ante la asfixia de quien no supo ver lucidez sin luz.
En cierto punto de la historia, reloj aún parado, la tarjeta de memoria se llenó. Justo cuando nuestros estómagos pedían atención a rugidos. Él tenía en su casa restos de masa de crepes domingueros. Yo, en la mía, cocina de gas que cumple su función ajena a la no electricidad.
Así fue como su masa y mi fuego convirtieron líquido en sólido. Añadimos un poco de Nutella, crema de cacahuetes… y un albariño, para que Álvaro probase por primera vez el vino que lleva su nombre. Éramos pandilla de apocalipsis, había mucho por lo que brindar, y lo hicimos alrededor de la radio.
Entre psicofonías, a Radio María le importaba que se celebrase el cónclave, a mi amiga Elvira, en León, le importaba su cumpleaños. A mí, a nosotros, solamente nos preocupaba que volviese la luz.
Y sucedió.
Justo cuando las cervezas empezaban a estar calientes…, aplausos en las calles, nuevas caras de vecinos nunca vistos en los balcones…, pero móviles, de nuevo, muchos móviles. Curiosamente, ninguno de los nuestros se encendió. Justo en el momento en el que parecía que esa historia, como todas las bonitas, tenía un final… nos negamos a que así fuera.
Salimos juntos de mi casa, dirección al parque del barrio y equipados con un juego de mesa que, regalo de un amigo hace tres cumpleaños, aún no me había parado a aprender a jugar.
Solo el frío de esa noche de luna cuarto menguante nos hizo parar de jugar.
Fue entonces cuando las velas habían vuelto a bajar en bolsa, ya nadie las necesitaba. Nosotros, sí. Acudimos al supermercado como acto subversivo, aprovechando la coyuntura mercantil y negándonos aún a impregnar interruptor alguno de huella dactilar.
Sonó entonces la guitarra de Max en la penumbra, hasta que los astros me recordaron que era tarde. Era hora de dormir o, más bien, de despertar.
Al día siguiente, desayuné los crepes que sobraron mientras digería todo esto. Lúcidos momentos de oscuridad.
La coda musical de la historia la puso el querer hacer algo con nuestros documentos gráficos. Con la excusa, Max y yo nos volvimos a ver. Fue entonces cuando, con las fundidas luces ya encendidas, mis palabras se fundieron en texto con sus fotografías y, aún confundidos, los que se fundieron esta vez no fueron los plomos, sino nuestros cuerpos.
De ese encuentro esta crónica.
¿Continuará?
Andrea Fergón
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