Barrio

En defensa propia

By 21 de junio de 2025septiembre 4th, 2025No Comments

En defensa propia, cuando estoy decaído, hago lo imposible por zarandearme y avivar mi fuerza interna. A menudo, a modo de terapia cotidiana, callejeo sin horario y con curiosidad por Lavapiés o por Cascorro, como si fuera un forastero que por primera vez pasara por aquí. Lo cierto es que deambulo por el barrio con el afán, al doblar una esquina o subiendo una cuesta, de ver a algún vecino que tampoco lleve prisa y ponernos a charlar. Si me encuentro con Jesús, sé que conversaremos sobre teatro o cine, incluso filosofaremos un poco. Si me tropiezo con Rosa, le diré que se la echa de menos desde que cerró su tienda de muebles, considerada el centro de reunión del Rastro, el mentidero oficial del reino. Y no duden de que, si coincido con Juan Antonio, hablaremos de nuestro Atleti y sus vaivenes o hasta de los geniales Faemino y Cansado. 

En defensa propia lloro igual que un crío enrabietado cuando me lo pide el instinto de supervivencia. No me reprimo, pues si lo hiciera reventaría por dentro y el recuerdo de los seres queridos que ya no están me dejaría noqueado. Me niego a atiborrarme de psicofármacos surtidos con los que camuflar el dolor que me causa tanta ausencia y, de paso, la frustración provocada por las malas decisiones tomadas a lo largo de mi vida. Si me siento flaquear, procuro rearmarme, desbaratar las emboscadas que me tiende la cabeza y tirar hacia delante con un mínimo de coherencia y decoro. Qué difícil es, pero lo intento y no cejo en el empeño. Se trata de no rendirse, limpiar de morralla la mente, darle un sentido a la existencia y, aunque el tiempo por desgracia no se estira como el chicle y voy envejeciendo sin remedio, saber que aún puedo revitalizar la autoestima y luchar por algo hermoso. Ojalá.

En defensa propia me sublevé, junto con otros vecinos peleones, contra el antisocial poder municipal que quiso echarnos de Embajadores, de nuestro barrio de siempre. Allá por el 2012, no lo olvido, unos politicastros muy crueles vinieron con sus compinches, los omnipotentes fondos de inversión, a expulsarnos sin miramientos en nombre de la “reordenación urbana”. El plan, tan maquiavélico como amoral, consistía en vender bloques de vivienda pública, ya que no eran productivos, y enviar a los inquilinos al extrarradio, donde no estorbáramos demasiado.

Nos extorsionaron, nos asediaron, buscaron embaucarnos recurriendo a artimañas de trileros, pero resistimos y les chafamos el negocio a quienes parecían invencibles. Sí, salimos victoriosos. Varios años después, aquí permanecemos porque aprendimos sobre la marcha que, si el vecindario se une todos a una, se organiza con inteligencia y repudia la sumisión, es duro de roer por más que el enemigo sea fuerte e intimidante. 

En defensa propia abrazo, como si fuesen mi tabla de salvación, a Nati, Julia, Jorge… Los atenazo y los aprieto contra mi pecho para no perderlos. En los amigos hallo un acicate impagable, aunque confieso un tanto avergonzado que, de un tiempo acá, me cuesta acercarme a ellos porque me he vuelto esquivo y temeroso. Tras la muerte de mi ser más amado, me rompí y tengo miedo al riesgo de vivir, a mostrar a los demás mi fragilidad, a sentirme pequeño y juzgado, a fallar a aquellos que más necesito y que me duela para siempre. Pero, cuando abrazo a mis amigos durante unos cuantos segundos, ahí no hay demonios disuasorios ni taras mentales que me frenen y reparo en que la vida merece mucho la pena, incluso yendo a contracorriente o acumulando heridas. 

En defensa propia me zafo de mis aprensiones y me pego las veces que hagan falta por mi tribu y por mi barrio, me revuelvo como un animal enfurecido contra la gentrificación, la pobreza o el abandono. El mundo es un lugar violento e irracional, pero no quiero estar en el lado de los pusilánimes, de los dóciles, de los que no se meten en líos y luego con cinismo lo llaman prudencia o precaución. Y les juro que, si me equivocara de orilla, entonces sí que me sentiría insignificante.

 

Alejandro Flórez-Estrada Vergara