Sin lugar a dudas vivimos en la edad dorada de la ciencia ficción, nunca antes se había prestado tanta atención a un género que hasta hace poco quedaba relegado a un espectro marginal de espectador. Gracias a los avances en CGI y efectos visuales, hoy pueden materializarse proyectos que hace unas décadas su simple puesta en escena se habría considerado imposible o financieramente inasumible. Estas dificultades técnicas unidas al estigma heredado de una literatura destinada al público juvenil derivaban, salvo en contadas ocasiones, en producciones de serie B, con presupuestos bajos y guiones lineales que explotaban clichés clásicos sobre la amenaza atómica, el invasor o el monstruo. Kubrick y Tarkovsky son los primeros en revocar su categoría como género menor, otorgándole la capacidad de profundizar reflexivamente en temas mayúsculos a la par de un drama shakesperiano o un wéstern de John Ford. Pese a ello, y después de medio siglo, la ciencia ficción no ha logrado codearse con la élite. Esa revolución de los VFX que pronosticaba una inevitable abundancia de obras cumbre ha quedado en poca cosa, aproximaciones al género de algún gran director y mucho fuego de artificio sin mayor trascendencia. Son ya un buen ramillete de films los que nos han vendido como salvadores o revitalizadores del sci–fi, el último: Proyecto Salvación, y no, de ninguna manera ha venido a salvar nada, todo lo contrario. Proyecto Salvación es una película mediocre con un plan de marketing brillante. Amazon, principal productora de la cinta, ha retrasado su estreno en la plataforma porque sigue sumando espectadores en las salas de cine, y lo que era una apuesta a medias entre la exhibición comercial y un incentivo para captar nuevas suscripciones se ha convertido en un éxito old-fashioned. Lleva recaudados más de 570 millones de dólares, siendo la tercera película más taquillera de este 2026, lo cual puede no ser tan sorprendente −Super Mario Galaxy está en el uno del ranking y no deja de ser un producto de consumo rápido−; lo verdaderamente increíble son los inmerecidos elogios que recibe casi por unanimidad de crítica y público. Y no ha sido porque Amazon haya comprado a todos los críticos del planeta o regalado gorras conmemorativas −de los 300 millones de presupuesto se han gastado alrededor de 100 en fines promocionales, cifra nada desorbitada; Interstellar gastó prácticamente lo mismo en promocionar la cinta que en producirla−, sino porque han diseñado una estrategia comercial muy efectiva. Un marketing multinivel, desde la colaboración con otras marcas y la organización de eventos potencialmente virales hasta la introducción de elementos de la trama en los debates de nicho en redes. Una de las campañas que mejor resultados ha obtenido son las premieres ofrecidas a influencers y crítica especializada. El enfoque Early Buzz es una estrategia de marketing focalizada en generar interacciones entre los usuarios sobre un producto antes de que esté disponible. Los líderes de opinión sirven de gancho a la hora de generar la expectación necesaria y el resto corre a cuenta del consumidor anónimo, que no solo compra un relato, sino que también lo hace propio, lo difunde y lo integra dentro de sus gustos y opiniones. Una vez instaurado, la reputación que se le otorga subsiste durante un periodo pese a la evidencia, instando a los amigos en los que más confías, y a ti mismo más adelante, a recomendar una película que en este caso no merece dos horas y media de nuestro tiempo.
Manuel Reñones
