Queridas amigas y amigos:
Mayo en Madrid no se pasea, se interpreta.
La ciudad se llena de música, de claveles, de verbenas, de terrazas que se alargan y de planes que nacen sin pensarse demasiado. Todo sucede fuera, a plena luz, como si Madrid entera estuviera en escena. Pero, mientras la ciudad improvisa, hay quienes no pueden hacerlo: los actores.
Porque mayo, para los actores, no es solo primavera. Es vértigo.
Y en medio de todo eso, Madrid celebra su Dos de Mayo.
Lo recordamos como historia, como épica, como algo que ya está escrito. Pero quizá habría que mirarlo de otra manera: como una escena.
Una ciudad que, de pronto, entra en acción.
Un grupo de cuerpos que decide no quedarse quieto.
Una tensión que crece hasta que alguien da el primer paso.
No es tan distinto de lo que hace un actor.
Porque actuar también es eso: decidir hacer. Salir de la pasividad. Tomar una posición delante de otros. Exponerse. Sostener algo sin saber del todo cómo va a terminar.
Es el mes en el que muchos personajes salen al mundo por primera vez. Donde todo lo que se ha ensayado durante meses se pone en pie… y deja de pertenecerles. Porque, en cuanto aparece el público, el personaje cambia. Respira distinto. Se equivoca. Se defiende.
No tiene ya el refugio del ensayo ni la distancia del proceso. Está ahí, delante, sosteniendo algo que todavía no está cerrado. Hay funciones que nacen torcidas y se enderezan en escena. Otras que parecen seguras y, de pronto, se rompen. Cada noche es una negociación con lo vivo.
Y eso, aunque no siempre lo veamos, es profundamente teatral.
Mientras fuera todo invita a la distracción, el actor hace exactamente lo contrario: se concentra. Mientras Madrid celebra, él se arriesga.
Porque actuar no es repetir. Es exponerse cada vez.
Es salir a escena sabiendo que no hay red, que no hay segunda toma, que no hay montaje que salve el momento. Solo cuerpo, voz y presente. Y un público que, sin saberlo del todo, forma parte de ese equilibrio frágil.
Quizá por eso el teatro en mayo tiene algo distinto.
No es solo un plan más entre muchos. Es un lugar donde la ciudad se recoge. Donde todo ese ruido exterior se convierte en otra cosa: en relato, en emoción, en conflicto. El actor observa lo que ocurre fuera, esas calles llenas, esas terrazas a rebosar, ese latido de Madrid, y lo devuelve transformado sobre un escenario.
Y ahí sucede algo único: nos vemos.
Porque el actor no está separado de la ciudad. La encarna. La filtra. La cuestiona. Y en este mes, más que nunca, trabaja con un material especialmente vivo: nosotros.
Así que no se trata de elegir entre la calle o el teatro. Se trata de entender que uno alimenta al otro.
Paseen. Salgan. Celébrenlo todo. Pero, en algún momento, entren en una sala. Siéntense. Miren a ese actor que está ahí, sosteniendo una historia que aún no está del todo escrita. Y quédense.
Porque en mayo, en Madrid, el teatro no compite con la vida.
Haciendo honor a mi apellido, ahí va mi BRAVO con mayúsculas para todos los actores que cada tarde se suben al escenario y se exponen de esa manera maravillosa, que nos trasladan a otro lugar, a otra época, a otros tiempos.
Y, por supuesto, BRAVO a ustedes, los lectores del periódico de nuestro barrio.
Nos leemos el mes que viene.
Esther Bravo
