Vecina del barrio desde siempre, premio Planeta y premio Nadal entre otros y ni terfa, ni facha, ni un pelo de tonta…
Llegamos a la cafetería de la calle Santa Isabel en la que nos había citado. No se nos escapa que esta entrevista va a generar cierta polémica en el barrio, y en el consejo no ha sido distinto. Además de polémica, el interés también es evidente y nos presentamos varios miembros del consejo, hasta el punto de generar cierta incomodidad en Lucía y pedirnos reducir el número de asistentes. Además de problemas de salud física, los ataques desalmados sufridos por Lucía Etxebarria también le han dejado otros efectos evidentes. Nada tiene que temer de la gente de este medio, estén o no de acuerdo con todo lo que dice y piensa, pero no es fácil confiar para quien ha sido acosada por organizaciones y grupos, y Lucía no nos conocía personalmente. Hace tiempo que nos interesaba esta entrevista y hace tiempo que nos sumamos a la denuncia pública contra la gente miserable que ha pasado del desacuerdo a la violencia y el maltrato. Lucía es puro barrio de Lavapiés, Lucía mostró un desacuerdo claro con la ley trans, como lo han hecho muchas de las feministas entrevistadas en este medio, y tampoco oculta que culpa al entorno de Podemos y otros espacios similares de esos ataques. Desde NHU no sabemos si es como dice, pero no tenemos la menor duda de que esos ataques han existido y sí tenemos constancia del castigo que ha sufrido desde las redes sociales. Tampoco nos sumamos a sus acusaciones con cifras, nombres y apellidos porque tampoco tenemos constancia ni hemos investigado el detalle. Hemos dado y seguiremos dando espacio a gentes del colectivo trans, y el espacio preferente que ha tenido en este medio el entorno de todas las expresiones políticas de la nueva y vieja izquierda sigue abierto absolutamente, pero aquí tiene esta vecina también su espacio de expresión libre. Lo decimos con toda claridad: no nos parece terfa, no nos parece facha y, desde luego, no tiene ni un pelo de tonta…
Reducimos a dos personas el número de entrevistadores y con Lucía nos sentamos los tres y conectamos las grabadoras. El resto de la gente nos espera en la barra sin problema.
P. Bueno, Lucía Etxebarria, aunque en tu caso no es necesario, siempre proponemos al entrevistado que se presente…
R. La gente no sabe que soy psicóloga y neuropsicóloga y especialista en neurociencia. Siempre dicen “escritora, escritora”. Bueno, yo hago más cosas. El máster lo he acabado y ya soy neuropsicóloga.
P. Yendo al grano, parece que has sido duramente atacada por algunos grupos organizados por cuestionar los efectos de la ley trans.
R. Mi experiencia en este barrio es que puede que hubiera un momento, cuando los de Podemos estaban en la calle Buenavista, en el que había mucha gente de Podemos y de Más Madrid en este barrio. Ahora quedan dos, y los tengo controlados. Pero en este barrio no queda gente de esos grupos ya. Creo que fue evidente cuando Irene Montero hizo el vídeo de “Lavapiés no es peligroso”, y ella vive en Galapagar, en un sitio hiperprotegido al lado de un parque natural. Pero mi experiencia es que hubo un momento en que este barrio sí estaba muy tomado y ahora se han ido. Queda gente, por supuesto, pero…
P. Tenemos muchos amigos en esa izquierda alternativa a los que no les ha gustado eso que tú dices en un medio de que Garibaldi es una taberna de pijos…
R. Vamos a ver: lo que ellos siguen es lo que se llama la hoja de ruta bolivariana, que es el populismo del siglo XXI, o lo que ellos llaman socialismo del siglo XXI. Es infiltrarse como un caballo de Troya dentro de la izquierda tradicional y lo que nosotros votamos como socialdemocracia, mientras que ellos lo que hacen es socialismo del siglo XXI. Eso es una amalgama rarísima que va fagocitando conceptos. Por ejemplo, se meten en el feminismo y, claro, es muy difícil explicarles a chicos jóvenes que el feminismo no tiene nada que ver con lo que ellos piensan que es, que el feminismo es un movimiento que viene desde la Ilustración y que, además, es más necesario que nunca en un momento ahora en el que en Afganistán… ¿A ti se te ocurre que en un país cogieran y dijeran “a todos los hombres les vamos a poner un trapo por encima, no van a poder salir a la calle, ni cantar, ni hablar en público, ni nada”? Esto es impensable. Pero, sin embargo, hay un país entero, Afganistán, en que la mujer no tiene ningún derecho. Su marido la puede golpear, no puede salir a la calle si no es cubierta, no puede cantar, no puede hablar en público, y una cabra en Afganistán vale más que una mujer; una cabra es más valiosa que una mujer. Matar a la cabra del vecino es un delito y matar a tu propia mujer por honor no lo es. Y esto es muy fuerte. Esto no pasa nunca con un hombre. En Irán, ¿a quiénes les dicen que se tapen? ¿A los hombres? En un momento en el que los derechos de las mujeres están retrocediendo a toda velocidad y que era más necesario que nunca el feminismo internacionalista, ellos metieron un caballo de Troya y cambiaron feminismo por otra palabra: transgenerismo, o feminismo interseccional. Metieron otro caballo de Troya en el ecologismo, que es la famosa Agenda 2030, que tampoco tiene nada que ver con el ecologismo. La izquierda de toda la vida, que yo sepa, era materialista. ¿Cómo va a ser izquierda que alguien diga “yo me levanto, me siento mujer y ya lo soy”? La izquierda no podía ser nacionalista. Lo explico en el libro: se canta La internacional por algo, no se canta “la nacional”.
Entonces, la cuestión es meterse en movimientos que tuvieran apoyo popular: el ecologismo, el feminismo… Los nacionalismos periféricos tienen un sentido, claro, pero una cosa es estar orgulloso de tu tierra, y otra es pedirle a un mozo de almacén que tenga el C1 de catalán. Yo lo tengo porque viví en Cataluña. ¿Y qué exige un C1? Exige también conocimiento literario. Esto se va infiltrando dentro de grupos y transforma: es un virus que destruye desde dentro. Entrevisté a un chico que había estado en el Helicoide, en Venezuela, y me decía: “Es que tenéis que ver eso: son movimientos que se meten dentro de la democracia y la destruyen por dentro”. Cuando la gente votaba al PSOE, la gran mayoría creía que estaba votando socialdemocracia, no una amalgama rara como la que están votando ahora. El PSOE, actualmente, no es socialdemócrata. Eso es así, ya está. Por tanto, la socialdemocracia en España no está representada.
P. Y cuando se intentaron, después del 15M, las experiencias municipalistas libertarias, las experiencias alternativas, tampoco se respetó la asamblea, ni la horizontalidad, ni la democracia de base, ¿no?
R. Bueno, porque ellos también hicieron exactamente eso. Eso funciona como un prion; por ejemplo, el ARN mensajero. Se mete dentro del virus, se infiltra y lo destruye desde dentro. Capitalizaron el movimiento 15M, se metieron dentro y se lo llevaron por delante. Pero también hay que decir que en el movimiento 15M había mucho descerebrado. Yo he estado sentada allí y, hombre, si dices algo en serio, te recomiendo que no lo hagas fumado hasta las cejas, por ejemplo. Eran movimientos espontáneos, pero… En sociología existe la ley de Merton, que es la ley de las consecuencias indeseadas. El 15M probó la ley de Merton muy claramente. Lo único que consiguió fue que subiera el PP y dejar entrar a esta gente que siempre he pensado que eran agentes; es decir, a estas alturas creo que estaban “subsidiados” por Irán, “subsidiados” por la Argentina kirchnerista, “subsidiados” por todo el grupo de Puebla. Cuando veo a Monedero, que tiene el par de huevos morenos de irse al Helicoide a hacer una conferencia por los derechos humanos, ya me lo ha dejado muy claro.
P. Se te nota la tensión y supongo que lo de “subsidiados” o “apoyados” es tu punto de vista y es un modo de hablar no literal.
R. Lo que es arriesgado es decir que eran agentes, pero he visto que ya hay más gente que ha dicho que eran agentes y nunca los han demandado. Entonces, puedes poner “en mi opinión”…
P. A mí me ofendió el concepto de “significante vacío”, significante vacío de significado. Eso es el populismo de Laclau. Es decir, que ellos no creen en el concepto de democracia, de libertad, de pueblo o cualquier otra aspiración; son solo relato manipulable…
R. Ellos solo creen en su propio dinero, esto lo tengo clarísimo. Para mí el caso más paradigmático, aparte de comprarse la supercasa de dos millones en Galapagar (pues yo no me creo que valga 600.000 euros viendo precios de viviendas similares en Idealista), ha sido hace poco una señora de la CUP que se llama Eulàlia Reguant. No sé si os habéis enterado: era del sindicato de inquilinos de allí, defendiendo la ocupación y contra los malvados grandes tenedores. Y se pone a trabajar en la inmobiliaria de su familia, que creo que tiene treinta y cinco pisos en Barcelona, entre otros activos, y un patrimonio que me parece que es de trece millones de euros. Tenemos a la sobrina de Méndez de Vigo; a Errejón, con su ático en Ópera; a Mónica García, con una casa en Camorritos como concesión directa franquista; a Irene Montero, con “mi padre era un honrado mozo de almacén” y resulta que, cuando hereda, descubrimos que él, su padre, poseía varios almacenes. Y, cuando ellos dos se compraron el piso y se vio la herencia, decías: “Entonces no venían de la clase trabajadora…”.
P. Sí, bueno, supongo que quieres decir que no vienen de una izquierda real, obrera. Desde luego, desde el periódico no sabemos si las cosas son como dices, pero se nota la tensión que te produce y se entiende que pretendes hablar de contradicciones en esa izquierda.
R. A ver, no tiene nada que ver con obrera. Son un submarino que se infiltra, que empiezan en Izquierda Unida. Además, fue increíble porque, cuando entraron en Izquierda Unida de asesores a seis mil euros al mes de entonces, que era mucho dinero, alguien muy importante de Izquierda Unida (no quiero decir el nombre) me avisó. Me dijo: “No sabéis lo que os va a caer, y ellos no lo quieren ver, no lo quieren ver”. Siempre hacen ese sistema de infiltrarse en un sitio y destruirlo desde dentro.
P. Cuando hemos entrevistado en nuestro periódico a Llamazares, por ejemplo, decía que tanto Pablo como Errejón trabajaron para él, pero lo de los seis mil euros me parece mucho dinero. Creo que está publicado. Más me parece que Llamazares decía que ellos en Izquierda Unida no pintaban demasiado.
R. Pues, si no pintaban nada, ¿por qué les pagaban seis mil euros al mes como asesores?
P. Bueno, yo eso no lo sé.
R. Luego echaron a Lidia Falcón por decir verdades, pues se ha demostrado que son eso: verdades. Es decir, ahora que el Comité Olímpico Internacional te dice que los hombres no pueden competir en competiciones de mujeres, da igual cómo se sientan. Ahora que te dice el Acta Pediátrica de Estados Unidos, que es la revista de pediatría más importante, que efectivamente todo el experimento de hormonación y mutilación de menores ha sido un despropósito; ahora que un asesino en serie como es el celador de Olot está en una cárcel femenina, y un violador y torturador como Jonathan Robayna también… ¿Ahora qué? Ahora que cinco años después se ve todo, ¿nadie le va a ir a pedir disculpas a Lidia Falcón?
P. La hemos entrevistado también. Y también hemos entrevistado a María Pazos, cofundadora de ATTAC, feminista a la que seguramente también llamarían terfa. Hemos entrevistado a gentes del feminismo clásico y hemos entrevistado a referentes trans.
R. A todas nos llamaban terfas porque era muy importante destruir el movimiento feminista, ya que era de los pocos que se movían sin subvención. Era un movimiento real y, por tanto, muy peligroso. Y ellos lo que hicieron fue sustituirlo por el suyo y crear una red clientelar. Es exactamente lo que hicieron. Pero es que aquí nadie se ha puesto en contra de ninguna trans. Yo me he puesto en contra de una ley que se ha demostrado que era una basura, y se están viendo las consecuencias de esta ley ahora; una ley que tenía ochenta páginas y nadie las leía. Es como la ley del “sí es sí”. ¡Anda que no se les advirtió por activa y por pasiva que esa ley iba a soltar violadores! Yo creo que, en realidad, querían eso, que se les había metido el antipunitivismo en la cabeza. Y la ley trans no tiene nada que ver con las personas trans. De hecho, a las mujeres transexuales les hacen una putada muy gorda porque antes podían recibir cuatrocientos euros al mes y ahora, como cualquiera es transexual, se acabó. Ellos eliminan la categoría transexual o transgénero y ponen trans. El título 1 de la ley es una locura. Además, no tienes modo de probar un fraude de ley, así que siempre te dirán: “Si ese señor que sale, que dice que es mujer, está haciendo un fraude de ley, pues denúncielo”. No se puede denunciar. Es una ley de ochenta páginas, en las que prácticamente cuarenta son para crear una red clientelar. Ese es el problema con las leyes estas que son tan largas: que son muy peligrosas. La ley de eutanasia, por ejemplo, no estaba pensada para casos como el de Noelia Castillo o Pere Puig. Era para enfermedades ya terminales, inmensamente dolorosas e incompatibles con la vida, y no para un trastorno límite de personalidad, o una depresión severa, que son curables. Puedes decir que Noelia se había quedado en silla de ruedas. Entonces, ¿a mi madre la teníamos que haber matado? Porque mi madre iba en silla de ruedas.
P. No se sabe lo que pasó en el momento final, que parece que hay que dar una posibilidad clara de que pueda cambiar de opinión. Y parece que no está muy claro lo que pasó en ese momento.
R. En teoría, una eutanasia es exclusivamente, y además eso lo dice en el articulado de la ley, para personas que tengan una enfermedad que vaya a ser terminal; o sea, que no haya manera de salvarla y que curse con muchísimo dolor. En el caso de Noelia, no había ninguna enfermedad terminal; tenía dolor neuropático. Yo también, y sé perfectamente lo que es. El dolor neuropático se trata con algo que se llama pregabalina, que para eso está. Y tenía un trastorno límite de personalidad, que es algo que se cura. No había por dónde pillar ese razonamiento. Entonces, ¿me quiero morir? Imagínate si a cada persona que llegaba a mi consulta, y me llegaba todo el mundo diciéndome “me quiero morir”, le hubiera dicho “sí, fantástico, venga, voy a llamar a…”. Me parece que ese es el problema de las leyes cuando no las lees bien: que te van metiendo bombas de profundidad.
Volviendo a lo trans, todo el mundo me conoce en este barrio. He tenido amigas transexuales toda la vida, ¡si este barrio estaba lleno de trans! No voy a decir dónde vivía, pero he tenido que ir cambiando de casa. Las señoras, las trans mayores de este barrio, me conocen de sobra y nunca he tenido ningún problema con ellas. Pero es que esa ley no tenía nada que ver con los transexuales. Nada.
P. Sobre eutanasia, me considero humanista y libertario, y creo que cada cual puede decidir sobre su vida, pero yo no soy el entrevistado. Me interesa mucho hablar del barrio, porque el periódico se reparte aquí, en el barrio. No puedo hablar en nombre del barrio ni decir que este periódico es la voz del barrio, porque eso es mucho decir; ni el Teatro del Barrio es el teatro del barrio, aunque sea un espacio muy reconocido. Es decir, el barrio es mucho barrio, ¿no? Pero aquí no he percibido ninguna hostilidad hacia Lucía Etxebarria. En mi percepción, como te digo, no creo que tengas al barrio en contra, ni mucho menos. He percibido mucho cariño, mucho afecto y mucho respeto.
R. Sufrí muchas agresiones y creía que eran espontáneas. Cuando finalmente hubo un juicio, encontramos a dos personas que habían organizado una campaña, pero solo pudimos coger a dos porque la policía solo pudo identificar a dos de estas personas. Y en el juicio, lo cuento en el libro, llega un momento en que a la policía le pregunta la jueza: “Pero ¿estas personas qué le estaban haciendo?”. Y dicen: “Un seguimiento”. De las cuatro veces que a mí me agredieron, dos creo que fueron agresiones espontáneas de gente a la que le habían azuzado, pero dos para mí eran performativas y eran para asustarme. Y, claro, empecé a tener pánico. Yo no bajaba a Argumosa porque tenía muchísimo miedo. Y sí que hubo una vez que me echaron de un bar a gritos, a mí y a mis amigas, diciéndonos terfas. Luego me llamó el dueño del bar pidiendo disculpas y que, por favor, no mencionáramos el nombre del bar. Y sí que es cierto que, a través de redes, movían campañas de odio.
P. Aquí, en el barrio, cuando hemos preguntado, tu imagen es impecable.
R. Pero porque en este barrio me conocen. Vivo en este barrio desde hace veinticinco años. La gente que es de este barrio de verdad, que cada vez hay menos porque se están yendo, me tiene más vista que el tebeo. Cuando me ha agredido gente, era gente que no era de este barrio, excepto en un caso −como lo cuento en el libro me da igual−, que era la camella de un bar, una persona con un problema mental a la que era muy fácil azuzarla a hacer cosas. Yo subía por el metro tan feliz y la tía se me pone delante; bueno, tía o tío, da igual. Esta persona, que no es transexual siquiera, se me pone delante y empieza a pegar berridos. Yo ahora no salgo casi, pero cuando salía ya sabía el tipo de sustancias que movía esta persona. Y empieza a gritar desaforada. A mí lo que me sentó mal es que nadie se atrevió a defenderme. Pero, en general, estoy aquí bien.
P. Y fuera del barrio, ¿todo el mundo sabe quién es Lucía Etxebarria?
R. No siempre, y te aseguro que cojo el metro todos los días.
P. Lo que sí he detectado es que hablan de ti más por anécdotas, o sea, que no es tanto un conocimiento…
R. Mira, un día vi a Luz Sánchez-Mellado, de El País, diciendo que ella nunca cogía el metro, que siempre iba en taxi, porque no se iba a dignar a hacer eso. Y dije: “Joder, qué bien deben de pagar en El País. Ojalá yo me lo pudiera permitir”. Pero no tengo coche, así que cojo el metro prácticamente para todo y voy andando a todos lados. Si vienes por aquí, me has visto con las perras, con mis dos perritas. No, mucha gente no sabe quién soy. Ahora, fíjate, saben que he salido en Torrente y me ven en Horizonte, pero muchos no saben quién soy. Antes, hace años, cuando en la tele solo había dos canales, todo el mundo sabía quién era José María Íñigo, por ejemplo. Pero ahora… Yo sé muchas cosas de gente joven porque tengo una hija joven, y ayer estaba mirando la tele y dije: “Mira, Sabrina Carpenter”. Y el de al lado preguntó: “¿Y quién es Sabrina Carpenter?”. Y yo sí tengo acceso, pero en general ese es un ejemplo. Sabrina Carpenter para un niño de dieciséis años ahora mismo es Dios, y lo sé por mi hija. Ese niño de dieciséis años sabe quién es Sabrina Carpenter, pero yo, lógicamente, le importo un comino, lo cual me parece normal y natural. Puedo acceder a más nichos de información por vivir con una chica joven, pero lo normal es que alguien joven no tenga por qué saber quién soy yo, y me parece natural y sano.
P. No creo mucho en los premios, pero si cuando hemos entrevistado a Javier Sierra hemos dicho que era premio Planeta y cuando hemos entrevistado a Uclés hemos dicho que era premio Nadal, de ti habría que decir que eres premio Nadal y premio Planeta, ¿no?
R. Y Primavera, y uno que tiene más mérito, que era un premio italiano.
P. De poesía, ¿no?
R. No, de novela. Cuando llegó toda la cancelación, me pilló estudiando Psicología y estuve cuatro años canceladísima; de hecho, tenía muy difícil publicar. Fue entonces cuando estudié Psicología e hice un libro que creo que es probable que con el tiempo, cuando me muera, sea un libro más importante que cualquier otro: el de la escritura que cura.
P. Sí, creí que ese era tu último libro. Cuando he visto este libro, me sorprendí.
R. Yo no me veo a mí misma exclusivamente como escritora, aunque sea lo que más he hecho. He hecho muchas otras cosas en la vida, y no creo que haber sido premio Nadal o Planeta me defina exclusivamente. Tengo sesenta años y una vida muy amplia.
P. Pero intelectualmente brillante, sí, aunque a ti no te resulte cómodo.
R. Sí, sí, yo sé que soy intelectualmente brillante. A ver, es un tema del que nunca quiero hablar, pero tener altas capacidades no es lo mismo que superdotación. Son cosas completamente distintas desde la neuropsicología. Tener una inteligencia abstracta muy alta te crea muchos problemas en el día a día. Tú piensas de una manera completamente diferente al resto de la población. La gente entiende por inteligencia tener éxito, y eso no es verdad. De hecho, alguien muy superdotado no es una persona exitosa casi nunca. Es decir, un Elon Musk sí, pero un Elon Musk es más raro que un perro verde. Yo me acuerdo, leyendo la biografía de Elon Musk, de que era un señor insoportable y todas sus ex decían: «Bueno, es muy raro, pero es un genio». Claro, es muy raro y es un señor que, obviamente, con sus mujeres tiene problemas porque vive en otro mundo.
Entonces, siendo mujer y con una inteligencia de hoy en día distinta, no superior o inferior, pero distinta, una forma de pensar completamente distinta, te tienes que pasar medio vida ocultándolo. Mira, yo creo que eso lo hace Ayuso, pues siempre he pensado que Ayuso es listísima, pero se esfuerza en suavizarlo para no recibir ataques. O Meloni, claramente. Meloni fue ahí como una hormiguita hasta que llegó. Y sí, cuando salió a la luz que no solo yo era superdotada, sino que también lo era mi hija y media familia, los insultos que recibí fueron brutales. Hay mucho estigma. Y no digamos ya cuando la gente es bipolar o con cualquier neurodivergencia. El autismo no es lo que la gente entiende por autismo. A un autista de alto rendimiento tú le verás como a un excéntrico, pero eso es todo: un bipolar al que le ponen un estigma brutal, cuando un bipolar bien tratado es una persona completamente normal. Cualquier persona con cualquier neurodivergencia se enfrenta a un rechazo muy grande. A la sociedad no le gusta que seas diferente. No lo entienden y lo rechazan.
P. Pones de ejemplo a Meloni y a Ayuso, y después te quejarás de que digan… Pero, volviendo al barrio, porque se nos pasa el tiempo, ¿te has quedado dolida con el barrio?
R. No, en absoluto.
P. ¿Te sientes cómoda?
R. Mira, por ejemplo, este barrio tiene una tradición muy bonita: las fiestas de San Cayetano y las de la Paloma. Llevo en este barrio viviendo treinta y cinco años.
P. ¿Treinta y cinco años llevas en este barrio?
R. Sí, lo que pasa es que he ido moviéndome de sitio, claro. Pero sí, más o menos treinta y cinco años. Conozco bien este barrio y he visto esta percepción de los años ochenta y noventa: yonquis, yonquis, peligro, peligro. De repente, a partir del año 2000, estuvo bien y fue el momento glorioso de Argumosa. Se empezó a gentrificar, qué moderno todo, y últimamente ha vuelto a ser muy peligroso. Por ejemplo, la calle Buenavista, de noche, yo no la cruzo. Es una pena porque el parque del Casino, que es precioso de noche, da mucho miedo; se ha vuelto a deteriorar. Pero este barrio tiene las Fiestas de San Cayetano y las Fiestas de la Paloma. La iglesia de San Lorenzo es una pasada, todas las iglesias de este barrio son una pasada. Y hay un tejido de toda la vida muy interesante que daría mucha pena que se perdiera, porque cada vez veo que hay más personas mayores que venden la casa y se van. Esto es muy triste. Y, claro, verlo mutar tan rápido da mucho miedo, y no tengo la solución, pero veo lo que pasa. Es un barrio de los más antiguos de Madrid y se llama Lavapiés porque había unas corrientes de aguas subterráneas. Y fuentes. Es un barrio que tiene tesoros, pues las corralas son tesoros, arquitectónicamente. Sí, son tesoros, son patrimonio europeo. Es un barrio que tiene unas iglesias increíbles. Te puede gustar o no la Iglesia católica, pero tenemos la iglesia de San Cayetano, la de San Nicolás, la de San Sebastián, la de San Lorenzo. Es un barrio que tiene magia, y lo digo sin ironía. No es magia literaria, pero tiene un tipo de energía especial, no se sabe si por las varias iglesias que hay, si por la corriente subterránea de agua… Todo el mundo que está metido en el misticismo te mete ese rollo y, además, sabe que aquí siempre ha habido una tradición de cigarreras. Y la verbena de la Paloma pasa aquí. Sería muy triste, en mi opinión, que unos de los barrios más importantes de Madrid se acabe asociando a drogas y a problemas.
P. Joder, pues si lo quieres tanto, dinos que no te vas a ir a vivir a Carabanchel.
R. ¿Por qué creías que me iba a vivir a Carabanchel?
P. Porque lo has dicho en alguna entrevista.
R. Bueno, en algún momento me planteé Carabanchel porque era muy barato [risas]. Aquí uno de los problemas es que, encima de que es un barrio peligroso, te suben los precios. Es una cosa mala, es un delirio, pero no creo que me vaya. Eso sí, me da mucha pena el deterioro. Por ejemplo, está muy muy sucio, como no estuvo nunca, sobre todo la parte de abajo. Vuelve a tener un nivel de peligrosidad que no habíamos visto desde los años ochenta, porque los ochenta sí que los he vivido aquí y era muy fuerte. Me gustaría pensar que pude resistir, la verdad. Y repito que creo que es de los barrios más antiguos, que tiene una tradición, que tiene algo muy especial, y nunca me he sentido mal en este barrio; no me han hecho nada malo. Y, cuando me pegaban, en realidad era gente que no vive en este barrio. No se han quedado Iglesias y Montero, que viven en su megamansión; Errejón ahora está en Somosaguas; Monedero ni se sabe. Toda esta gente no era de este barrio: venía y se iba. Y a mí me da pena porque veo que el barrio se está degradando muy rápido y perdiendo muchas señas de identidad que se deberían recuperar. Me hace mucha ilusión cuando está la Paloma y San Cayetano, y que sigan yendo las señoras y los señores con el chotis.
Mira, lo que más ilusión me hizo fue ver a varios chinos que traían a las niñas vestidas para la ocasión. O sea, la tradición continúa, aunque se haya mezclado. Y sí que tiene un carácter el barrio, pues la gente de Lavapiés tiene un carácter muy particular. El otro día se lo estaba contando a una amiga alemana. Le decía que, cuando ves la verbena de la Paloma, ves en ella una ópera contemporánea. Aida acaba fatal, Madame Butterfly se suicida, la Dama de las Camelias se muere. ¡Se mueren todas! Tú ves a las dos señoras de la verbena de la Paloma y son dos que se van con un señor para que les pague limonadas [risas] porque ellas no tienen dinero. Se van de marcha a una verbena y, cuando viene el novio, le dice: “No te permito que te vayas con este”. La otra le dice: “Pero ¿de qué? ¡Yo hago lo que quiero!”. Y ves el tipo de gente que se describe en esa zarzuela, y es modernísimo, pero modernísimo. Es un carácter que tenían las mujeres de aquí porque trabajaban en la Tabacalera y tenían dinero toda la vida. O eran costureras. Era un carácter de “me puedo permitir decirle a este chico que me voy adonde me dé la gana porque cobro dinero”.
P. Se nos va a ir de extensión y es muy agradable escucharte. Pero, para cerrar, yo me voy a comprar tu libro. Espero que me convenza. Pero, bueno, explícale a quien no sepa por qué tiene que comprárselo.
R. Porque tú habrás visto muchas cosas, pero no un análisis desde la psicología social, ya que están usando estrategias de psicología social para manipularte. Porque es la primera vez que pueden manipular a una generación con todo el alcance de las redes sociales. Y porque, como pensaba que era muy necesario, me he esforzado mucho en que sea muy fácil de leer y divertido. Ya está.
P. Vale, se puede comprar en cualquier sitio, ¿verdad? Perfecto, pues con esto cerramos.
R. Muy bien.
Podríamos seguir mucho más y, de hecho, después seguimos hablando tranquilamente en la barra del bar. No compartimos lo que dice Lucía sobre todo de algunos de los referentes de Podemos, de Sumar y de Más Madrid, pero tiene todo el derecho a criticarlos porque muchos de ellos también se han mostrado muy hostiles con ella. Sí compartimos que la caída en picado del apoyo electoral a una nueva izquierda que llegó a ilusionar merece análisis y autocrítica. Vamos a leer el libro que ha publicado sabiendo de antemano que estará cargado de intención, pero esta mujer no es ninguna ingenua y desde luego argumenta con criterio. Se puede responder a Lucía Etxebarria y, además, con la misma carga que ella emplea, pero el acoso organizado es algo ilícito. Tampoco creemos que en el barrio queden dos o tres políticos “alternativos”, pero el pulso político de Lavapiés no es el que llegó a ser. Esta es la entrevista, a nosotros estas opiniones no nos asustan y tampoco vamos a silenciarlas. Una vez más ha quedado muy larga, pero no nos gusta recortar nada…
