Lavapiés
Como vecino del barrio me gusta mucho pasear por las calles de Lavapiés. Trato de mirar de forma diferente, observar a la gente y jugar a adivinar qué pueden estar pensando. Miro sus caras con disimulo y fantaseo con sus vidas, orígenes, luchas, pero sobre todo me gusta adentrarme en las personas más mayores, porque estas son el origen del barrio. Esos que los domingos madrugaban para comprar porras y churros para el desayuno en la vieja churrería, los que compraban la mortadela en la charcutería de Fidel, que se sabía el nombre de todos sus clientes, y también María, la que te limpiaba los boquerones y te preguntaba: “¿Los arreglo como le gustan al abuelo?”. También estaba Ramona, la que te hacía bocadillos de gallinejas y entresijos cinco estrellas Michelín envueltos en papel de periódico. ¡Quién no se acuerda del bar de Isidro, donde tarde sí y otra también los hombres alternaban con vino regular y mataban el tiempo con las damas y el mus!
Me gusta recrearme en sus edificios y su constante degradación en muchísimos de ellos, como la que sufren a diario muchos de sus vecinos, la gran mayoría vulnerables y con recursos limitados, y que encontraron en este barrio un lugar donde vivir y sobrevivir. Echo de menos espacios verdes, pero al mismo tiempo sé que esto es imposible: la estructura de Lavapiés es la que es y el parque del Casino de la Reina, único lugar por donde entra algo de luz y ves alguna hoja verde, está totalmente abandonado de la mano de Dios.
Cuando pienso en todo esto, muchas veces entro en un delirio interno y me retuerzo. Esos mayores que en su día fueron la fuerza y el desarrollo de este barrio hoy, producto de la edad, solo pueden chillar en silencio, con dolor en las rodillas, pasos lentos, visión borrosa y libros sin escribir llenos de historias de verdad.
¿Dónde está la cantera de esos padres y abuelos? ¿Dónde quedó el espíritu de lucha que nos inculcaron en la escuela de la vida de patios y corralas vecinales, de portales y descansillos, de calles y plazas?
Hoy los fondos buitre revolotean por esos edificios donde antes anidaban familias trabajadoras. La EMV te escanea hasta los higadillos tratando de encontrar un motivo real o inventado para echarte de tu casa. La charcutería de Isidro hoy es un local de Tecnocasa, la pescadería de María sucumbió ante el impacto del Lidl, el templo de las gallinejas se ha convertido en un gastrobar y la universidad del mus ahora es el lugar de encuentro de teléfonos móviles en manos de personas sin vida propia.
Es cierto, la vida avanza y el tejido vecinal se modifica: lo que antes eran corrillos ahora son chats, los patios se adornan con plantas exóticas, no ves gatos callejeros y los perros de compañía no pesan más de tres kilos en su mayoría. Paseando por el barrio, si miras con ojos reivindicativos, la vista te alcanza para ver alguna bandera Palestina y LGTBI. El Sindicato de Inquilinas todavía es una fuerza menor.
Siempre queda algún ser de luz, anónimo, que intenta ayudar de forma activa, y sobre todo desinteresada, a algunas de las muchas familias a las que se intenta poner en la calle por el artículo 345/62-2026.
Lavapiés languidece en vida, pero muchas cosas se pueden remediar. Este medio de comunicación te da la posibilidad mes a mes de ponerte voz, y cumpliendo tres reglas básicas puedes expresarte libremente acerca de todo aquello que observas y vives todos los días por las calles de Lavapiés. Tu fotografía visual es la realidad de tu barrio.
Federico Gutierrez
