Cuando era una estudiante joven, tenía la cabeza llena de ilusiones. Solía asumir que el mundo tenía esas mismas entelequias entre sus tejemanejes, más aún al ofrecer sus grados universitarios como Ciencias Políticas, Sociología, Periodismo… Pensé: “Mira, no serán solo sueños míos”. No tardé en asumir que era mi momento de gloria. Las decepciones siempre llegan y, aunque a veces suene mejor lo contrario, mejor antes que tarde.
Nunca mostré mucho interés por el anarquismo, me parecía demasiado utópico y lleno de contradicciones; pero, como hay sindicatos con ese corte ideológico, me dio por probar, a ver qué “prácticas universitarias” tienen. Pero, antes de nada, hay que tener clara la esencia de una ideología como esta. El anarquismo se caracteriza por señalar que lo más importante es la libertad individual y que la autoridad siempre es mala y perniciosa. Y si, además, hay que apuntar a alguien con el dedo, que sea al Estado. Por lógica, es entonces deleznable la existencia de una jerarquía y, desde luego, que existan corporaciones económicas e instituciones. Entonces, ¿cómo tiene que funcionar la sociedad? Solo mediante organización voluntaria y cooperativa. Sin embargo, Pierre-Joseph Proudhon dijo que la fuerza motriz de la sociedad era el trabajo, al ser también el motor de la liberación de los individuos y, por tanto, de las sociedades. Asimismo, consideraba que la propiedad es un robo cuando no procede del trabajo, mientras que la propiedad generada por el trabajo garantiza la independencia del trabajador. Y decía que todo derecho cedido es un derecho perdido. Para empezar, habría que ver si se trata de la libertad entendida como aquello que se puede hacer porque se tiene la capacidad o la libertad relacionada con aquello que no se te puede imponer y, por tanto, se protege de su no intervención.
Partiendo de lo mencionado, pensé: “Un sindicato, ¡cómo no va a defender mis derechos si para eso existen!”. Como siempre, una cosa es lo que crees de antemano, y luego el funcionamiento real. Me comunicaron rápidamente que, como eran cuatro gatos, no había hueco para que alguien estuviera en prácticas. Pero me dijeron: “Oye, hay una gran oportunidad en esta fundación, donde puedes explorar todo lo relacionado con el movimiento”. Hablé de la posibilidad de prácticas con la fundación y, cómo no, defendieron su postura de no prácticas universitarias señalando que estaban en contra del abuso universitario y que ellos funcionaban con lo que son colaboraciones. O sea, lo que siempre ha sido, voluntariado, pero dicho menos zarrapastroso.
Existían diversas y estupendas opciones, entre ellas, digitalizar documentos antiguos. Otra opción que tal vez podía ser de mayor interés era hacer reseñas de unos libros; es decir, sobre panfletos propagandísticos. Se pensará “¿para qué te metes ahí?”, pues quizás habría una gran diferencia si justamente hubiera alguna forma de certificar mi labor. Pero, si lo hacían, se vuelve validez autoritaria, de institución, así que un anarquista te dirá: “No, no, esto que haces por nuestra página web te ofrece emancipación personal y hace funcionar a la sociedad, y nosotros no queremos ser ningún tipo de autoridad”. Evidentemente, eran libros que querían venderse y, si es a raudales, mejor que mejor. Me llamó la atención todo el intento de persuasión sobre lo edificante que era hacer esas reseñas, lo mucho que aportaría a nivel personal y sus terribles maravillas, además de poder codearme con personal altamente cualificado que estaba en archivística (jóvenes que ellos mismos señalaron que igual tan cualificados no eran), y cómo cambió la cosa cuando di a entender que, quizás, había leído alguna que otra ideología aparte del anarquismo. De otras doctrinas, lo das más por hecho, pero una que dice importarle más el amor libre y la voluntad personal cuesta un poco encajarlo. Si no te engañan, ya te autoengañas. Los del sindicato, dime algo que no supieran.
Carlota Magdaleno Ruiz
