Opinión

Cómo descubrí el 8 de marzo

By 8 de marzo de 2026No Comments
Cómo descubrí el 8 de marzo

Cuando era niño, no quería que la crudeza de la realidad me pillara de sorpresa. Por eso me obstinaba en jugar a ser detective y prestar atención a todo aquello que a mi intuición no le cuadrase; por ejemplo, el papel que desempeñaban las mujeres en la sociedad y el poco valor que se le daba. Y no hablo solo de la labor a la que la inmensa mayoría de ellas estaban abocadas por decreto, como era entregarse en cuerpo y alma a las tareas del hogar y la crianza de los hijos, sino de otras actividades, ajenas al ámbito doméstico, en las que sobresalían, pero con las que no lograban el reconocimiento que merecían. Había algo ahí que me chirriaba, por lo que me propuse saber las razones de semejante agravio y me apresuré a indagar sobre ello.
Lo cierto es que de niños, gracias a la curiosidad, nos divierte creernos Sherlock Holmes, preguntar por todo, exigir respuestas convincentes e ir descubriendo de qué va la vida, la cual se abre ante nuestros ojos para que la aprovechemos sin demora. Al principio no entendemos de miserias humanas, pero aguzamos al máximo los sentidos recién estrenados, aplicamos el oído a relatos de sucesos que todavía no alcanzamos a asimilar, expandimos la mirada para abarcar el universo ilimitado que empezamos a conocer y buscamos en los actos de los adultos una contradicción que nos genere desconfianza y nos sirva de excusa para seguir curioseando. Como si fuese un juego basado en el instinto, aprendemos a crear nuestra propia escala de valores para intentar discernir lo justo de lo injusto y, de paso, detectar las incoherencias de los mayores y la perversidad de las reglas que nos obligan a obedecer.
Y fue escuchando y observando como llegué a la conclusión, aunque la palabra conclusión abultara más que yo, de que a las mujeres se las podía subestimar sin disimulo al ser una injusticia tolerada por la sociedad. Volcado en mi faceta de indagador, reparé en que su opinión no era tenida en cuenta entre quienes hacían y deshacían las normas, y deduje que les faltaban oportunidades para prosperar en la vida. En cuanto a los hombres, tampoco me parecía envidiable su papel porque veía a mi sacrificado padre salir de lunes a viernes a la jungla del mundo, a currar en un empleo que aborrecía, y adiviné que el rol de macho dominante −rol promocionado por una dictadura que acababa de morir en la cama−, de tipo duro e inconmovible incapaz de mostrar ternura, no casaba con su talante y hasta le repugnaba aceptar ese “privilegio”.
Y llegaba el 8 de marzo de aquellos años de mi infancia y recuerdo que en mi casa de Lavapiés, donde me enseñaron a apreciar las causas más nobles, se hablaba de heroínas que desafiaban al sistema e impulsaban la derogación de leyes arcaicas y aberrantes que pisoteaban la dignidad de las mujeres; de señoras indomables que sacudían conciencias, que recalcaban que el feminismo no debía prescindir de los hombres y que anunciaban, sin postureos y con agallas de verdad, la emancipación femenina y el inicio del fin de la discriminación. Y todo en un país aún muy atrasado que venía de un régimen dictatorial casi eterno, una tiranía aniquiladora de ideales, esperanzas, derechos y libertades. Se comenzaba, pues, a respirar otro aire y considerar indispensables la justicia social y la igualdad entre mujeres y hombres.
En efecto, fue en casa, en esos 8 de marzo que espolearon mi sagacidad de niño detective, donde unos seres maravillosos que vivían conmigo me hicieron el favor de ilustrarme sobre, por ejemplo, la jurista María Telo y su lucha sin cuartel para que hubiera un código civil reformado que no vejara a la mujer. Y con el diccionario de otra María, de apellido Moliner, sin duda la mejor obra lexicográfica jamás escrita, pasábamos la tarde buscando palabras cuyos significados me ayudaran a imaginar un mundo diferente. Además, surgían los nombres de Emilia Pardo Bazán, Federica Montseny, Clara Campoamor, Carmen de Burgos, Concepción Arenal, Maruja Mallo, Lidia Falcón… Y, de pronto, me percaté de la suerte que tenía por haber descubierto de esa manera tan especial el 8 de marzo.

Alejandro Flórez-Estrada Vergara