Cultura

Pongamos que hablo… de teatro … y del aplauso

By 7 de marzo de 2026No Comments

Queridos amigos y amigas, espero que estén muy bien pese a este frío y a estas inclemencias invernales que estamos viviendo.
En esta ocasión me gustaría homenajear y reconocer algo tan simple que solemos hacer a menudo y que no reparamos en ello: el aplauso.
Si el silencio es el latido invisible del teatro, el aplauso es su estallido.
Ese momento extraño en el que dejamos de contener el aire y, de pronto, lo convertimos en ruido compartido.
El aplauso no es solo ruido. Es un código. Un idioma antiquísimo. Una forma de decir “estoy aquí” sin palabras.
He visto muchos tipos de aplausos: el aplauso agradecido, el aplauso educado, el aplauso tímido de martes, el aplauso que arranca con fuerza desde la fila ocho y arrastra al resto como una ola. Ese espectador valiente, que empieza a aplaudir cuando aún no sabemos si la función ha terminado del todo. Y durante un segundo el teatro entero duda: ¿ha acabado?, ¿continúa?, ¿debemos seguir dentro de la ficción o salir ya de ella?
Ese aplauso adelantado a veces significa que el público no quiere que termine. Que necesita romper la tensión porque lo que ha visto le ha desbordado. Otras veces ocurre lo contrario: la sala se queda tan suspendida, tan tocada por el final, que nadie sabe cómo reaccionar. Y entonces alguien inicia el aplauso casi como un acto de rescate, para devolvernos al mundo.
Pero el aplauso no nació en el teatro.
Aplaudimos cuando alguien cumple años. Aplaudimos después del “cumpleaños feliz”, como si ese gesto sellara el deseo. Aplaudimos en una presentación, en un colegio, en una graduación. Aplaudimos para animar a los más pequeños. Y lo curioso es que uno de los primeros gestos que aprende un niño es precisamente ese: juntar las manos y golpearlas. Antes incluso de saber decir “bravo”, ya saben aplaudir.
Quizá ahí deberíamos empezar a llevarlos al teatro. En ese gesto primitivo de reconocimiento.
Porque el aplauso no es solo alegría. Es gratitud. Es un “qué bien lo has hecho”. Es reconocimiento. Es decirle a otro: “Te he visto, has estado ahí, ha valido la pena”.
Si estuviéramos aplaudiendo todo el rato, el aplauso perdería su sentido. O tal vez se convertiría en otra cosa: en instrumento. En ritmo. En música. Como las palmas en el flamenco, que no celebran: sostienen, acompañan, dialogan con el cuerpo que baila.
En el teatro el aplauso no sostiene la escena, pero la cierra. La enmarca. La devuelve a la realidad con una forma sonora de abrazo colectivo.
Por eso me sigue fascinando ese segundo previo en el que no sabemos qué va a pasar. Ese instante en el que la sala entera decide, casi sin hablarlo, si lo que ha vivido merece convertirse en ese gesto antiguo y humano.
Aplaudir es exponerse. Es tomar partido. Es salir del anonimato del patio de butacas.
Y quizá por eso sigo pensando que el teatro empieza mucho antes de que se levante el telón. Empieza cuando un niño, en cualquier patio de Lavapiés, junta las manos por primera vez para celebrar algo. Empieza cuando aprendemos que reconocer al otro importa. Que celebrar lo que alguien hace delante de nosotros nos hace también un poco mejores.
Tal vez el aplauso sea eso: la forma más sencilla que tenemos de decir “gracias por estar”.
Y ojalá nunca dejemos de enseñarlo. Nos leemos el mes que viene y este, mi aplauso, va por ustedes.

Esther Bravo