Cultura

Ian Gibson, memoria viva de Lavapiés

By 7 de marzo de 2026No Comments
Carlos Sánchez Tárrago. Ian Gibson, memoria viva de Lavapiés copia

El gran hispanista irlandés encontró en Lavapiés su barrio. Hoy su obra y su presencia forman parte de la memoria viva de estas calles.

En Lavapiés hay vecinos que pasan y vecinos que se quedan. Entre estos últimos está Ian Gibson (Dublín, 1939), hispanista, biógrafo de Lorca, Dalí, Machado o Buñuel, que llegó a España persiguiendo poesía y terminó encontrando un barrio… y unos vecinos que también escribimos sobre la memoria de sus calles. Hace años, este mismo periódico le dedicó su portada en el n.º 43, de marzo de 2017: Gibson posaba en la plaza, medio en broma, pidiendo al fotógrafo “Hazme simpático si puedes”. Bastaba escucharlo cinco minutos para saber que no hacía falta ningún esfuerzo: Gibson tiene la cercanía de quien conversa sin máscara y la curiosidad intacta de quien sigue aprendiendo.

Su historia con España empezó en 1965-66, cuando, siendo un joven profesor, pidió un año sabático para ir a Granada y preparar una tesis sobre Federico García Lorca. Investigando la matanza y las circunstancias de su muerte comprendió una mañana que la tesis podía esperar: había una verdad histórica que rescatar. Sin digitalizaciones ni fotocopias, anotando a lápiz entre cajas de papeles, escuchando relatos orales, contradictorios, a veces inventados, Gibson aprendió que la memoria exige paciencia, oído y valentía. Aquella búsqueda marcaría su vida entera.

Décadas después, ese investigador incansable camina por Lavapiés como un vecino más. Compra pan, saluda a medio mundo, se acerca a la Biblioteca Nacional, anota fechas en su libreta, charla de literatura en los cafés. Dice que “Lavapiés es el mejor pueblo de España, porque está en Madrid”, y lo compara con un Montmartre castizo: cuestas fabulosas, vidas cruzadas, conversación espontánea. Aquí vive desde hace años, entre acentos y destinos mezclados. 

Su autobiografía, Un carmen en Granada, ayuda a entender esa pertenencia. Tras décadas contando vidas ajenas, se atrevió con la suya: una infancia metodista, rígida, marcada por el pudor religioso. “Todos somos, de adultos, víctimas de nuestra infancia”, escribe. Esa sensibilidad explica su empatía con Lorca y su manera de mirar España: sin solemnidad, con humor y rigor. Confiesa su necesidad de admiración, su vergüenza, su rubor. Y esa honestidad, incómoda y luminosa, hace que cualquiera sienta que habla con alguien de casa.

En una conversación de desayuno puede saltar de Valle-Inclán y Luces de bohemia que ha visto varias veces esta temporada— a Joyce, a Saramago, a Galicia y su “Celtilandia”, a Portugal o a sus años en Arturo Soria y en un pueblo granadino. Siempre con la libreta en el bolsillo.  Porque Gibson no separa la vida intelectual de la cotidiana: ambas se mezclan como en Lavapiés se mezclan idiomas, edades y procedencias.

Que siga aquí, escribiendo, envejeciendo sin esconderlo, conversando en las esquinas, es un lujo civil. Su presencia recuerda que la cultura también es un acto de vecindad. Que un gran biógrafo puede ser, antes que nada, un vecino. Que la memoria vive en los libros, sí, pero también en las charlas de café.

Lavapiés haría bien en reconocerlo en vida, no por protocolo, sino por gratitud. Porque su obra ha enriquecido la memoria de España y su presencia ha enriquecido la de este barrio. Una placa, una biblioteca, una esquina con su nombre…, cualquier gesto serviría para decir que Lavapiés sabe cuidar a quienes lo cuidan.

Ian Gibson es uno de los nuestros.

Y Lavapiés, al hacerlo vecino, también se escribe—en sus libros y en los nuestros— un poco a sí mismo.

A algunos nos ha tocado conocerle también como vecino, en cafés de Lavapiés donde hemos hablado de archivos y de historia, porque a Gibson le entusiasman por igual la conversación y el conocimiento; nos hemos intercambiado libros dedicados y hasta tuvo la gentileza de acercarse a la Feria del Libro para que yo le firmara el mío El millón de Larache. Cien años después (1922-2022)—.