Enlazando con el artículo del mes anterior, me sitúo en un lugar cercano al mar, pues es donde mi inspiración fluye con el ritmo perseverante de las olas que golpean la orilla. Y es curioso y a la vez me siento muy afortunado haber encontrado en el título de este episodio el plano maestro de mi propia reconstrucción. Lo hallé de casualidad, haciendo deporte por ese largo pasillo de playa donde oxigeno mi mente. Mis ojos descifraron el mensaje que descansaba en una piedra pulida por la paciencia de las olas, escrito con gran nitidez, bien marcado en mayúsculas: “NO LO DEJES! TÚ PUEDES!”. Lo observé al inicio de mi recorrido, pero pasé de largo y al instante, pasados unos metros, pensé y me dije a mí mismo: “Si a la vuelta está, entonces es para mí”. Podría haber sido para otra persona, puesto que el lugar estaba muy transitado. Así fue, tuve la suerte de que me estaba esperando y lo tomé sin pensarlo, agradeciendo a esa persona anónima que lo escribió ese sentimiento de amor incondicional por lo humano.
Como arquitecto técnico, estoy entrenado para analizar la resistencia de los materiales, pero aquel día fue el material el que analizó mi resistencia. En este momento de mi vida, donde la vulnerabilidad económica lo considero como un estado transitorio y de aprendizaje, encontrar ese hallazgo tan valioso alentó a mis ánimos a aspirar a realizar la obra con el permiso del cielo. A veces, tengo que recurrir a entidades sobrenaturales o estados de conciencia para complacer mis aspiraciones anímicas. Y ser agradecido por aquello en lo que en estos momentos recibo sin esfuerzo a modo de beneficio, aunque esté en estado ruinoso.
Se trata de una construcción antigua perteneciente a mis ancestros, y que en su día su uso destinado fue una vaquería.
Así que, al regresar del paseo, dejé de pensar para empezar a ejecutar.
Mi realidad actual se divide en dos escenarios. Por un lado, está la vaquería en un pueblecito de Segovia. Allí, entre muros en parte hechos de adobe que guardan el eco de lo antiguo, trabajo con el martillo y el cincel. Es un trabajo físico de consolidación, desescombro y limpieza, a través de la fuerza, donde estoy transformando una vieja explotación ganadera en mi futuro estudio y biblioteca de más de dos mil libros, rescatados de mis años de comerciante en el Rastro de Madrid y que por curiosidad fui almacenando, pues sentía inspiración al ojearlos. De hecho, muchas de mis obras de arte han tenido origen en esos libros. El método, con el que quiero hacer la rehabilitación, lo enfoco a una arquitectura del aprovechamiento, podría calificarse como neorrural, donde cada resto de obra es una oportunidad y cada golpe de maza es una descarga de energía necesaria para mi bienestar. En la imagen elegida, muestro mi rostro con una actitud positiva a pesar de la dureza del entorno (la vaquería) y mi identidad como profesional “a pie de obra” construyendo mi futuro con mis propias manos.
Mencionando otras culturas, me llama la atención la construcción oriental de casas históricas que recibe el nombre de siheyuan. Creo que incluso podría hacerlo con la vaquería, adaptando la misma al terreno a través de un estudio energético. Sería algo excepcional poder integrar elementos de otras culturas y darle un toque vanguardista y humanitario.
Por otro lado, está Aranjuez, mi refugio del color. Es allí donde el polvo de la obra se disuelve y doy vida a mi nueva serie artística, que estoy desarrollando para este 2026, titulada Paisajes en calma. Es un proyecto en el que trato de expresar estados interiores contemplativos, pausados con la influencia de una estética oriental. Si en Segovia soy el arquitecto de mi destino, en Aranjuez soy el artista de la calma.
Sigo adelante, movido por ese impulso automático que me dice que voy en la dirección correcta. La piedra de la playa reside en mi mente permanentemente, avisándome que cada pequeño cuadro terminado, cada muro rehabilitado y cada artículo escrito me guían a conseguir algo mucho mayor en mi vida.
Autor: José Antonio Tejedor Herranz
