Opinión

Nadie gana solo

By 26 de febrero de 2026No Comments
Mª Ángeles Fuentes. Nadie gana solo

Nadie gana solo

En esta época, el individualismo campa a sus anchas. Y caigo en cuenta de que muchos avances sociales, laborales o sindicales no se hubieran conseguido con ese tipo de actitud.

Logros como la jornada laboral de 8 horas, el derecho a la huelga, la libertad sindical y el derecho a la negociación colectiva; la ley del divorcio y la despenalización del aborto; la universalización de la sanidad; la prohibición del trabajo infantil; la protección de la maternidad; medidas de seguridad para la protección de la integridad física y de la salud; el salario mínimo, el descanso semanal y entre jornadas, las vacaciones con derecho a retribución, las indemnizaciones por pérdida del empleo, la incapacidad temporal por accidente o enfermedad, discapacidad, vejez, o desempleo; la nulidad de las discriminaciones laborales; sanidad, dependencia y pensiones para todos; diálogo social, participación de los sindicatos en las negociaciones…, y un largo etcétera de situaciones o avances que creemos, erróneamente, que siempre han estado ahí. Muchos de ellos nacieron de la confrontación directa, con huelgas masivas, negociación de los sindicatos y la organización de los movimientos vecinales.

Los movimientos vecinales en Madrid, especialmente durante la década de los 70 y 80, fueron el verdadero motor de la transformación de la ciudad. Mientras el centro histórico conservaba ciertos privilegios, la periferia era un conjunto de barrizales sin asfaltar, sin iluminación y con viviendas precarias. Las asociaciones de vecinos consiguieron que se aprobara el Plan de Remodelación de Barrios, logrando que los vecinos se quedaran en su barrio. Se construyeron más de 38.000 viviendas sociales, transformando barrizales en barrios dignos. Además, gracias a constantes manifestaciones, cortes de vías de tren y ocupaciones de locales, se consiguió que muchos barrios que no tenían farolas ni calles pavimentadas tuvieran sus zonas urbanizadas, que llegara el metro a los barrios del sur, que se crearan líneas de la EMT que conectaban la periferia con el centro o que se crearan parques, exigiendo oxígeno para sus barrios. En lugar de tener que ir a los grandes hospitales del centro, se consiguieron centros de salud locales (ambulatorios). Lucharon contra el déficit de plazas escolares, evitando que los niños tuvieran que recorrer kilómetros para ir a clase o que se quedaran sin escolarizar. Las fiestas de barrio actuales y los centros culturales nacieron del impulso de los vecinos que querían espacios de ocio autogestionados y acceso a la cultura.

Y todo esto no resultó nada fácil, ya que, en esa época, participar en una asociación era un ejercicio de valentía, ingenio y solidaridad. Muchas asociaciones vecinales se reunían en sótanos, trastiendas o incluso en iglesias. Muchos curas obreros cedían sus parroquias porque eran los únicos espacios donde la policía no solía entrar. Y muchas se registraban como «Asociaciones de Padres de Alumnos» o centros culturales para evitar la prohibición de reunión política.

Todo lo descrito se fue consiguiendo a base de pulmón, gracias al trabajo de gente solidaria que trabajaba para un interés común, personas que tenían claro lo importante que era la fuerza de la unión.

Hoy, el sistema nos hace creer que estamos solos y que no merece la pena luchar por mejorar nuestras condiciones. Y ni pensar en que esas mismas condiciones las queramos para otros. Actualmente se fomenta el individualismo para debilitar cualquier respuesta social.

Y es en el barrio, en el lugar de trabajo o de estudios donde la gente debe unirse. Esa unidad de acción es la que permite recuperar el control sobre nuestra vida. Cuando las personas actuamos en conjunto, la sensación de impotencia desaparece y surge una fuerza transformadora que nadie puede frenar.

Y no nos damos cuenta de que la unión de dos personas con el mismo propósito no da como resultado la fuerza de dos, sino algo superior. Porque la fuerza de la unión es una multiplicación de posibilidades, no una simple suma. Y es reconocer que el bienestar de uno depende, necesariamente, del bienestar de todos.

 

M.ª Ángeles Fuentes Moreno