Opinión

Vamos cayendo en la cuenta (y en la IA)

By 26 de febrero de 2026No Comments
Vamos cayendo en la cuenta (y en la IA)

Vamos cayendo en la cuenta (y en la IA)

Tengo que contaros algo que ha pasado en una comunidad de vecinos/as. Podría haber sido la de cualquiera de nosotras, sobre todo si vive en una torre de 15 pisos situada en un lugar estratégico y, por tanto, susceptible de convertirse en una estación de telecomunicaciones, o sea, en un pirulí. De hecho, ojo a esta historia porque parece que con esto del 5G van a instalar unas 10.000 antenas más en Madrid, así que cuando las barbas de tus vecinos…, etc.

La comunidad fue convocada para considerar la oferta de una empresa que quería alquilar la terraza para subalquilarla a empresas de telecomunicaciones que instalarían equipos y antenas. ¿Qué equipos? ¿Cuántas antenas? Eso no se sabía. En el borrador del contrato quedaba clara la libertad total de la empresa, así como la obligación de los vecinos/as de permitir cualquier operación, a cualquier hora (24 horas), por cualquier empresa subcontratada, sin límite de emisiones, sin compromiso de seguridad, sin nada.

Para mi sorpresa, varias vecinas se presentaron a la reunión con referencias científicas acerca de los impactos sobre la salud de las ondas electromagnéticas (dispositivos móviles e inalámbricos). Había un alto nivel de información. Sabían que los gobiernos, la OMS y demás organismos alegan falta de consenso científico sobre los posibles efectos perjudiciales en humanos. Pero contra esa falta de consenso estaba el casi-consenso de estos vecinos/as: «Sabemos que es malo, pero ellos…, ¡qué van a decir!». El voto negativo ganó por goleada.

Claro que había algunos defensores del proyecto. El ingeniero de telecomunicaciones que llevaba la voz cantante a favor de la propuesta argumentó en primer lugar que todos los artículos científicos aportados eran mentira, que no había efectos. Luego, contradiciéndose a sí mismo flagrantemente, explicó que las radiaciones se emiten en horizontal y no en vertical, así que más valía estar debajo que al lado. En conclusión, si esa antena no se ponía allí se pondría en alguna torre contigua y, en ese caso, dijo, «os van a freír». Eso es verdad, dijo una vecina, pero es que no queremos dañar a la gente de al lado. Allá cada cual con su conciencia. 

Lo interesante de esta historia es cómo la ciudadanía reconoce cada vez más los conflictos de intereses y sospecha de las informaciones oficiales. Es un camino que se ha recorrido saltando por encima de todos los diques de contención y de todos los recursos dialécticos. Recuerdo por ejemplo «el argumento del cirujano» para justificar el 5G en sus inicios: permitiría hacer una operación a corazón abierto en un remoto país de África, dirigida por un cirujano desde Europa en tiempo real. Luego fui a África y vi, país tras país, una miseria infinita en la que no hay para comer, pero, eso sí, cada persona tiene un móvil, o dos. 

Ya se van conociendo los estragos de la adicción al móvil, especialmente en la infancia y juventud. A este respecto, recomiendo el libro Cómo las pantallas devoran a nuestros hijos. En él su autor, Francisco Villar Cabeza, nos aporta datos de los efectos catastróficos sobre la salud y sobre el desarrollo neuronal, social, afectivo y relacional. Entre otras conclusiones, propone prohibir por ley los móviles a menores de 16 años. 

Hace 5 años nos llamaban negacionistas y conspiranoicos a quienes señalábamos el peligro de la inteligencia artificial e impugnábamos el «objetivo de la digitalización» de la Unión Europea. Ahora hasta revistas respetadas y programas de televisión de alta audiencia empiezan a destapar que la IA es insostenible por su altísimo consumo de minerales, agua limpia y electricidad, entre otras razones. 

Hemos llegado a una situación límite. Muchas personas estamos exasperadas ante la invasión de la IA en nuestra intimidad, los teléfonos que nos escuchan e intervienen en nuestras conversaciones, la publicidad invasiva que no podemos suprimir, la vulnerabilidad frente a fraudes y falsificaciones de noticias e incluso de nuestra propia imagen, la imposibilidad de que te atiendan personas en las Administraciones públicas, y un largo etcétera. 

La IA avanza sin freno a base de subvenciones públicas astronómicas, mientras partidos de todo signo guardan silencio. Nosotras/os usamos los recursos que se nos ofrecen aparentemente sin coste, pero sabemos que nos estamos vendiendo y nadie nos va a proteger.

Le he contado mis cavilaciones a una amiga y me ha contestado indignada: «¡Deja de criticar a la izquierda, critica a Trump!». ¡Qué desolación!