La Inclusa de Lavapiés: infancia abandonada en el corazón del barrio
En la confluencia de las calles Mesón de Paredes y Embajadores coexistieron durante siglos tres instituciones fundamentales para la historia social de Madrid: el Colegio de la Paz, la Casa de la Maternidad y la Inclusa, objeto de este artículo.
A las dos primeras ya les hemos dedicado sendos trabajos en esta sección: el Colegio de la Paz, en el n.º 134 (junio de 2025), y la Casa de la Maternidad, en el n.º 139 (diciembre de 2025).
La Inclusa de Madrid, también conocida como Casa de Expósitos, fue la institución encargada de recoger y atender a niños abandonados desde finales del siglo XVI. Su función combinaba maternidad, acogida, crianza y una educación básica, apoyada en una compleja red de nodrizas y una estricta organización asistencial, con una fuerte presencia religiosa.
Sus orígenes se remontan a 1567, cuando se fundó la Casa de Expósitos de San José. A lo largo del tiempo pasó por distintas sedes hasta quedar definitivamente vinculada a Lavapiés. Desde finales del siglo XVIII su gestión quedó en manos de la Junta de Señoras de la primera nobleza, mujeres que desempeñaron un papel decisivo en la beneficencia madrileña. Ya en el siglo XVII, la institución había sido impulsada por figuras como doña Ana Fernández de Córdoba, duquesa de Feria, consolidando su carácter filantrópico.
Durante el siglo XIX, la Inclusa se estableció junto al Colegio de la Paz, ocupando edificios en la calle Mesón de Paredes. En el número 66 —hoy espacio abierto junto al mercado y las Escuelas Pías— se encontraban la Inclusa y el Hospital de Maternidad.
Por sus salas pasaron miles de niños y niñas. Uno de los casos más conocidos es el de Eloy Gonzalo, ingresado recién nacido en diciembre de 1868. Una placa recuerda todavía su paso por la institución. La puerta del torno, por donde se depositaban los bebés, estaba presidida por una inscripción elocuente:
“Abandonado de mis padres, la caridad me recoge”.
La realidad, sin embargo, fue dura. La elevada mortalidad infantil convirtió a la Inclusa en un símbolo extremo del abandono social. El vecindario convivía con esta realidad a diario: el tránsito de carros que trasladaban los cuerpos de los niños fallecidos al cementerio formaba parte del paisaje cotidiano del barrio.
La presencia de la Inclusa influyó incluso en el trazado urbano de Lavapiés. Calles como Mesón de Paredes, Sombrerete o Amparo se abrieron o prolongaron para dar servicio a la institución, y durante décadas el entorno fue conocido como el barrio de la Inclusa, una denominación que aún pervive en la memoria local.
Hoy, el espacio que ocupó la Inclusa ha cambiado radicalmente de aspecto. Donde hubo torno, patios y salas de acogida, se abren ahora una plaza, el mercado y equipamientos culturales. Sin embargo, bajo esa transformación urbana permanece una memoria silenciosa que forma parte de la identidad de Lavapiés. Conocer esta historia no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de comprender el pasado social del barrio y la huella que dejó en generaciones de vecinos.
En 1933 se inauguró la nueva inclusa en la zona de Doctor Esquerdo–O’Donnell. Poco después se derribaron los antiguos edificios de Embajadores y Mesón de Paredes. La Casa de Maternidad fue la última en desaparecer, ya en la década de 1950.
La Inclusa de Mesón de Paredes fue una de las mayores heridas sociales del Madrid moderno. En Lavapiés no solo se acogieron miles de vidas: se configuró un barrio marcado por la fragilidad, la solidaridad, la pobreza y la supervivencia. Su historia explica por sí sola por qué Lavapiés sigue siendo —todavía hoy— un territorio donde la condición humana se hace visible.
Carlos S. Tárrago
