Pongamos que hablo… de teatro
… y del silencio que nos habita
Vengo de un retiro de silencio. No era incienso ni túnica blanca, sino ese silencio que te ocupa: cuerpo, atención, pensamiento. Descubrí algo que está muy vivo en nuestros teatros: el silencio es dramatismo. Es fuerza. Es aquello que, a veces, hace que el teatro respire más que cualquier palabra.
En cartelera hay ejemplos que lo confirman. Está Silencio de Juan Mayorga, un discurso convertido en experiencia teatral donde el silencio en la vida y en escena se interrogan y se contaminan el uno al otro. También ¡Silencio, se piensa!, una propuesta que usa el silencio como arma crítica, una distopía escénica donde no solo se calla: se piensa. Y, próximamente, The Silence en el Teatro Valle-Inclán, que indaga en los silencios familiares que quedan como heridas no pronunciadas.
Siempre digo (y aquí va ese chascarrillo que no es mío, pero ya es mío 😊): “Tengo tos, voy al teatro a ver si se me pasa”. Y no es broma. En el teatro se nos pasa la tos porque hay algo que nos obliga a escuchar. A respirar (como público y como creadores) en un espacio común. A sostener el silencio como una presencia, no como un descanso.
Vivimos en un ruido constante: programamos sin pausa, producimos sin pausa, comunicamos sin pausa. También en teatro, a veces. El miedo al vacío, al silencio, se cuela en agendas, temporadas, discursos. Como si callar fuera perder espacio, cuando quizás callar bien es ganar intensidad, presencia, verdad.
Y, sin embargo, voy al teatro y veo cómo el silencio no mengua la dramaturgia, la potencia, hace crecer el espectáculo. Lo que no se dice en escena a veces pesa más que lo que se pronuncia. El silencio define personajes, traza espacios interiores y fuerza al espectador a participar, a completar sentidos. Como si el silencio fuera una forma más de lenguaje, quizá la más difícil de dominar.
Decía Pablo d´Ors, y más recientemente el Ultimo de la Fila, que “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, mejor no decirlo”. Quizá por eso el teatro sigue siendo un territorio donde se experimenta con lo no dicho. Donde el silencio no es hueco, sino escena viva. Donde aprendemos a ocupar el peso del silencio juntos, para después, quizá, volver a encontrarnos con las palabras más conscientes, más densas, más nuestras.
Pero hay silencios que no se eligen. Llegan de golpe, como la tragedia del accidente de los trenes en Ademuz…, y nos dejan sin voz. A las víctimas y a sus familiares todo mi respeto y mi acompañamiento.
Y yo, como cuando al término de una obra se apagan las luces y se baja el telón en el teatro, dejo de escribir. Respiro. Y por un instante necesario: el silencio y lloro.
