Nombre de la sección: Cinemático
Una batalla tras otra
Como era de esperar las nominaciones de los Oscar no han diferido mucho de lo que nos adelantaron los Globos de Oro, tal vez Sinners por exceso podría hacernos arquear cinco milímetros de ceja, pero por lo demás cero sorpresas. Entre las destinadas a la gloria cabe destacar Una batalla tras otra del ínclito Paul Thomas Anderson, que lleva tiempo mereciéndose el reconocimiento de la Academia y que, como muchos de sus colegas más brillantes, lo recibirá tarde y nunca por uno de sus mejores trabajos. Pero decir Paul Thomas Anderson es decir mucho y aunque puede que Una batalla tras otra no se incluya entre sus obras cumbre vista la competencia deben haberle garantizado subir al escenario por lo menos en dos o tres ocasiones.
Es su segunda adaptación de una obra literaria de Thomas Pynchon, en este caso, Vineland, ambientada en 1984, donde a través de sus delirantes personajes se describe el fracaso de los movimientos contraculturales y antisistema de los años sesenta, la agonía de las ideologías revolucionarias y el peligro heredado de este fracaso para las nuevas generaciones, la sociedad y la política de finales de siglo. Anderson traslada este entramado a dos momentos narrativos: un pasado reciente un tanto impostado, donde establece las bases de los personajes y retuerce el contexto histórico para adaptarse a la novela, y otro más actual donde da rienda suelta al desarrollo de la acción. Y tal vez sea en ese maravilloso primer tramo donde comienza a hacer aguas, pese a la irrupción del mayestático secundario de Teyana Taylor, pese al ritmo apabullante y la diversión, pese a una banda sonora subrayando cada pausa, pese a la brillantez de cada plano, Anderson yerra al aproximar los movimientos de izquierda radicalizados como los Black Panther o los WUO a unos genéricos años 2000, cuando la lucha de la izquierda radical había perdido ya sus tintes revolucionarios y violentos. Corrientes surgidas en ese periodo como la antiglobalización nunca podrían ser equiparables. Es en ese preciso momento donde se pierden los lazos con el espejo de la realidad y le cuentas al espectador que está viendo una completa ficción. Partiendo de esta premisa hacer sátira desde la caricatura tiene el riesgo de caer en el ridículo en vez de ridiculizar, que es justo lo que le sucede al personaje de Sean Penn, y se pierde una extraordinaria oportunidad por parte del cine de abordar un escenario social y político en Estados Unidos, que a día de hoy puede considerarse como mínimo espeluznante.
Por lo demás, es un film absolutamente destacable, una persecución infinita de personajes histriónicos y carismáticos, un montaje exquisito y una narrativa avasalladora. ¿La pega? La pega es la oportunidad perdida, porque el cine no es solo otra variante de entretenimiento, es una herramienta muy poderosa para comprender el mundo en el que vivimos y observarlo desde un prisma crítico, reflexivo, poético. Sobre todo en casos como el de Una batalla tras otra, porque no está concebida como un mero thriller de acción, sino como una sátira política. Anderson acaba tirando la piedra y escondiendo la mano.
Manuel Reñones
