Barrio

Hasta las tejas

By 25 de febrero de 2026No Comments
Eduardo Soto-Trillo. Hasta las tejas

Hasta las tejas

Eduardo Soto-Trillo

 

“Cada piedra cuenta y nos cuenta, hija mía, repetía, y este es un país de animales. No respetan nada”. Así se expresaba el idealista padre de Marta, la arquitecta protagonista de Migajas, mi última novela. Y cuánta razón tenía.

Una vez más regresamos a la plaza Nelson Mandela, centenariamente denominada de Cabestreros. En la esquina con la calle del Oso, una casa de dos plantas como de pueblo. A primera vista, casi invisible, insustancial. La gracia estaba en el bajo, hasta 2020 ocupado por un restaurante senegalés, el Baobab, el primero de Lavapiés. Un lugar muy frecuentado hasta entonces, incluso célebre, al que acudía una clientela muy variopinta deseosa de probar sabores de otras latitudes. A mí en particular me encantaba el plato de pescado estofado con arroz. Por desgracia tuvo que cerrar con la pandemia y así ha permanecido. Sin embargo, algo se estaba tramando: su derribo junto con el inmueble adyacente. El objetivo es el siempre previsible en el centro de Madrid, levantar un hotel, un hotel para turistas extranjeros. Y esta vez, tal vez por las circunstancias sociológicas de la zona, se propone construir lo que llaman un hotel que llaman cápsula como si se tratara de una nave espacial. En realidad, un albergue de habitaciones amplias, amuebladas de literas para que quepan el mayor número de clientes, y grandes baños compartidos. Una oferta de precio muy reducido, claro, para la que existiría un público anhelante. La noticia, cuando apareció en la prensa hace poco, se nos vendía como una gran oportunidad para Lavapiés, como si fuéramos una barriada miserable y no un barrio histórico de una capital europea. Lo más desagradable a mis ojos era el propio proyecto de edificación en absoluto respetuoso con el entorno, un artefacto de hormigón y cristal, un adefesio calculado al milímetro para aprovechar los límites legales de edificabilidad. He de confesar que cuando lo leí me indigné y lo vi como inevitable. Otro bodrio que, como el hotel de Ronda de Valencia, paso a paso destruye Lavapiés y su singularidad. 

El alivio llegaba poco después ante las denuncias de vecinos y oposición. Ese edificio insignificante es de lo poco que queda del siglo XVII y por tanto forma parte del patrimonio histórico de nuestra ciudad. No se puede derribar, sino que se ha de conservar, proteger. De forma cautelar se ha paralizado inmediatamente la demolición ya autorizada por el ayuntamiento. Aunque la nueva supuestamente no alcanzó tan rápidamente a los promotores, pues han conseguido arrasar con parte del tejado hasta que se ha conseguido el precinto del edificio. Como si las tejas no fueran también patrimonio histórico. 

En fin, mi personaje, Marta, no deja de navegar en la ficción, pero siempre tiene muy presentes las palabras de su padre. Como recordaréis, es arquitecta y trabaja en una de esas promotoras que con fines especulativos compran edificios antiguos del centro de Madrid para después acabar con ellos. Ella no obstante decide rebelarse y, como un lobo solitario, denuncia anónimamente a su propia empresa cada vez que esta acomete actos de destrucción contra el patrimonio. Una auténtica filibustera que guerrea a escondidas contra la desidia municipal y la avaricia humana. 

La historia de Madrid nos pertenece a todos y no a ningún político o promotora. Se trata de conservar fachadas, escaleras, puertas, suelos, piedras…, hasta las tejas. Porque ellas también hablan. Nos cuentan de dónde venimos, qué fuimos, lo que somos, en qué lugar estamos. El olvido nos lleva sin remisión al vacío, a la inconsciencia, a la nada.