Anna es una pura sonrisa desde sus ojos celestes hasta sus menudos pies de trapecista. Pareciera un hada, un pedacito de cielo que revoloteando se hubiese posado en algún tejado del barrio. Como tantos antes, habría descendido todavía envuelta en el frío de su tierra natal para pronto arder entre nuestras calles y plazuelas. Porque, aunque ella nunca lo confesaría, imagino la clásica historia de amor iniciática en madrileñismo sentimental: abrazos y paseos, cerveza y amaneceres sublimes, para luego terminar abruptamente en el silencio de los fantasmas. Sin embargo, ella no huyó, se quedó, una más entre nosotros, pero distinta, alienígena. Anna es mi profesora de yoga, un ser infinitamente amable.
Hace unos días, cuando la clase ya había terminado y nos estábamos poniendo los abrigos, se me acercó para retenerme un momento. Su mirada era sombría, su voz sonaba quebrada en su todavía pobre español. Tenía que hablarlo con alguien y me había escogido a mí:
−Esta mañana a las seis, cuando salía para venir aquí a abrir la escuela, abrí la puerta del portal y, de repente, un chico joven africano que se hallaba sentado en la acera de enfrente corrió hacia mí para meterse adentro, pero le cerré la puerta.
Como antecedente aclaro que Anna cree fervientemente que la configuración astrológica de nuestro nacimiento marca nuestras vidas y esto conlleva importantes consecuencias, el azar no existe. Todo posee un significado. Cualquier acontecimiento menor puede arrastrarnos hacia la gran catarata y allí hacernos desaparecer. Enseguida vi que estaba angustiada y recordé que ayer había habido luna en Géminis: la verdad se abría paso en nuestras relaciones. No obstante, quise sonar contemporizador con el espíritu de nuestro tiempo:
−Has hecho lo correcto. No sabes qué intenciones traía. No puedes dejar entrar a alguien que puede poner en riesgo tu seguridad y la de tus vecinos.
Anna no se tranquilizó. Había más:
−Me dijo que no tenía dónde dormir y hacía tanto frío a esa hora… No sé si luego le ha pasado algo.
Sentía no haberlo ayudado y esa culpa la señalaba como alguien insolidario y egoísta, algo que ella despreciaba en cualquier otra persona. Busqué zanjar el tema con un argumento que ella debería entender:
−Nadie normal y necesitado se pone a buscar refugio a las seis de la mañana. Seguramente venía de los after de la calle Magdalena. Olvídate del tema.
Anna inclinó la cabeza para ocultar su decepción con mis últimos argumentos. Yo me apresuré a recoger mis bártulos con el fin de marcharme. Nada debía reprocharme. Era un suceso nada extraño en el barrio. En mi propio edificio había habido una época en la que una pareja de drogadictos dormía en el descansillo del último piso y la reacción de los vecinos había sido tajante, llamar enseguida a la policía para que los echase. No solo se trataba de un problema de seguridad, también de salud pública, pues se comentaba que eran estos transeúntes los que extendían las chinches. Cuando abría la puerta para salir, oí su voz detrás de mí:
−No quiero olvidarlo. Me eligió a mí para que le ayudase.
Ya en la calle me di cuenta de que ella tenía razón. La casualidad no existe. Somos únicos. Y él también.
