PONGAMOS QUE HABLO…. DE TEATRO
@bravoo_esther
Este camerino sabe más que yo
Buenos días, tardes o noches, espero que todos ustedes estén muy bien.
En caso contrario, solo puedo ayudarles con mis palabras y hacer que durante unos minutos se entretengan y se olviden de sus dolencias o dolores durante ese ratito.
Hoy voy a hablarles de los camerinos. En mi carrera teatral, que comenzó hace más de veinte años, y habiendo tenido la oportunidad de ver el teatro desde muchos puntos de vista, literal, dicen que el teatro empieza en el escenario, pero yo ya no me lo creo.
El teatro empieza aquí, en este cuartito con bombillas, perchas cojas y olor a laca.
Aquí, donde uno se mira al espejo y negocia con la cara que tiene y la que va a fingir. Este camerino sabe más que yo: lo que he dicho, lo que he prometido y lo que he jurado no volver a hacer… y luego he hecho otra vez.
Porque el escenario es para los valientes, sí. Pero el camerino es para los sinceros. Aquí se llora antes de hacer reír, se tiembla antes de matar a Hamlet y se reza (los que aún rezan) para que no se les vaya ni una pausa marcada por dirección.
He visto cosas en camerinos que no sé si ocurrieron de verdad o me las inventé de puro cansancio. Una actriz, por ejemplo, llorando desconsolada antes de salir en una comedia de carcajada fácil. “No puedo”, decía. Tres minutos después, hacía reír a media ciudad. El público nunca supo que el rímel no era de personaje, era de persona.
El camerino es un confesionario sin sacerdote. Aquí nadie absuelve, pero todo se perdona. Hay mesas con flores secas de algún estreno glorioso del año en que aún se fumaba en los teatros. Perchas con disfraces que han escuchado más secretos que los asientos de platea. Y espejos…, ay, los espejos. Con su hilera de luces que no iluminan, interrogan. Te sientas frente a uno y no ves tu reflejo: ves tus dudas con base de maquillaje.
Cada cual tiene su liturgia. El que no deja que nadie toque su silla. La que no habla después del colorete. El que se santigua con una brocha. Los hay que ensayan frente al espejo frases que jamás dirán en escena: “¿Me habrá visto tal productor?”; “¿Seguirá esperándome alguien al salir?”. El camerino ya tiene la respuesta.
Y están los silencios. Ese momento exacto, segundos antes de salir, en que nadie se atreve a hablar. Ni bromas. Ni móviles. Ni egos. Porque el teatro, por mucha comedia que lleve encima, es un oficio de miedo. El miedo educado: ese que se pinta los labios, se ajusta la peluca y asiente cuando llaman: “Cinco minutos.”
Luego llega el después. El camerino vacío. El personaje ya se ha ido y la persona todavía no ha vuelto. Ahí uno se desmaquilla y evalúa con ecuanimidad: “Hoy he estado horrible”; “Hoy sí”; “Hoy no sé quién he sido”. A veces llega un ramo. A veces, dos besos. A veces, nada, y entonces se cena orgullo, que llena menos que el catering, pero engorda más.
El camerino, como los viejos amigos, puede ser incómodo, feo o mal ventilado, pero nunca traiciona. Todo lo que entra en él, el miedo, la soberbia, el temblor, el rencor, el ego, se queda ahí dentro, reciclado entre el vestuario y toallitas desmaquillantes.
Yo no soy actriz. No he tenido que mirarme a los ojos antes de ser otra. Pero he estado ahí, en ese umbral donde el teatro aún no es función ni vida, sino duda. Y créanme: lo que se dice en un camerino no lo escucha el público, pero construye cada aplauso.
Por eso, si alguna vez me pierdo en el teatro, no me busquen entre las butacas ni en los programas de mano. Estaré en silencio, apoyada en una puerta desconchada, esperando ese momento en que alguien respira hondo antes de salir. Ese instante sagrado en que todo es posible: el fracaso, el milagro y la verdad.
Porque el escenario muestra lo que somos capaces de fingir.
Pero el camerino…, el camerino revela lo que somos capaces de sentir.
