El origen, el oficio, el barrio
Rita Hayworth, mito del Hollywood clásico y rostro universal del cine del siglo XX, vuelve hoy a Lavapiés. Este artículo abre una serie de cinco entregas dedicadas a sus raíces familiares y culturales, rastreadas en las calles del barrio y en los espacios donde se forjó una tradición artística hoy casi olvidada. La idea nació gracias a mi compañera en el periódico NHU Isabel Dorado y a los datos del padrón de Lavapiés aportados por su amigo José Peña.
Cuando pensamos en Rita Hayworth, la primera imagen que acude a la memoria es la de Gilda y su famosa escena. Sin embargo, el origen de esa historia está lejos de los focos y mucho más cerca de un barrio denso, ruidoso y creativo como Lavapiés a comienzos del siglo XX. Allí, en la calle de la Encomienda, se encuentra una de las raíces menos conocidas de esa trayectoria.
A principios del novecientos, la calle de la Encomienda era uno de los ejes más vivos del barrio. Situada entre el Rastro, Embajadores y la plaza de Lavapiés, concentraba cafés cantantes, teatros de varietés, academias de baile y una intensa vida vecinal. Era un espacio donde convivían obreros, artistas, vendedores ambulantes y aprendices, y donde la cultura popular se transmitía más por la práctica diaria que por los libros.
En ese entorno se instaló Antonio Cansino Avecilla, abuelo de Rita Hayworth. Nacido en Paradas (Sevilla) en 1865, fue bailaor en su juventud, guitarrista y más tarde maestro de baile. Formado en la tradición flamenca andaluza, desarrolló su carrera entre Sevilla y Madrid, hasta asentarse definitivamente en Lavapiés con su familia a comienzos del siglo XX.
El padrón municipal del 9 de diciembre de 1910 lo recoge como cabeza de familia en la calle de la Encomienda, número 10, dentro del distrito de la Inclusa, uno de los más poblados y humildes de la ciudad. Vivían en una habitación alquilada por 40 pesetas mensuales, en un edificio de usos múltiples, típico del barrio: vivienda, academia, despacho y lugar de encuentro.
Antonio Cansino vivía allí junto con su esposa, Carmen Reina Montero, y una familia numerosa. Con ellos crecieron sus hijos Gracia, Carmen, Elisa, Eduardo, Ángel, Francisco y José Cansino Reina, formados desde la infancia en el baile y la música. La academia y la vivienda compartían espacio, y el aprendizaje artístico se mezclaba con la vida cotidiana, como era habitual en muchas familias del Lavapiés popular.
La casa de Encomienda, 10, no era solo un domicilio. Allí funcionaba la academia de baile de Antonio Cansino, documentada por la prensa desde al menos 1899. Los periódicos lo citan como “reputado profesor” y recogen festivales, veladas artísticas y actuaciones de alumnas infantiles que después pasaban a teatros como el Novedades o el Romea. La academia, conocida también como Centro Artístico, era un espacio de formación y de proyección profesional.
Muy cerca se encontraba el Café de la Encomienda, uno de los últimos cafés flamencos del Madrid anterior a la Guerra Civil. Por su pequeño tablao pasaron bailaores, cantaores y guitarristas que luego serían figuras reconocidas. El ambiente era popular, a veces áspero, pero profundamente creativo. Ese era el mundo cotidiano de la familia Cansino.
Antonio Cansino no fue una figura célebre, pero sí un eslabón decisivo en una cadena artística. En su academia se transmitieron disciplina, oficio y resistencia. Antes de la emigración a Estados Unidos y antes de que Margarita Cansino se transformara en Rita Hayworth, existió este Madrid popular donde el arte se aprendía a base de trabajo diario y escenarios modestos. En la calle de la Encomienda comenzó una historia que acabaría siendo universal.
Carlos Sánchez Tárrago
