Bichos raros
Alejandro Flórez-Estrada Vergara
A veces ocurre algo extraordinario que actúa como antídoto contra la estupidez y el sectarismo que invaden este mundo caótico. Qué alivio cuando, entre el sinsentido imperante, surge algún motivo para que abriguemos la esperanza de que una sociedad mejor no es imposible. Una de esas razones es que, por suerte, aún quedan humanos con opinión propia y, por tanto, alejados de la manipulación de turno. Qué bendita rareza, qué valiosa minoría de mortales coherentes que, aunque se hallen al borde de la extinción, resisten y se niegan a que otros piensen por ellos.
Estos disidentes tan singulares son justo lo opuesto al prototipo de ciudadano sumiso, mentalmente perezoso, que el sistema moldea a su antojo para removerle las bajas pasiones y convertirle en un alienado. Así que celebremos que todavía haya personas decididas a ser ellas mismas, con todos los riesgos que ello conlleva, y a razonar para intentar que triunfen las ideas brillantes y no esas simplezas tendenciosas pregonadas por los omnipresentes altavoces mediáticos. Créanme, he tenido la oportunidad de tratar a varias de estas rara avis, hemos conversado y reflexionado acerca de la vida, y he captado su curiosidad impagable, su afán por no estancarse en la superficie de los problemas y su determinación de pelear por un mundo en el que no manden ni el miedo ni la violencia, donde nadie repita como un loro consignas para forofos y la valía consista en llenarse de principios y no en carecer de escrúpulos.
Increíble pero cierto: estos humanos descatalogados son capaces de reconocer sin rodeos las miserias propias y no satanizar de antemano las tesis del discrepante, una actitud que en esta época decadente es considerada excéntrica y hasta suicida. Intuyendo que la realidad es muy compleja, aceptan puntos de vista diversos mientras defienden la duda fundamentada y el debate desprejuiciado, unas armas con las que desconciertan a los todólogos y demás iluminados que pontifican sobre cualquier materia y se creen siempre en posesión de la verdad impoluta. Buena prueba de lo peculiares que son es que les repele hablar a la ligera y juzgar con la bilis. Por eso no van por ahí vapuleando al caído en desgracia, no alardean de eruditos ni exhiben ninguna pretendida superioridad moral, y tampoco se sirven de emociones impostadas para, tras enardecer a las masas, provocar el entusiasmo más cerril a favor del correligionario indecente y, de paso, el odio visceral al adversario y sus adeptos.
Así es, estos bichos raros rechazan el fanatismo como sustitutivo del raciocinio y deploran las trifulcas degradantes en las que se enzarzan con fervor los yonquis de las trincheras, empeñados en el fuego cruzado de porquerías, en chapotear en las heces amontonadas y justificar, con una desfachatez que sonroja, la mierda que les concierne. En cambio, con qué integridad poco vista y con qué ética en desuso se comportan estas mujeres y hombres pensantes, sin comprar ningún argumentario trucado o dogmatizante, sin caer en la autocensura ni importarles que luego les complique la existencia poner el dedo en la llaga en los temas vetados o cerrados en falso. Y con qué insólita coherencia se mueven en sus luchas, no abdican del compromiso, no corrompen sus más íntimas convicciones, ni se arrastran ni se venden, porque saben que sin rumbo, sin dignidad y sin una perspectiva limpia y abierta la vida apenas tiene sentido.
Reconforta, pues, constatar que todavía quedan personas libres de cualquier alienación, conectadas a la realidad y sus aristas. Qué bueno que existan estos seres sin anteojeras, inquietos y genuinos, que aciertan y se equivocan, incluso a menudo naufragan, pero se atreven a salirse del relato establecido y se preguntan el porqué de las cosas, aunque el precio que suelen pagar por su singularidad es sufrir la incomprensión generalizada. Qué necesario es, en suma, tener cerca a gente atípica con quien poder cuestionar lo intocable y debatir con libertad y criterio. Gracias a este puñado de transgresores, con los que sin dudarlo iría al fin del mundo, aún no está todo perdido.
