El estado del bienestar en Europa
En el mes de septiembre, en Francia, ha habido protestas, nacidas de un colectivo creado en redes sociales que se llama Bloqueémoslo Todo. Esta convocatoria responde al plan de presupuestos de 2026, que preveía ahorros de 44.000 millones de euros e incluía eliminar dos días festivos, recortar 5000 millones de euros en sanidad y congelar las pensiones. Este colectivo exige la reinversión masiva en los servicios públicos, el fin de los recortes de empleo, el mantenimiento de los días festivos, boicotear a las grandes empresas del país, además de retirar el dinero de los grandes bancos. Sus reivindicaciones incluyen jubilarse a los 60 años, controlar el precio de los alquileres, invertir en educación y sanidad y adoptar medidas ecológicas como prohibir pesticidas o cancelar megaproyectos hidráulicos. Los principales sindicatos convocaron una huelga general para el 18 de septiembre.
Este derrumbe político en Francia destapa un problema estructural en toda Europa. El gasto público desbocado, la ineficiencia burocrática crónica y la creciente asfixia fiscal. El Gobierno para dar servicios sube impuestos que frenan la economía, y al final llega la insatisfacción. Sin reformas de calado, muchos líderes europeos solo atinan a dos cosas: endeudarse más o exprimir más al que produce, ya sea con impuestos clásicos o con nuevas regulaciones recaudatorias como los impuestos verdes, pero ambas vías tienen un límite. Y lo más importante es que esas cifras serían manejables relativamente si las economías crecieran rápido, pero esto no es lo que está pasando. Por lo tanto, si gasta más de lo que recauda, hay déficit. La deuda pública es la suma de esos déficits acumulados en el tiempo, y es el dinero que el Estado debe.
Nuestro país goza de una situación aparentemente más holgada en algunos aspectos. A primera vista está bien, pero hay paralelos preocupantes con el caso francés y lo que España está sembrando hoy podría cosecharse en problemas mañana. Por ejemplo, para empezar, España también ha disparado la deuda pública acercándola a niveles franceses: del 35% de deuda del PIB en 2007, pasamos al 100% tras la pandemia. El déficit fiscal español sigue muy alto y ha bajado algo por los fondos europeos, por la subida de impuestos y por los ingresos del turismo en la inflación, pero estamos muy lejos del equilibrio y eso es lo que debemos atender. El Estado español también gasta sistemáticamente más de lo que ingresa, hace mucho que lo hace, y financia la diferencia con deuda.
Lo de Francia es grave, pero no es un caso único. Europa es un conjunto que arrastra un problema de gasto público creciente desde hace muchas décadas. El canciller alemán, Friedrich Mertz, ha dicho que el estado del bienestar ya no es sostenible financieramente. Este es el conjunto de servicios públicos, pensiones, ayudas sociales que garantiza el Estado y que ha sido el pilar de la Europa próspera desde la posguerra. ¿Por qué ahora no es financiable lo que antes sí parecía serlo? Parece que hay dos factores: una demografía estancada y una economía débil. Un sistema público de reparto, donde las cotizaciones presentes pagan las pensiones actuales, funciona cuando hay muchos jóvenes y pocos mayores, pero se vuelve insostenible cuando esa pirámide se invierte. Por otro lado, Europa lleva años con un crecimiento económico muy pequeño. Las propuestas como las que propone Mertz o como propuso Macron en su día son estas: ”Tendrás pensión, pero más tarde y quizá más baja. Tendrás sanidad, pero puede que con copago o listas de espera mucho más largas. Tendrás ayuda, sí, pero solo si realmente las necesitas y cumples ciertas condiciones estrictas”.
Parece que vamos hacia un estado del bienestar light y la pregunta es esta: ¿qué futuro nos espera? Europa necesita recuperar la senda del crecimiento y la innovación o va a tener que conformarse con un estándar de vida en declive. Puede que no volvamos a la pobreza material de antaño, pero sí a décadas de estancamiento con la población ajustándose a vivir con menos.
María García
