El 4 de julio de 1916 nació, en el madrileño barrio de Lavapiés, un joven que acabaría siendo uno de los miles de víctimas invisibles de la maquinaria represiva del nazismo: Victoriano Valencia Jabalera. Su historia, como la de tantos republicanos españoles, quedó durante décadas relegada al silencio, pero ha vuelto a la luz gracias al esfuerzo de proyectos memoriales y ciudadanos comprometidos con el recuerdo de los que ya no tienen voz.
Victoriano vivía junto a su madre viuda, Dolores Jabalera, en el número 9 de la calle Zurita. Allí, en el corazón de un barrio obrero y resistente, el barrio de Lavapiés, creció en un país convulso. Cuando estalló la Guerra Civil, miles como él se alinearon con la República. Al término del conflicto, tras la victoria franquista, muchos republicanos emprendieron el amargo camino del exilio hacia Francia. Pero la huida no fue el final del sufrimiento: la Segunda Guerra Mundial los convirtió en doblemente apátridas y objetivos del nuevo totalitarismo europeo.
En 1941, Victoriano fue capturado por las fuerzas nazis y deportado al campo de concentración de Mauthausen, en Austria. No tardó en ser trasladado a Gusen, uno de los subcampos más brutales del complejo. Allí, como miles de prisioneros, fue víctima del sistema de «exterminio mediante el trabajo»: jornadas interminables, hambre, enfermedades y violencia sistemática a manos de las SS.
Victoriano murió asesinado en Gusen el 12 de enero de 1942, con tan solo 25 años. Su cuerpo quedó sepultado en la niebla de la historia, lejos de su casa, de su barrio y de los brazos de su madre. Nadie sabe si Dolores llegó a conocer el destino de su hijo.
Durante mucho tiempo, el nombre de Victoriano fue uno más entre las listas del horror. Pero en los últimos años, su memoria ha encontrado un lugar digno. Frente a su antigua residencia en la calle Zurita, se colocó una Stolperstein —una de las pequeñas baldosas doradas del proyecto nacido en Alemania para recordar a las víctimas del nazismo en los lugares donde vivieron−. En ella puede leerse: «Aquí vivió Victoriano Valencia Jabalera. Nacido en 1916. Deportado. Asesinado en Gusen, 1942«. El memorial, en palabra de sus impulsores, es importante porque, además de recordar a las víctimas, es un recuerdo, también, a sus familias y a su sufrimiento. Estos homenajes son más que gestos simbólicos: son actos de justicia histórica.
Gusen fue uno de los más temibles engranajes del sistema de campos nazis. Inaugurado en 1940 como un anexo de Mauthausen, se convirtió pronto en un infierno autónomo. Allí se explotó a los prisioneros en canteras de granito, fábricas de armamento y túneles subterráneos. Se calcula que más de 35.000 personas murieron en Gusen, donde la brutalidad del régimen nazi alcanzó niveles extremos. El campo fue liberado por las tropas estadounidenses el 5 de mayo de 1945, pero, para entonces, miles ya habían perecido.
El caso de Victoriano nos recuerda que el nazismo no solo exterminó a millones de judíos, sino también a miles de republicanos españoles, a menudo olvidados en la narrativa dominante de la Segunda Guerra Mundial. Según cifras estimadas, más de 7000 españoles pasaron por los campos de concentración nazis; cerca de 5000 no sobrevivieron.
Hoy, la baldosa dorada de Victoriano brilla sobre la acera de la calle Zurita. No hay familia que la limpie, pero tampoco hace falta: es el barrio, la ciudad y la memoria colectiva quienes la cuidan. Su presencia discreta es un recordatorio diario de que la libertad tiene un precio y que el olvido es su peor enemigo.
Carlos S. Tárrago
