El ruido mental. La paranoia menor. Está siempre en el trayecto de casa a la cocina, bla, bla, bla… Curiosamente desaparece durante el servicio. Como si la práctica silenciosa fuera capaz de domesticarlo. Aun así, apenas he puesto un pie fuera del restaurante, retoma. Desciendo por la calle del Barco. Soy un ente que atraviesa la ciudad. Llegado a casa intento, sin mucho éxito, silenciarlo bajo la ducha fría. Pongo el chorro de agua en la nuca para ahogarlo. Esto me lo enseñó un japonés. Funciona. Para de hablar. Pero luego reaparece como un silbido que resuena en cada rincón de la almohada. Pierre Boulez debuta en mi cabeza con un homenaje a Schönberg y al Evol de Sonic Youth. La cosa sigue así hasta que me despierto. Justo antes de que suene la alarma, el acúfeno ha penetrado el corazón. Palpita al ritmo de un taladro que perfora la calle. Consumada la transubstanciación …, si como tengo que ir al baño y si pues aquí todo está sucio, si me digo pues si el ruido se cuela hasta en el urinal, dije, si ahora la cabeza se va por el váter y si afuera alguien escucha el ruido de las gotas que caen del miembro… Necesito ayuda. Voy a la biblioteca. Me encuentro con el doble de Dostoievski. Un funcionario tiene que convivir con uno que paulatinamente se pronuncia en su lugar. Debo recrear el fantasma. Tengo que hablar de esta angustia y la inquietud permanente de existir con estos automatismos de los que emanan grotescos objetos mentales.
El juicio está enfermo. Sufro de melancolía, vivo sumergido en los afectos y efectos. He perdido el control. Llevo meses librando este combate. La confrontación no funciona. Basta una mirada para darle rienda suelta a la fábrica de cadenas in-significantes, porque sé que él está pensando, sé lo que piensa, pienso, lo sé, es lo que pienso, es eso lo que me quiso decir, aunque él no sea del todo consciente, porque el pensamiento es así, el inconsciente se expresa a través de esos gestos que él no controla pero que puedo percibir, lo mismo, porque no deberían dejar que alguien así dirija un restaurante, si ni cabeza tiene este, que haga otra cosa el desmemoriado, que ni del código de descuentos se acuerda, que todo el mundo lo sabe, porque no se acuerda de nada… Quemado, ¡estás quemado!, me dice un camarero en medio del servicio, ¿quemado yo?, ¿yo?, ¿quemado?, ¿pero qué sabes tú?, ¿quemado?, ¿yo?, ¿quemado? El calor te abraza.
Bajo el sol del mediodía en Egipto, los padres de la iglesia padecían en sus celdas de acedia. Una especie de aburrimiento o deserción del yo que dificulta la contemplación del texto divino y que siglos después se convertirá en el sexto pecado capital: la pereza. Por eso la responsabilidad del malestar es individual, porque somos perezosos. Por nuestros orígenes cristianos. Por la culpa que vehicula esta tradición. Y si al final del día no has aprendido a gestionar las emociones, no le eches la culpa a tu jefe. El genio no me abandona. Ilumina la grieta mental por la que se derraman los pensamientos. No quiere que fije la atención en algo que no sea el teléfono, los laics o las noticias de última hora, sin embargo, ¿por qué el Capitán se niega a hacerme un contrato después de estar ocho meses trabajando para él?,¿por qué sigo aquí? Porque necesito la pasta. Leo en alguna parte: el automatismo puede ser una estrategia de sobrevivencia. Pero existen automatismos y automatismos. La práctica de la escritura o la cocina permite tomar distancia, atenuar la anamorfosis generada por el pensamiento invasivo. El automatismo paranoico, por su parte, funciona bien hasta que, agotado el sentido, termina uno delante de la dependienta de la farmacia con la receta del psiquiatra. Por favor, un coctel de sertralina con tres cuartos de lorazepam y un poco de pregabalina por los bordes.
Encima los perros que frecuentan el Casino de la Reina se están comiendo el parque infantil. Tiempos difíciles.
