Cultura

Nadie ha entendido ‘SIRÃT’

By 7 de marzo de 2026No Comments
Manuel Reñones Prieto. Nadie ha entendido SIRÃT copia

Sirãt es una buena y una mala noticia para el cine español. De primeras es ya, y de largo, una de las apuestas más arriesgadas del panorama cinematográfico nacional, al menos en esta actualidad. Porque desafortunadamente la actualidad no es valiente, se rige por fórmulas encorsetadas donde se trata de correr los menores riesgos posibles; cuantos menos riesgos, cuanto más se asemeje al producto que ya funciona, más posibilidades existen de sobrevivir al voraz gueto de la industria del cine.

Con Sirãt Oliver Laxe nos presenta una especie de rito de iniciación, en el que no pretende entretener o vaciar la mente del espectador a lo largo de dos horas, sino que ambiciona compartir con él, ofrecerle incluso una vivencia. Para ello se sirve de un planteamiento preapocalíptico donde el desierto y una esbozada amenaza bélica enmarcan el escenario en el que los protagonistas van a desarrollar una búsqueda psíquica, espiritual y tal vez mística. Luis (Sergi López) y su hijo Esteban (Bruno Núñez) buscan a una hija y hermana de la que no tienen más noticia que una endeble pista sobre su presunto paradero en alguna rave de Marruecos, y hasta ahí la concesión a la narrativa convencional. El resto de la cinta explora otros métodos de expresión y comunicación alejados del racionalismo narrativo, en los que prima el acercamiento emocional e intuitivo, muchas veces harto tramposo, a las proposiciones intelectuales del film. El cine no tiene que ser siempre un relato, engloba muchos otros lenguajes, el poético, el emocional, el onírico…, lenguajes estos cada vez más alejados de la cinematografía actual, incluso del cine europeo, tradicionalmente a la vanguardia y apegado al concepto de cultura con mayúsculas, pero que ha dejado paso a la monopolización del cine de género y a las narrativas lineales propias de la televisión. Los personajes en Sirãt no son reflejos de seres humanos dentro de una ficción que caminan, sueñan, respiran; más bien se articulan como estados del alma, cada cual en una etapa de búsqueda y pérdida diferente, con el dolor como catalizador en muchos momentos dentro de una travesía abierta al descubrimiento del yo oculto.

Lamentablemente Sirãt pierde pronto al espectador deseoso de seguir las peripecias de estos personajes y no entiende sus motivaciones no entiende porque están a medio abocetar, por qué Sergi López, siendo un actor tan solvente y talentoso, anda tan perdido, sin saber cuál es la mueca correcta en cada escena, y sobre todo no consiente la aparente caprichosa causalidad de los acontecimientos. Solo acepta la invitación a recorrer la senda que propone Oliver Laxe el espectador adepto, una suerte de discípulo de fe, pero un buen porcentaje se queda en el camino y al finalizar la proyección abandona la sala con una mezcla entre insatisfacción y regusto amargo por sentirse más zoquete de lo cree ser. Oliver Laxe construye pero no convence, no logra, o no le interesa, materializar su universo. El impacto de su puesta en escena y planteamiento se diluye en muchas ocasiones en vagas metáforas que apuntan a direcciones desordenadas. Y esta es la mala noticia. 

 

Manuel Reñones