Hay días complicados en que las dificultades se nos acumulan y bueno es que seamos capaces de hacernos cargo. No ayuda tener de fondo el día a día de un mundo que se presenta como irreconocible de lo vivido hasta hace no tanto tiempo. Ahora en nuestras tierras se “siembran” más placas solares que cereales y el agua empieza a estar en manos privadas; las zonas ganaderas son cada vez menos porque parece que los insectos van a empezar a ser más saludables; se ha humanizado tanto a los animales que ha nacido el fenómeno therian (gente que se identifica con un animal y siente placer en imitar su comportamiento); los responsables de facilitar un techo a los llamados “vulnerables” son los propietarios de más de una vivienda y no el Gobierno, por lo que la ocupación está siendo normalizada; este feminismo no protege lo suficiente a las mujeres y cada vez más hombres reclaman que este avance no puede ser criminalizándoles; el desarrollo tecnológico empieza a implementar en algunos países que robots humanoides cuiden de nuestros mayores; el deterioro de las instituciones y las infraestructuras públicas es el pan nuestro de cada día; dejar a la población a su suerte viene siendo la práctica habitual… Cualquier cuestionamiento o crítica al relato oficial te pone en la plaza pública para ser denigrado. Todo muy irracional, muy injusto, muy inhumano.
Pero también hay días en los que la “magia”, la propia y la ajena, se hace presente y parece que los dioses están y velan por nosotros. Hay momentos en que sales a pasear por el barrio y te encuentras con ese vecino con el que sueles comentar algún chascarrillo, pero ese día la conversación va más allá y te enteras de que desde que se ha jubilado y dispone de más tiempo está disfrutando de sus desayunos en el bar porque le da la oportunidad de hablar en profundidad. Y lo cuenta de tal forma que te quedas con las ganas de participar de esos desayunos porque deben ser muy intensos, muy interesantes.
Y llega una tarde que, después de venir del instituto de escuchar a alumnos, familias y profesores sobre las dificultades en abrirse paso, coincides con tu hija adolescente y su amiga, y se produce la “magia”. Les cuentas cómo te ha ido, en qué andas, y de alguna manera en ese momento les pareces confiable; entonces ellas también te cuentan y comienza el “baile”. Un baile que te da la oportunidad de mostrarte y saber en qué tienen su cabeza, cómo se andan sintiendo, saber cómo les va. Te cuentan la cantidad de inseguridades que muestran sus compañeros a través de Tik Tok y lo complicadas que se van volviendo las relaciones. Sientes que se ha avanzado, que nos hemos escuchado, que nos podemos entender.
Momento valioso ese de agradecer en mi interior por el paso que da mi madre en la dirección de reconciliarse con amigos muy queridos, donde la gravedad de lo ocurrido está en su cabeza. Un acto muy intencional y con mucho sentido.
Qué decir de esas tardes de los viernes, donde debatimos de temas sociales y otros más personales. Donde decidimos la gente de qué se habla y cómo, sin que nos venga ningún “profesional” a darnos las charla. En ocasiones, no siempre, adquiere un nivel de comunicación muy valioso; vamos aprendiendo.
Sí, hay momentos en los que uno se emplaza de otra forma, tu nivel de atención sube, la mirada es más posibilitaría. Como cuando te pones a buscar una emisora de radio y te pones en una frecuencia que no es la habitual, la profundidad es otra, tienes un interés sincero hacia el otro. Sí, mi experiencia me dice que tiene sentido generar esa atmósfera, ese trato hacia los demás, poner una mirada humanizadora y avanzar en esa dirección.
Natividad Jiménez López
