Recuerdo, como si fuera en este mismo instante, una anécdota que me contó mi padre sobre un amigo suyo, estamos hablando de hace más de 40 años. Este amigo, pongamos José, iba todas, todas, todas las mañanas desde la calle del Ángel hasta las urgencias de la Fundación Jiménez Díaz, 8:30 a.m., puntual, como los lamentos de Feijoo. Así estuvo durante mucho tiempo. Los médicos y las enfermeras ya lo conocían y no le daban la menor importancia: un consejo y para casa, tampoco más tarde de las 9:45 porque le gustaba desayunar con su mujer. Un día, de pronto, José dejó de ir a su visita rutinaria, y así durante más de una semana. Cuando por fin nuestro protagonista apareció de nuevo por el hospital en su hábito diario, los médicos le preguntaron cuál había sido el motivo de su ausencia, a lo que José contestó: “Nada importante, que he estado enfermo”.
Se podría hacer un símil con el señor González. El vivió y gobernó un país que venía de donde venía y cuyas casuísticas no tienen nada que ver con lo que se vive hoy. En sus catorce años de mandato, que comenzaron solo siete años después de la muerte del dictador, España comenzaba a conocer los colores, más allá del negro y del gris, y gobernó desde la nada, porque verdaderamente no había nada, o muy poco. Se hicieron cosas importantes, se mejoraron las infraestructuras, pero sobre todo se abrieron las ventanas a Europa y al mundo; un canadiense o un australiano empezaron a identificar a España en el mapa. En su periodo de gobernanza, casi todo el país apoyó, o cuando menos silenció, la forma en la cual se actuó contra la banda terrorista ETA en un periodo en que los atentados eran casi diarios. Al señor X no se le pasó factura, a sus colaboradores sí, más por la forma que por el hecho. Se pasó página y a otra cosa, lo mismo que continúa pasando con algunos procesos judiciales de hoy en día. Eso es de lo poco que no ha cambiado nada desde entonces.
Don Felipe es hoy un señor de 83 años, que piensa y habla desde esa edad y sus vivencias. Un abuelo Cebolleta que se sienta en el sillón a contar sus batallas a quien quiera escuchar y, sobre todo, para los que las quieran utilizar a su favor. Las opiniones de González tienen valor y son importantes, pero como valor histórico de su época. Hoy en día don Pelayo tampoco vestiría con jersey de rayas y pantalón de pana, lo mismo que el propio Felipe, que ahora cuida la imagen de otra forma.
No creo que Felipe González deba apoyarse en una valla y fiscalizar las obras mientras se arruga como una pasa, pero tampoco está para dar consejos de la Spain actual y menos para menospreciar la labor de un partido y de su presidente de Gobierno. La gente inteligente se actualiza y convive con el momento, luchando por mejorar lo actual, que en nada es igual a hace diez años, y menos cuarenta.
Hace unos días escuché una entrevista a don Vicente del Bosque en la radio, santo y seña del futbol en nuestro país. Le preguntaron sobre el seleccionador actual y qué consejos le daría. Sonriendo, dijo: “Mi tiempo es pasado y si tengo que opinar no lo cuento en público. Siempre será para bien”.
Federico Gutiérrez Cifuentes
