Tenemos que hablar…
A estos que saben tanto y se empeñan en explicarnos cómo se hace el café con leche, nunca les gustó escucharnos. Dicen que vienen de las asambleas y las plazas, y no es verdad: estaban por allí buscando su ventana de oportunidad, y se les notaba el aburrimiento cuando la gente tomaba la palabra de modo desordenado y sin guion. Cuando la ventana de oportunidad se abrió para un traslado de lo social a lo político y los círculos se llenaron de gente, les entró vértigo y vieron el negocio amenazado. De la posibilidad de generar un movimiento social y político y presentar candidaturas en miles de pueblos y barrios, pasaron a ese truco de trileros y a esa propuesta hiperventilada de tomar los cielos por asalto. En esa dinámica de no tomar a la gente en serio, metieron al pobre Laclau en el lío, ya que ya no estaba en condiciones de enmendar nada, y nos colaron esa otra impostura de los significantes vacíos, significantes vacíos de significado y así, sin verdad, sin coherencia y sin significados, mintiendo desde la mañana a la noche durante un tiempito nos vendieron la moto.
Pero la traición más fuerte fue a la democracia de base, a la asamblea popular, y hoy sabemos que nunca quisieron dar ningún poder a la gente.
Ese experimento de ingeniería social que se perpetró en la pandemia con la gente confinada y aterrada, e imponiendo limitaciones de movilidad, no encontró casi ninguna resistencia en la izquierda política. Hoy sabemos que un Sánchez que ya había vendido su alma a bajo precio y que mercadeó con todo y con todos se lo puso fácil.
Son muy posturetas y muy mentirosos. No hubieran sido, ni de lejos, capaces de ser artífices de un proceso con muchas carencias como lo que han llamado transición y, sin embargo, nos hacen creer que si hubieran estado ellos se hubiera llegado más lejos, y que para una democracia capitalista y liberal mejor no despeinarse preguntando nada a la gente. Para una democracia incompleta que decidan ellos, los que saben, por todos, todas y todes, y quien no lo entienda seguro que es facha.
Algunos tenemos experiencia en asambleas vecinales y sindicales y en medios de comunicación abiertos y sin censura, y ahora en debates, reflexiones conjuntas o cafés (por aquí no sabemos lo que son las kafetas) y casi todos los viernes descubrimos que la gente sabe, escucha y dice cosas muy lúcidas e interesantes.
En el último café, una compañera que frecuenta esos lugares en los que tres ponentes hablan y hablan a un grupo reducido de gente y se tiran un rollazo infumable comentó que cruzó una apuesta con la amiga que la acompañaba sobre si abrirían o no un turno de palabra. En este caso, parece que se concedieron tres turnos de palabra, cosa que tampoco es muy arriesgada porque en esos espacios de “libertad” casi todo el mundo piensa lo mismo. El detalle de que entre el público había gente mucho más preparada que las ponentes y la presentadora sobre el tema tratado tampoco desalentó a las engoladas opinadoras expertas en todo.
En este medio de comunicación y sus espacios de estudio, relación y reflexión conjunta asociados existe democracia y participación real, con sus dificultades e imperfecciones, pero con mucha verdad. Algunas veces no se cuidan demasiado las formas, brotan tensiones no impostadas y eso no ayuda, pero tampoco imposibilita nada.
En mi caso, tengo una cruzada personal para evitar que se nos cuelen los dictados de la opinión sincronizada, y me puedo poner muy brutito si alguien intenta cuestionar mi emplazamiento, absolutamente de izquierdas, situándome tramposamente en etiquetas que ni comparto ni he compartido en la vida.
Lo que está ocurriendo en la izquierda es algo de lo que no podemos responsabilizar a ninguna derecha o ultraderecha, y usar ese mantra no nos evita la vergüenza de estar justificando porquerías constantemente.
No sé lo que vendrá después, lo que votará la gente y qué valores se impondrán si un modelo fracasado y falso se cae del todo. Yo no voy a votar a ninguna derecha, ni voy a retroceder en mis valores y militancias, pero tampoco voy a ser cómplice de tanta mentira y de tanta inmundicia.
Aquí, en el barrio, en los cafés de los viernes y en cada número del periódico, tenemos que abrir espacios reales de vida y libertad. Y si saltan las costuras y la gente se sale del guion previsto, y además lo hace sin pedir perdón ni pedir permiso, mucho mejor.
Javier J. Herranz Aguayo
