Novia del desierto
Sanmao, que significa ‘tres pelos’, fue un seudónimo tomado por la autora, nacida en Taiwán, de un personaje de cómic que representaba a un vagabundo huérfano. Ella lo eligió porque simbolizaba la libertad, la marginalidad y la dignidad del desarraigo. Nació en 1943 y le pusieron Chen Maoping. Chen, cuyo nombre significa ‘narrar o contar’, decía que escribía “como si hablara con una amiga”. Esa cercanía fue clave para conectar con lectoras jóvenes que no se sentían representadas por la literatura académica. Con frecuencia rememoro algunas de sus frases con las que me identifico: “Cuando el corazón duele, escribir es una manera de respirar.”; “No escribo para explicar el mundo, sino para entenderlo”.
Quiero rendirle un homenaje desde este periódico.
Estimada Sanmao:
Cada lugar que habitaste fue un cuenco de arcilla delicada: España, el Sáhara, Tailandia, el silencio. ¿Por qué viajaste tanto? Probablemente para encontrar la rosa de los vientos o el olivo de tus sueños. Viajabas sin rumbo. Con los mirlos en el cielo, por la Vía Láctea. Tu corazón a la deriva, cayendo junto al polvo. Tal vez no escribiste para quedarte, sino para aprender a marcharte sin huir. Me he impregnado de tu voz y las huellas permanecen hasta el infinito. Tus palabras no alzarán monumentos, quizás levantaron refugios donde el dolor se siente a descansar. De ti aprendí que la libertad no es ruido, sino elección. Tus sueños bajo el sonido de la lluvia en la memoria, las mariposas volando en las dunas del Sáhara, mientras caminas despacio como si quisieras conquistar el mundo, observando las casas humildes, las iglesias y los mercados. Dejando un rastro leve, como la arena del desierto movida por el viento. El amor marcó tu literatura. Autora de culto intergeneracional. En el Sáhara, Sanmao, aprendiste la desnudez del mundo: la vida reducida a arena, viento y espera, donde cada gesto era esencial y cada silencio tenía peso. En Tailandia, en cambio, descubriste la levedad: el fluir del tiempo entre templos dorados, mercados húmedos y una espiritualidad que enseñaba a soltar. Entre el desierto y la selva, entre la sequedad absoluta y la abundancia viva, tu escritura encontró un mismo centro: la aceptación de lo impermanente. Quizás comprendiste que viajar no es acumular paisajes, sino aprender a habitar el vacío y la plenitud con la misma humildad. En tu caminar jamás hallaste fronteras, en cambio recabaste la hondura de lo humano. Hoy sigues viajando en la maleta de otras mujeres que abrimos la puerta al mundo sin pedir permiso; si no salimos a ver el mundo, creeremos que nuestro rincón es lo único que existe. Entre tus obras destacadas se encuentran: La temporada de lluvias no volverá (1976), A través de mil montañas y ríos (1980), Te regalo un caballo (1987). El chasquido de la lluvia en mis cristales me inspira para escribirte algunos versos:
Hoy tu voz es maná compartido,
ligero, cauto, sin sonido.
Tu mundo fue un espejo sin cimiento,
la arena oro,
la lluvia puente de tu firmamento.
Amaste sin lazos,
caminando en paralelo,
haciendo del camino tu morada.
Viajera incansable
sin patria fija en los bolsillos,
aprendiendo el discurso de la arena
avanzas despacio,
con tino, sin ruido. ¡Novia del desierto!
