Cultura

Egmont D’Bries

By 11 de enero de 2026enero 12th, 2026No Comments

Egmont D’Bries: memoria del transformismo en Lavapiés

El transformismo —el arte escénico de recrear, mediante vestuario, gesto y voz, figuras del sexo opuesto— nació en la Europa del siglo XIX, consolidándose en cafés-concert y music-halls. En España halló un terreno fértil, siendo Madrid, y en especial barrios populares como Lavapiés, donde este arte encontró público y escenarios.

En ese contexto se inscribe la figura de Egmont (o Edmond) D’Bries, nombre artístico de Asensio Marsal Martínez (Cartagena, 1897), uno de los grandes transformistas españoles del primer tercio del siglo XX. Su relación con Lavapiés fue vital: residencial, profesional y cultural.

Marsal llegó a Madrid muy joven. Tras la muerte de su padre se formó como modista y sastre de artistas, un oficio fundamental en el ecosistema teatral del barrio. A comienzos de la década de 1910 vivía junto con su madre y su hermana Magda —bailarina y futura figura del cuplé— en una pensión de la calle Relatores, espacio limítrofe pero históricamente ligado al Lavapiés popular, bohemio y teatral, donde se forjaban carreras al margen de los grandes coliseos.

Una entrevista publicada en la revista Tararí (Madrid, 18-XII-1930, p. 11) aporta un testimonio de enorme valor. En ella, D’Bries sitúa su debut madrileño en el Teatro de la Encomienda, una “barraca muy pintoresca” donde, según recuerda, también actuaron figuras como Raquel Meller en sus comienzos, Luis Esteso o la niña Rosarito Calzado. El Teatro de la Encomienda −frecuentemente citado, pero pocas veces documentado— aparece aquí como un nodo fundamental del circuito popular del entorno de Lavapiés.

Antes de adoptar su nombre definitivo, Marsal actuó bajo los seudónimos de Marsal y Salmar, practicando un transformismo todavía burlesco y acelerado. “Me movía más de prisa que una locomotora”, recuerda con humor, imitando a la Chelito, la Preciosilla o la Goya en clave cómica. El giro decisivo llegó cuando la Fornarina lo vio actuar y le aconsejó tomarse el oficio “en serio”. A partir de entonces, alentado por ella y por otros imitadores, refinó su estilo y formalizó su orientación artística.

Ese aprendizaje cristalizó en su presentación en el Circo Price ya como Edmond de Bries, con un éxito rotundo. “A diario se llenaba el circo”, recuerda, subrayando que su capital no estaba en el dinero acumulado, sino en “vestuario y decorados”. La prensa de la época coincidía en destacar no solo la fidelidad de sus imitaciones, sino la elegancia, el estudio minucioso del personaje y el lujo de un vestuario confeccionado por él mismo, prolongación natural de su formación artesanal.

La entrevista de Tararí revela también a un artista consciente de su personaje público: alegre, cancanesco, resistente a la envidia de las “leonas” y dueño de una vitalidad contagiosa. En su camerino —situado significativamente en La Latina, a escasos pasos de Lavapiés— conviven dos imágenes: el retrato de la Fornarina y el del Cristo del Gran Poder, “las dos pasiones espirituales de mi vida”. En escena, confiesa, llega a sentirse ella.

En 1930, D’Bries se encuentra en uno de los puntos álgidos de su carrera: acaba de firmar una tournée por Bélgica y sueña con Hollywood, reclamado —según la revista— por Charles Farrell. El cronista abandona el camerino contagiado por ese entusiasmo, levantando el pie como en un paso de cancán y repitiendo el grito del artista: “¿Quién dijo penas?”.

Recordar hoy a Egmont D’Bries es devolver a Lavapiés una de sus figuras olvidadas, surgida de pensiones modestas, talleres de costura y teatros populares. Su trayectoria encarna un Madrid donde el transformismo fue arte respetado en escena, vigilado en privado y celebrado por un público que llenaba barracas y circos. Un arte de barrio que, durante unos años, brilló con plumas, mantones y lentejuelas.